Jóvenes y brujas (0)

  14 Diciembre 2020

Lamentable panfleto políticamente correcto

jovenes-y-brujas-0La última película de Blumhouse, la casa del terror, es una desternillante metedura de pata que tendría su gracia si no se tomara a sí misma en serio. Pero pretende ser el no va más del discurso que iza por bandera el mítico #MeToo y acaba siendo un artefacto difícilmente digerible: magia, brujas, sexo, política, machismo, feminismo… y todo tolerado para menores de 12 años. Si la ves comiendo palomitas, se te atragantan. Seguro.

En 1996 se estrenó con cierto éxito Jóvenes y brujas (The craft), de Andrew Fleming. Enclavada en el cine de adolescentes con aires de terror, la película dejó un buen sabor de boca porque también hablaba de la soledad, el aislamiento, la unión como forma de obtener la fuerza… y todo ello desde el lado femenino, es decir, desde ese eslabón más débil en el cine de terror para adolescentes. La gritona que huía del psicópata pasaba a tomar el mando.

No era una obra maestra, ni mucho menos, pero su discurso reivindicativo encajaba en una trama bien construida que aprovechaba elementos de moda (la tabla ouija, el terror adolescente, el discurso feminista) para elaborar una película construida con cierto equilibrio en todas sus facetas.

Ahora, a finales de 2020 llega Jóvenes y brujas (The craft: Legacy), de Zoe Lister Jones, que parte de aquella película para construir algo sumamente más simple y a la vez más complejo.

Todo se trivializa, se reduce a discursos fácilmente resumibles en un tuit, se elimina la sangre, el sexo, el terror y se deja sólo un discurso tolerado para 12 años donde ni el presunto humor ni su deseo de ser cine combativo pasan de un enunciado pedestre, ridículo, bochornoso.

De hecho, recuerda a aquella época (los 70 y los 80) donde el cine político era importante, incluso rentable económicamente y donde había directores capaces de hacer cine-cine con el objetivo de concienciar. Costa-Gavras es un buen ejemplo de ese tipo de directores (Z, Estado de sitio, Desaparecido), donde política, ideología y cine iban de la mano.

Pero junto a ese cine-cine había otro panfletario, discursivo, reducido a la idea lanzada a bocajarro (da igual si era de derechas o de izquierdas), no existía un guion elaborado, unos personajes desarrollados, una trama coherente. Nada de eso importaba. Sólo el discurso. El panfleto. Sin más.

Esta versión de Jóvenes y brujas padece del mismo mal. No es cine. No elabora nada. Lanza un discurso político y se olvida de todo lo demás. Y esto es un ejemplo de un cine presuntamente feminista que nos está llegando por imperativo legal.

Dicho de otro modo: no se elaboran nuevos discursos coherentes, se cogen las mismas historias, se les da una «vuelta más» para acentuar el protagonismo femenino y se estrenan.

¿Es eso un cine feminista? Me temo que no.

Simplemente una moda nacida por el temor al #MeToo. Obligado peaje en algunos casos para productoras que necesitan cubrir su cuota de pantalla. Si hace décadas era con discursos políticos, ahora son con discursos sobre el racismo, el feminismo y algún otro ismo.

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Blumhouse, la casa del miedo al qué dirán

Jóvenes y brujas (2020) es la nueva película de Blumhouse, una pequeña productora de la que hace unos meses hacíamos una amplia reseña a propósito del estreno de un interesante film: La caza (The hunt), un título claramente político donde además lidiaba con el feminismo y con un remake encubierto de un clásico como El malvado Zaroff.

En aquella crítica enumerábamos diez razones por las que ese cine político y feminista era ante todo cine y funcionaba. Y también hacíamos un recorrido por esta pequeña productora de James Blum que comenzó con un cine de terror barato, diversificó su oferta con nuevas versiones y series de televisión, alcanzó el Oscar (Déjame entrar) y se convirtió en productora de cineastas de prestigio (M. Night Shyamalan), para acabar pagando su peaje para mantenerse en la cumbre…

Un peaje que pasa por producir cada año una serie de títulos que cubran su cuota de cine políticamente correcto.

Hace una semanas volvíamos a hablar de Blumhouse y de un cine político y antirracista: Antebellum, donde el guiño a M. Night Shyamalan lidiaba con ambos discursos en una atractiva película, cuyo giro final potenciaba su mensaje antirracista con una coherencia envidiable.

Pero no es oro todo lo que reluce en este panorama cinematográfico impuesto en Hollywood a raíz del #MeToo, donde las mujeres tienen que tener una cuota de protagonismo en todas las áreas (intérpretes, guionistas, directoras) para que la productora no se arriesgue a algún tipo de veto.

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Porque ya se sabe que hoy no importa lo que seas, lo importante es que no te señalen con algún estigma que marque tu futura carrera: ni racista, ni machista, ni…

Y en ese juego por ofrecer cada año una serie de títulos que contenten el mercado de lo políticamente correcto, en el último año hemos recibido dos producciones de Blumhouse de un nivel vergonzoso: Navidad sangrienta (2019), de Sophia Takal, y Jóvenes y brujas (2020), de Zoe Lister Jones.

