Nieva en Benidorm (3)

  22 Diciembre 2020

El amor es básicamente querer ser amado

nieva-en-benidorm-0Esperado un tiempo inoportuno, por motivo del Covid 19, estrenaron Nieva en Benidorm, dirigida por Isabel Coixet con texto de la misma autora. Y por fin pude visionarla, en el cine, como a mí me gusta.

Diré para empezar que me gustó. Sé que dicen que tiene elementos inconexos, que se dan aspectos del entramado poco o nada coherentes, en fin, recordaba una idea que leí hace años, atribuida al conocido psicoanalista francés Jacques Lacan, que sugería que a veces es importante «no comprender» porque: «es común que lo obvio pase desapercibido, precisamente por obvio… y que la verdad solo puede ser explicada en términos de ficción». Así es, la misma vida fluye como un río, tocando de vez en cuando la ribera, parándose un rato aquí y otro allá, pero sin comprender apenas nada.

En la historia, Peter Riordan (Timothy Spall) es un hombre solitario, maniático y metódico, que trabaja en Manchester en una oficina bancaria con expedientes, hipotecas y cosas así, con papeles tediosos y en ocasiones dramáticos, con desahucios al final de los trámites. El único hobby que se le conoce es su ofuscación por los fenómenos meteorológicos.

Cuando le jubilan sorpresiva y anticipadamente, decide visitar a su hermano Daniel, que vive en Benidorm y al cual le une una sólida pero escasamente frecuente relación.

Planificando cuidadosamente el viaje por su falta de experiencia, al llegar a Benidorm descubre que su hermano ha desaparecido y que era propietario de un club de burlesque con espectáculos para personas mayores extranjeras y bailongos grises y tediosos.

En ese club trabaja Alex (Sarita Choudhury), una mujer aparente y reservada de la cual queda cautivada. Peter y Alex intentan averiguar qué ha sido de Daniel. Cuentan con la ayuda de la policía del lugar (Carmen Machi), mujer y lectora que tiene muy presente la figura de la poeta y novelista norteamericana Sylvia Plath, de la que se cuenta que vivió en Benidorm en los años cincuenta, siendo la primera mujer en utilizar bikini: ¡toda una novedad para la época!

La película no es desde luego para el gran público, sino más bien una propuesta donde la Coixet intenta ofrecer un reflejo de su complejo universo particular, con producción por cierto de El Deseo de Almodóvar.

Todo ello va atravesado de temas que recorren la narración, a veces de manera descabellada, otras con signos de intriga y, las más, cargadas de argumentos existenciales sobre la soledad, el hastío y el descubrimiento del protagonista de un universo estrafalario: fiestas de guiris, despedidas de solteras, una aproximación al amor, la desaparición de un hermano poco recomendable, la presencia de una limpiadora (Ana Torrent), mujer enigmática que mezcla la santería con ciertos rituales de tinte africano. Todo ello, no necesariamente concluye en una solución vinculada ni necesariamente coherente.

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En mi parecer la narración de la Coixet duplica el drama de los personajes, de sus vidas prácticamente sin rumbo ni destino; y con esos devaneos argumentales y con cierto tono fragmentado, la aventura filmada, escena tras escena, va cobrando cuerpo y se va haciendo posible, incluso en la posibilidad de que pueda nevar en Benidorm, lo que se sustancia en un regalo que la protagonista Alex le hace a Peter, amén de enseñarle a comer gambas y probar la paella con tinta calamar.

Me ha gustado el libreto de Isabel Coixet, la excelente la música de Alfonso de Vilallonga, arropando la historia, y una diáfana y meritoria fotografía de Jean-Claude Larrieu, que encuadra tanto las escenas humanas, como los detalles físicos de objetos, los atardeceres frente al mar, el ambiente festivalero de la noche en la ciudad, los verticales rascacielos o los fantásticos fenómenos meteorológicos que atraen sin remedio al pobre Alex: «Hay dos cosas de las que uno no se puede fiar: del tiempo y de la gente».

