Nuestros mejores años (4)

  20 Diciembre 2020

Una nueva joya del cine italiano

nuestros-mejoes-anos-0«La vida es más grande y está más llena de lo que sabemos»

Cesare Pavese

Este 2020 tan difícil, que ya va terminando, nos ha reservado alguna sorpresa agradable, como la última película de Gabriele Muccino: Nuestros mejores años (Giu anni più belli). Y la cultura, desde siempre, ha ayudado a afrontar las adversidades y a mirar el mundo con una sonrisa.

Los pocos espectadores que presenciamos este largometraje en los Cines Renoir de Martín de los Heros, en Madrid, una fría tarde otoñal, salimos con la benefactora sensación de haber visto una obra de altura, cine en mayúsculas. Y cine desde dentro, desde el corazón, como nacen todas las creaciones destinadas a perdurar. Nuestros mejores años se mueve entre la tradición y la modernidad, y en la adecuada mezcolanza de ambas se halla buena parte de su atractivo.

La tradición se llama Ettore Scola (una de sus historias sirve de base para la película de Muccino) y su maestría en las escenas colectivas, en la captación de lo cotidiano, en el humor, en el vitalismo. El filme de Muccino es una apuesta por la vida, pese a las decepciones, los fracasos. Porque vivir merece la pena en todo momento. «Somos alegres porque estamos vivos», escribió el poeta José Hierro.

La tradición se llama Luchino Visconti, y dos de las cimas de su arte: Rocco y sus hermanos (1960) y El gatopardo (1963), o cómo contar el devenir de unas familias a través del desarrollo histórico de Italia, ya sea en el Milán de los años 50 del siglo XX o en la Sicilia del siglo XIX. Muccino relata las aventuras y desventuras de un grupo de amigos italianos entre 1980 y la actualidad: Paolo (Kim Rossi Stuart), Gemma (Micaela Ramazzotti), Giulio (Pierfrancesco Favino) y Riccardo (Claudio Santamaria). Notabilísimos los cuatro intérpretes.

Cuatro décadas de encuentros y desencuentros, de fiestas y borracheras, de amargas despedidas, de llantos desconsoladores, de jornadas dichosas, de risas y bailes, de tristezas, de esperanzas. El largometraje plantea de una forma sutil, elegante, no dogmática, preguntas que todas las personas adultas podemos formularnos en algún momento: ¿Cuánto pervive en nosotros de la adolescencia? ¿Crecer es cambiar? ¿Quiénes son verdaderamente nuestros amigos?

Esta historia, contada a cuatro voces (cuatro individuos distintos y complementarios, cuatro amigos), se adentra en una temática universal, que traspasa las fronteras italianas y las coordenadas temporales: la búsqueda de felicidad. El personaje de Gemma lo sintetiza emotivamente en un diálogo: «Llevo toda mi vida persiguiendo la felicidad, y cuando la encuentre no la pienso soltar».

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Y como historia de amistad ambientada en Italia a lo largo del tiempo, la película también remite, aunque sin la carga política, a Novecento (1976). Olmo y Alfredo niños, jóvenes y adultos. Si el filme de Bertolucci abordaba magistralmente el crecimiento de ambos personajes en la Italia de 1901 (nacimiento de Alfredo y Olmo; muerte de Verdi) a 1945 (liberación del yugo fascista por parte del pueblo italiano), la propuesta de Muccino posee un carácter moderno: las dos últimas décadas del siglo XX y las dos primeras del XXI.

El largometraje de Muccino es humanista, alegre, desenfadado, y el enfoque político existente, más ligero, está enfocado en el personaje de Riccardo, acaso un símbolo de la precariedad laboral y de la crisis de la izquierda en nuestra época. Quizá no podamos cambiar el mundo, pero intentaremos ser felices en él. La amistad de los cuatro amigos es una afirmación continua de la belleza de la vida, a pesar de todos los pesares.