Ambas son nuevas versiones (o remakes) de títulos del siglo pasado, ambas han sido reescritas y dirigidas por directoras, ambas suavizan el lado terrorífico y ambas acentúan su componente de reivindicación «femenina» (llamarlo feminismo es arriesgado).

Y en ambas la credibilidad queda por los suelos, el terror queda reducido a un film para menores, el humor resulta chabacano y todo se sacrifica a su discurso políticamente correcto.

En definitiva: cine de consumo al gusto de una sociedad que teme ser señalada si su discurso no coincide con lo que marcan directrices políticas más atentas a las apariencias que al fondo que se quiere combatir. Un discurso en contra de cualquier tema (racismo, machismo) que en muchas ocasiones se queda en el enunciado, en la apariencia, no en el contenido.

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Carrie 2020

En los años 70, Stephen King escribió una novela que fue adaptada al cine por Brian De Palma: Carrie (1976). Allí, una joven tenía su primera menstruación y era rechazada por sus compañeras de instituto. Su aislamiento y una familia que hoy llamaríamos desestructurada, daban pie a una venganza final implacablemente construida y ejecutada.

Algo de eso hay en el inicio de Jóvenes y brujas, pero aquí la integración en el instituto se consigue gracias a tres amigas que, además, practican con la tabla ouija y aspiran a ser brujas, pero no lo consiguen porque falta la cuarta pieza del tablero.

Y así se forman nuestras jóvenes brujas. Todo comienza como un juego.

Pero el juego se transforma en realidad; así, sin más.

Como ellas son brujas porque sí, casi sin quererlo y sin creérselo, se dedican a disfrutar de sus nuevos poderes como si fuera un juego.

Un ejemplo de lo dicho: tienen la capacidad de paralizar a todos los alumnos del instituto y ahí las tenemos, paseando entre personajes estáticos como estatuas, un simple juego, una diversión para las cuatro brujitas… luego los demás despertarán y no recordarán nada. Es un ejemplo, pero hay varias escenas similares, con «juegos inocentes».

En su afán de probar cosas nuevas llegan al sexo. No olvidemos que estamos en un mundo adolescente, con las hormonas cual virus flotando en el ambiente.

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Pero no es sexo lo que quieren, en realidad quieren el poder y el amor.

De ahí que ellas conviertan al matón del barrio en un imberbe y enamoradizo tontorrón. Es decir: darle la vuelta a la tortilla. Mandamos nosotras sobre el matón. Sin más. Poderes quiero para esto.

Pero estamos en un nivel de película para 12 años. Así que, si una moza decide masturbarse la cosa no va a resultar políticamente correcta… mejor ejerce sus poderes de bruja y se trae al macho del instituto para echar un polvo con él.

No, no se lo ha inventado este cronista. La idea es gentileza de la directora-guionista. Y la escena está filmada tal cual. Poderes quiero para esto también.

Y, naturalmente, también aspiran al amor verdadero… aunque sea mediante conjuros.

Perdido definitivamente el rumbo, aún falta lo peor: hacer lo correcto. Atentos.

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Como una de las brujas ha «enamorado» con un conjuro al guapo del barrio, las demás estallan en su contra y oímos, ojo, palabras de este calibre: «¿Esto para ti es un juego? Si no usamos nuestro poder de forma responsable, no debemos usarlo».

¡Se les ha escapado el discurso políticamente correcto tal cual!

Ese mensaje, dicho por un político en su pedestal, suena a eso: discurso político.

Pero dicho por una de las cuatro brujitas que momentos antes paseaban entre los alumnos convertidos en estatuas… por favor.

¿Un juego? Claro.

¿Uso responsable? ¡Pero si son brujitas de tres al cuarto!

Un gran ejemplo de lo que quería decir Ford cuando hablaba de mensajes en una película: si quiero mandar un mensaje uso Western Union. Sabia lección.

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Hombres malos, malos

Por si el discurso no quedara claro, se añade una trama final lamentable.

Y aquí nuevamente la credibilidad (si la hubiera) cede paso al mensaje puro y duro.

Hay en el instituto otra fraternidad (como la había en Navidad sangrienta, otro bodrio de armas tomar), pero ésta es masculina y formada por jovencitos y un padre malote.

También hacen conjuros, pero para hacer el mal de verdad. Lo de ellas era un juego, recordemos.

Así que alguien ha de pararles los pies y, tras su discurso ejemplarizante sobre la debilidad de la brujita (que hacía embrujos por amor, no por maldad), las cuatro se juntan de nuevo, se perdonan, suman sus poderes, forman el círculo perfecto y vencen a los malos.

O sea, derrotan a los machos del barrio.

Así, sin más. Al final tenemos una película en la que, claro, las adolescentes protagonistas son brujas buenas y acaban con los brujos malos. Si casi parece el episodio piloto sobre una serie sobre brujitas bienintencionadas listas para salvar el mundo.

Podría haber sido una gran comedia, pero se toma en serio a sí misma.

Por lo que acaba siendo un gran desastre.

Escribe Mr. Kaplan  

 

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