Maquis (1)

  10 Noviembre 2020

El silencio femenino

maquis-0A finales del verano se estrenó Maquis, un proyecto sobre el sufrimiento de las mujeres de los maquis, los hombres que encarnaron la resistencia antifranquista tras la Guerra Civil. La publicidad que precedió a su proyección en Filmin presentó esta película como un intento de explorar y mostrar la intrahistoria de la postguerra inmediata desde una perspectiva femenina. 

Rubén Buren, director, guionista y responsable de la música de su ópera prima, sitúa su ficción en un espacio rural indeterminado, un pequeño pueblo mesetario, árido, seco e invernal, a tono con el ambiente opresivo que los ganadores impusieron a los vencidos. Sin referencias al contexto histórico ni claves para interpretar los hechos narrados, la historia discurre en un plano simbólico en el que interactúan las tensiones de una sociedad dividida, aderezada con ligeras dosis de costumbrismo.

Aunque el polifacético director se mueve con soltura en el terreno de lo audiovisual, su formación y experiencia están vinculadas al teatro y a la recuperación de la memoria histórica. Rubén Buren es bisnieto del anarquista Melchor Rodríguez, conocido popularmente como El Ángel Rojo, que fue el último alcalde de Madrid durante la República y salvó del fusilamiento a miles de presos de las checas comunistas. Su recorrido como hombre de teatro universitario se manifiesta en la creación del grupo de investigación teatral El Noema, productor de esta película de bajo presupuesto gracias al dinero obtenido en una campaña de crowdfunding.

Nos encontramos ante una historia de mujeres en el sentido más literal del género, pues los hombres están ausentes, como sombras de una tragedia donde la guerra y la guerrilla siguen dejando a su paso dolor y muerte. Salvo una pareja de guardias civiles, que patrulla por las calles del pueblo casi vacío silenciando a su paso las escasas voces femeninas, en la película no vemos ningún personaje masculino.

Esta ausencia genera sin embargo una tensión opresora y asfixiante que se manifiesta en los gestos, actitudes y diálogos de los personajes femeninos, como sucede en La casa de Bernarda Alba. Los diálogos son tan teatrales como lorquianos, así como los símbolos del viento y los insectos remedan las hormigas de Un perro andaluz.

En esta sociedad femenina están representados los estamentos de los tiempos que se evocan, los años 1948-1949, cuando la represión franquista contra los maquis alcanzó su punto álgido. Además de las alusiones a la Guardia Civil, la Iglesia está representada por la figura de la poderosa sor María (Rosa Fernández Cruz) como portadora de una moral retrógrada y ultraconservadora que colabora con el poder político mediante la coerción y la denuncia. El pueblo aparece dividido en tres grupos: las adictas al régimen, las que aún guardan un ápice de rebelión y las que solo quieren dejar de sufrir mediante un olvido extremado y enfermizo.

Este esquema triangular se reproduce en la función de las tres protagonistas, que soportan el peso de la narración como tres formas de enfrentarse al mundo: Pilar (Paloma Suárez), la de más edad, ha perdido a su marido y a su hijo en la guerra y en la guerrilla respectivamente. Ella personifica el instinto de supervivencia que se traduce en la aceptación de la represión, el silencio obligado y la negación de la memoria.

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Adela (Zaida Alonso), su nuera viuda, más joven, es su antítesis pues encarna el idealismo militante, la fe en una ideología libertaria que no se resigna a abandonar la lucha y cuyo activismo clandestino propiciará la persecución, el castigo y la muerte.

La tercera es Sagrario (Fátima Plazas), hija de Pilar y su única esperanza, en quien ha depositado todas sus expectativas de futuro. Ella representa la ingenuidad y la inocencia como consecuencia de la falta de información sobre todas las cosas que se ocultan en aquella sociedad que calla silenciada por el miedo. Sagrario y su nombre remiten al sacrificio de la víctima propiciatoria.

Con este planteamiento, el fatum extiende sus tentáculos sobre el destino de sus criaturas y la tragedia está servida al más puro estilo clásico y lorquiano, según se mire. Pues si todas las mujeres son víctimas, unas los son más que otras. No olvidemos que en 1944 Franco creó las escuelas antiguerrilla, que, a semejanza de la Gestapo, concentraron la represión en las mujeres para debilitar y vencer a los hombres del maquis.

Maquis se estrenó en un teatro de Buenos Aires en 2007, circunstancia que ha dejado su huella en este filme, que no se ha desprendido de su carácter teatral sin evolucionar hacia un discurso cinematográfico. Pues desde las primeras secuencias el espectador tiene la sensación de estar viendo la filmación de un drama con las mencionadas reminiscencias.

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El problema reside en la falta de cohesión entre las partes de una historia sin un guión consistente que la dote de unidad y sentido. Como espectadores nos encontramos ante una sucesión de escenas de cuidada y simétrica composición, filmadas en blanco y negro con cámara fija y frontal, lo que restringe nuestra mirada y la del creador al lugar más convencional del patio de butacas, tras la cuarta pared. El escaso uso de los movimientos de cámara —reducidos a algunos travellings y planos picados para representar el sometimiento de las víctimas— es un indicador más de la falta de soltura del autor en la aplicación de los principios de la gramática del cine.

En la película, dividida en siete partes a modo de capítulos o escenas, no existe una continuidad narrativa donde el ritmo, ausente, dinamice la historia. Tampoco los títulos introductorios de cada parte ayudan a comprender o adivinar la estructura del conjunto. Más bien sugieren o atisban connotaciones cuya ambigüedad poética está más en consonancia con la composición pictórica de los encuadres que con la fragmentación arbitraria de  la historia.

Al final, lo que funciona como núcleo temático del filme es el sufrimiento femenino vinculado a un sentido trágico universal, más que a un determinado contexto histórico. La estética parece haberse impuesto al rigor histórico y a la hondura de la mirada, como si el director hubiera sacrificado el fondo a una forma que tampoco es una novedad creativa, por cierto. 

Habrá que esperar a que otras obras y otros autores nos revelen de verdad el interior de esas mujeres con la profundidad que se merecen.

Escribe Gloria Benito

 

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