Las hijas del Reich (1)

  19 Noviembre 2020

Basada en una increíble historia real

las-hijas-del-reich-0El Augusta Victoria College es real. Mejor dicho, existió entre 1932 y 1939. Allí matriculaban los alemanes de pro a sus hijas, para recibir una educación exquisita. El único problema es que estaba situado en el sur de Inglaterra y, claro, en 1939 comenzó la Segunda Guerra Mundial.

Con la sombra del nazismo como telón de fondo y una aislada escuela victoriana —nunca mejor dicho— como escenario, la película apuesta por la corrección británica como principal arma.

En tiempos del nazismo, la corrección —léase educación— podría parecer poco efectiva frente a la atracción de las juventudes hitlerianas: educación frente a barbarie, cultura frente a violencia…

La propuesta de fondo tiene su miga.

Pero luego está la forma: cómo nos cuenta ese enfrentamiento.

Y en pleno siglo XXI, la película que coquetea con el suspense, pero apuesta por las buenas intenciones. Es decir, todo dentro de lo políticamente correcto que hoy impera.

¿Se puede sostener esa historia acudiendo al socorrido «es una historia real»?

Cuando se habla de una película basada en una historia real —y unas fotos finales nos lo confirman, como ya es habitual— parece que esa «realidad» ya otorga visos de calidad al film… y nada más lejos de la realidad.

La Historia es una cosa y el Cine otra. Cada cual tiene sus normas. Un ejemplo…

Un autor puede manipular la Historia y conseguir una obra impecable. Pongamos a Tarantino, que se permite matar al mismísimo Hitler en un atentado en un cine —metacine puro, oigan— y sale airoso con su propuesta Malditos bastardos. ¿Lección de Historia? No. ¿Lección de Cine? En algunas escenas, sin duda.

(Entre paréntesis: La idea le gustó tanto que, en su última película, Érase una vez en… Hollywood, Tarantino ha repetido la propuesta anti Historia: esta vez con la muerte de Sharon Tate a manos de Charles Manson. A los espectadores que conocen la Historia, les da una patada en los mismísimos… y eso no resta valor a su película… que además es una gran lección sobre la historia de Hollywood a finales de los 60.)

Y en cambio, Andy Goddard puede ser absolutamente fiel a la Historia… y aburrir al más entusiasta seguidor con su propuesta Six minutes to midnight, rebautizada aquí con un título en teoría más «comercial»: Las hijas del Reich.

¿Cuál es el problema? La diferencia entre Historia y Cine.

Veamos, tenemos un colegio con jovencitas alemanas educadas con el sistema británico, con una profesora alemana —abducida por el nazismo— y una directora del centro entrañable, encantadora —y extraordianaria, Judi Dench—, pero que no se entera de nada de lo que pasa en su centro. Difícil de creer… pero aceptamos barco. De momento.

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Tenemos a continuación varios personajes que cambian su posición en el tablero de juego: pueden ser policías o no, luego espías o no y, finalmente, traidores o no. De hecho, algunos acaban siéndolo todo —y no damos más detalles porque el que paga la entrada tiene dinero a ser sorprendido… entre bostezo y bostezo.

Aquí ya hay que aceptar algo más que barco. Submarino, por lo menos. O avión de combate, como asoma en las imágenes finales del film.

¿Confusos los motivos de los personajes para aliarse aquí o allá?

Pues sí, pero no es lo más grave. La atracción del mal, ya se sabe. Podría ser creíble si sucediera sólo con uno.

Cuando son varios personajes los que «cambian de bando», uno teme que el guión tiene problemas de credibilidad. Si para sorprender al espectador hay que engañarle, ocultarle datos o, sencillamente, inventarse giros poco creíbles, entonces el guión no es lo mejor del film.

Y es más grave si encontramos una alumna que destaca entre las demás: se desmarca del grupo, descubre cosas que no encajan e intuimos que va a ser clave en la resolución de la trama… Pues bien, para nada. Es una más en la resolución. Y uno no entiende a qué viene su protagonismo si luego no es tal. Un engaño más hacia el espectador.

Pero lo peor viene cuando Las hijas del Reich se convierte en película de espías. Mejor dicho, en un circo donde cualquiera puede ser un espía.

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Uno acepta en las novelas de Le Carré que los personajes puedan cambiar de bando. Pero hay una motivación, un desarrollo que permite comprender su postura —que la compartamos o no es otro cantar—. ¿Y aquí?

Aquí no hay arco de los personajes. Blancos hoy. Mañana negros, perdón, nazis. Y pasado mañana, por qué no, «luchadores por la libertad frente al nazismo».

Y con toda esa maldad circulando en el ambiente, resulta incoherente el «buenismo» que impera al final en la función: los malos que no acaban de serlo, la que no se entera de nada que vaya si se entera, los muertos que no mueren…

Un paréntesis ahora que hablamos de muertos. ¿Se imaginan una película donde uno de los protagonistas muere? Normal, eso da credibilidad a la historia. ¿Y si luego renace como si tal cosa? Dudamos de la veracidad del guión, ¿verdad?

Pues espérense a ver que esa situación del muerto que resucita se da no una… sino varias veces en este film. ¿Dónde queda la credibilidad de los personajes y de la historia?

¿Realidad histórica? Queda absolutamente en entredicho cuando los personajes no son creíbles. Y no son creíbles porque no hay un guión que los dote de coherencia.

Llegados a este punto, da igual si la historia de partida es real. Importa poco si el Augusta Victoria sigue impartiendo clases privadas o públicas. Lo importante en una película es la coherencia interna… y ésta tiene tantos agujeros como la bandera de los últimos de Filipinas.

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¿Qué queda entonces? Lo habitual en los telefilms británicos: una corrección que acaba provocando una somnolencia creciente.

En medio de esa corrección tan británica, Goddard se permite un chiste final en el que homenajea a Peter Weir y El club de los poetas muertos… aunque, tranquilos, aquí ninguna alumna se sube encima de la mesa. No sería políticamente correcto. Y tampoco gritan «¡Yo soy Espartaco!»… Son hijas del Reich, pero han sido educadas con la exquisita corrección británica.

En mitad de esos increíbles viajes a una cabina telefónica situada en mitad del páramo (sí, estamos en 1939 y no había móviles… ¡pero una cabina donde tampoco hay un poblado!) y de los paseos en fila por la costa británica, Judi Dench mantiene el tipo, pese a la ignorancia de su personaje —quizá porque ha leído el guión y sabe que al final dará el do de pecho… uy, perdón, se nos ha escapado—.

El resto del elenco no destaca especialmente, aunque lo peor es la falta de definición del grupo de alumnas que pasa de un bando a otro con una absoluta falta de explicación para el sufrido espectador.

Todo queda en una corrección tan desapasionada como la gris fotografía de Chris Seager o la escasamente memorable banda sonora de Marc Streitenfeld.

Un punto de partida atractivo. Un guión lleno de agujeros… y un resultado final rápidamente olvidable. Lo importante no es encontrar una gran historia, sino saber cómo contarla.

Ya lo dice el eslogan de la campaña promocional: «Basada en una increíble historia real».

Escribe Mr. Kaplan 

 

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