Por todo ello, Nuestros mejores años entronca más con La mejor juventud (2003), de Marco Tullio Giordana, una obra de plena modernidad (más redonda y profunda que la película de Muccino). Conexión desde el propio título, extraído de uno de los primeros poemarios de Pier Paolo Pasolini, escrito en friulano.

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En el extenso filme de Tullio Giordana se narra una historia de hermanos y de amistad desde mediados de los 60 (1966 es el año que nacen los protagonistas del filme de Muccino y cuando Matteo y Nicola, jovencísimos, se trasladan a Florencia para ayudar a los florentinos después del desbordamiento del río Arno) hasta los primeros años del siglo XXI, con el viaje del hijo de Matteo a Noruega. En la obra de Muccino los acontecimientos sociopolíticos no son tan decisivos como en los largometrajes de Visconti y Tullio Giordana, aunque aparezcan la caída del Muro de Berlín en 1989, los escándalos italianos de corrupción en 1993, o la entrada de Berlusconi en la escena parlamentaria en 1994.

Nuestros mejores años sobresale por el mágico romance (con sus caídas, con sus separaciones, con sus traiciones) entre Gemma y Paolo. Siempre fui un romántico y me continúan fascinando las historias románticas en el cine. Ambos dan vida a las secuencias más logradas de la película, como aquella, de jóvenes, acurrucados en un prado, bajo el tronco de un árbol voluminoso, y entonces Gemma le pregunta qué es ella para el muchacho, y este, cual Petrarca, cual Leopardi, le contesta: «Tú eres el cielo, las nubes, el sol, el arcoíris». O la secuencia, magistral, ya maduros, del reencuentro en el autobús.

La modernidad del filme de Muccino también se llama Bergman y Persona (1966), y los primeros planos de los personajes hablando a cámara. Y en las transiciones entre secuencias, en el dinamismo discursivo, en todas las canciones intercaladas, la modernidad de Nuestros mejores años conecta con Sorrentino y Kusturica. Del Kusturica de En la Vía Láctea (2016) pudo tomar Muccino la simbología del pájaro amarillento: fulgor, entusiasmo, esperanza. Y otra referencia fundamental remite al cineasta italiano del siglo XX que abrió las puertas del porvenir artístico: Federico Fellini. Qué magnífica la secuencia que efectúa un guiño al mítico pasaje de La dolce vita (1960) en la Fontana de Trevi.

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En Nuestros mejores años se recoge una muestra representativa de la sociedad italiana de nuestros días: Gemma es una camarera; Paolo, un profesor de instituto; Giulio, un abogado; Riccardo, primero periodista, luego hortelano. Si aparentemente Giulio representa el éxito, al final resulta el más desgraciado del cuarteto. Un letrado poderoso, con una vida de lujo, pero fracasado existencialmente: carece de alegría. Los sueños de los otros se cumplen: Gemma consigue regentar el bar del Teatro de la Ópera; Giulio obtiene la plaza fija como docente de Literatura Italiana, Griego y Latín; y Riccardo encuentra la dicha perdida en las huertas de su padre, y en la recuperación del amor de su hijo. Giulio buscará la redención en el retorno a los orígenes, a su querida pandilla.

La película de Muccino, auténtico y espléndido canto a la vida, homenaje al cine italiano, está llamada a convertirse en un clásico. Preciosa la música de Nicola Piovani. E imborrable el flashback de Gemma al compás de los acordes y las voces de E lucevan le stelle, de Tosca, de Puccini. En esos dos minutos se condensa la hondura del filme, su poeticidad.

El cine, la poesía, Italia, la música, el amor. He soñado con Italia de nuevo. He soñado un amanecer en Venecia, y que en un desayuno recitaba el más hermoso poema de Petrarca a la chica de mis sueños. Por un 2021 lleno de salud. Por un 2021 cargado de luz y de sonrisas. Qué grande es el cine.

Escribe Javier Herreros Martínez

 

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