El reparto es sensacional, con un Timothy Spall que da el tono de hombre mediocre, extraviado, poco expresivo y nada atractivo, que busca a su hermano desesperadamente. Una sensacional, pletórica y sensual actriz indo-bengalí-británica, Sarita Choudhury, que está que se sale. Ana Torrent, que sigue guardando el misterio de su mirada. Carmen Machi, siempre eficiente y resultona.

Y acompañando muy bien: Pedro Casablanc, Édgar Vittorino, Leonardo Ortizgris, Marc Almodovar y Kiva Murphy. Un cuadro actoral muy conjuntado y de nivel.

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Benidorm no es realmente el lugar para averiguar la desaparición de Daniel, el hermano de Peter, sino más bien un sitio que aporta el ambiente, el clima y el sitio donde Peter se busca a sí mismo, el espacio que traza el camino de una identidad prácticamente inexistente, vacía, justamente con fiestas vanas, estupefacientes, clubes de alterne y otros detalles casquivanos, hueros.

Por otro lado, la afición a la climatología del protagonista hace que la Coixet recurra a lo que ya empleara Shannon Murphy en El glorioso caos de la vida (2019), extraña historia de amor australiana poco convencional, estructurada en capítulos que se anuncian por medio de un título en la pantalla, cortes en seco y rótulos en tonos neón que anuncian la siguiente escena. Pues bien, en esta cinta ciertas escenas se abren con un titular plan diapositiva que menciona algún fenómeno meteorológico entre otros datos, aunque no quede clara su relación con el clip al que antecede.

Incluye la cinta otros elementos deslavazados, que no inconexos (es común que lo obvio pase desapercibido, precisamente por obvio), e incluye como decía poesía y una historia de amor, incluida Sylvia Plath que es una autora de referencia para Coixet.

Para Sylvia Plath, Benidorm era «una extraña mezcolanza de pobreza, limpia y llena de colorido, y hoteles color pastel, todo aparentemente como si lo acabasen de construir... Novísimo, con los más modernos estilos amalgamados a la sencilla arquitectura del lugar».

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Lejos de la idea carnavalesca de ciudad caótica y desnivelada, llena de británicos beodos y jubilados indolentes, lejos de la idea monstruo-urbanística de la ciudad alicantina, la poeta estadounidense encontró certidumbres y respiro, pero también inspiración. Una sensación ligeramente parecida a la experimentada por Isabel Coixet durante el proceso de creación de su última película. «Cuando leí los diarios de Sylvia Plath descubrí lo de su estancia en Benidorm, al principio pensaba que era un error de imprenta», reconoce la cineasta.

Mi balance del film es positivo, te hace cavilar, cierto es que en ocasiones resulta insólita o asombrosa la obra. Tiene un tempo lento, al gusto oriental, algún espectador buscará sin éxito enlaces entre universos, explicaciones que no son palmarias; más bien organización alrededor de un hueco (shock al hueco), al vacío.

Película de Isabel Coixet enigmática, «ejercicio libre de cine» (como escribe Martínez), obra de plenitud y personajes solitarios, perdidos en un universo de karaokes y azoteas desde los altos rascacielos alicantinos, que configuran un lienzo onírico, pausado y sonámbulo, borrachera y olvido a lo cual sigue la descripción de una distopía propia de J. G. Ballard, en cuyos cuentos y relatos se nos muestran los desoladores paisajes creados por el ser humano y los efectos psicológicos del desarrollo técnico, ambiental, con piscinas vacías, construcciones deshabitadas o clubes nocturnos donde suena música pero no hay nadie escuchando.

Arrebato, límite y belleza profunda. El amor es básicamente querer ser amado, y eso es el final del film: tener a alguien que nos pueda cerrar los ojos en el postrer momento.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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