Regreso a Hope Gap (3)

  31 Octubre 2020

Película autobiográfica de su director William Nicholson

regreso-a-hope-gap-0El señor Edward decide separarse de su exasperante esposa, Grace, después de 29 años de matrimonio fallido. A partir de este punto, cada uno de ellos buscará, a su manera, la forma de rehacer su vida. Mientras que él tiene otra mujer esperándolo, ella vive para el resentimiento y el despropósito. En medio, su joven hijo sufre las consecuencias. Todo ello ocurre en un pequeño pueblo de costa próximo a los acantilados y al paisaje costero y rocoso de Hope Gap.

Un melodrama de pareja que se precie debe tener una buena base dialogal, de reflexión y de interpretación. Este film reposa en esos cimientos: diálogos interesantes, deliberaciones y una emocionante interpretación de sus intérpretes.

Se vende como melodrama centrado en un matrimonio de convivencia planificada ya terminal, pero está muy presente, como tercer vértice de un triángulo, un hijo ya adulto como elemento equidistante en el trance. Es lo que podríamos llamar un «hijo memoria», pues su voz en off sobre «su» pasado con ellos es parte sustancial de la calidad de la trama. Al final explico la razón de este recurso.

William Nicholson (1948) es el director y guionista, que adapta a la gran pantalla una pieza teatral de su autoría sobre un matrimonio que vive sus últimos días en pareja, en el marco de un pueblecito con océano gris de fondo, acantilados de vértigo y una geografía que juega su papel en la historia.

Está bien escrito el guion, si bien su realización es convencional, plana y sencilla. Lo que nos cuenta Nicholson está bien narrado, hace un desarrollo aceptable y ponderado a la vez que contenido: la separación de una pareja mayor y la manera en la cual afecta a su único hijo.

El film describe al matrimonio en su cotidianeidad, lo que ha sido su convivencia difícil, las continuas discusiones, un tiempo lleno de tediosas rutinas, una esposa exasperante junto a un marido tibio y sin espíritu, los anhelos de ambos, sus afanes, sus frustraciones. Y finalmente, el corte seco, preciso, tajante e inexcusable de un divorcio decidido por el esposo.

Toda esta urdimbre compleja y fatal es llevada con una enorme maestría por dos actores de talla: Annette Bening y Bill Nighy, ambos de elegante apariencia en lo externo y un interior bien tratado, tormentas incluidas de ella y la flema de él. Lo hacen tan bien Bening y Nighy que las interpretaciones de ambos mantienen en gran medida el film.

Bening (American Beauty, 1999; Las estrellas de cine no mueren en Liverpool, 2017) como mujer insoportable y errática que ni entiende ni acepta que su marido quiera separarse tras tantos años de matrimonio; y el conocido Bill Nighy (El exótico hotel Marigold, 2011; Pride, 2014; Su mejor historia, 2016; La librería, 2017; Minamata, 2020, etc.), que interpreta al marido cansado de la vida en común y poco plácida con su señora, lo hace con su singular hieratismo y convicción, con una dicción perfecta y la notable distinción del personaje que interpreta.

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La cosa, bien llevada por el equipo de rodaje, hace que el espectador acabe poniéndose en un lugar cercano al del hijo, un joven que llega a comprender, desde una acertada distancia, los sentimientos comunes de sus padres. Sentimientos como la felicidad/infelicidad de ambos, la desdicha, la vivencia yerma de la soledad, el alejamiento de lo que era considerado una «pertenencia» y la delicada y confusa delimitación de lo que más bien «pertenece al otro». Un hijo adicto a la madre y muy dependiente. Y un poco más que abajo explico mejor.

No olvidamos el trabajo más que aceptable del actor al Josh O’Connor en el papel de hijo involucrado en la historia del divorcio. Acompañando, actores y actrices de gran calidad como Alysa Hart, Nicholas Burns, Rose Keegan, Sally Rogers o Steven Pacey, entre otros.

En la obra no hay excesos de sentimentalismo ni afectación. Al contrario, el film se va haciendo a fuego lento, a la vez que llega a resultar sustancioso y atrayente.

Ritmo adecuado, buena ambientación y puesta en escena, interesante, delicada y adecuada música pianística de Alex Heffes y una luminosa y límpida fotografía de Anna Valdez-Hanks, con una cámara que sobrevuela los actores bien hablados y tomas ocasionales con drones que se aventuran más allá de los acantilados blancos para contemplar el Canal de la Mancha.

Como afirma McCarthy: «esta es una película que podría haberse hecho tan fácilmente en 1949 como en 2019, lo que para un puñado de espectadores representará algo bueno. Pero para otros parecerá increíblemente retrógrado».

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Obra autobiográfica

Señalar que se trata de una película autobiográfica en la cual Nicholson, británico, recuerda la sensación de infelicidad que soportó en su juventud con la separación de sus padres. Reflexiona sobre la idea convencional del amor, concluyendo en un repudio explícito y definitivo.

Nicholson escribió en 1999 una obra de teatro sobre esta separación: The Retreat from Moscow. Nicholson es un autor que, curiosamente, se ha pasado media vida digiriendo ese divorcio y su propia historia pasada. La obra teatral tuvo éxito en Broadway y resultó liberadora para su autor, terapéutica, catártica. Pero al parecer no gustó nada a sus padres, que la tomaron como un mal viaje al pasado.

Después de veinte años, nuestro director lleva al cine su propio texto, transformándolo en una carta de amor a sus ya desaparecidos padres. Desde mi modo de ver, mucho tiempo para una experiencia que no merece, por falta de envergadura, ni tantos años de digestión, ni tanta literatura, ni tanto metraje.

Nicholson hace afirmaciones discutibles, pero que están sobre el tapete. Por ejemplo, dice que «el amor existe para siempre, pero no siempre con una sola persona. (…) Cuando era joven estaba convencido de que todos teníamos que encontrar a otra persona y realizarnos a través de ella, pero lo cierto es que eso es una carga excesiva para ponerla sobre otro. Eso es algo que debemos soportar cada uno sobre nuestros hombros. Al final, nacemos y morimos solos».

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Y por si con esto no fuera suficiente, añade: «El amor de pareja como lo entendemos hoy es una cuestión de economía y tiene relación con el sentimiento de propiedad. Las parejas existen hace miles de años para que los hombres puedan proteger sus dinastías y dominar a la mujer, pero eso no se debe confundir con amor». Aventuradas afirmaciones que no se sostienen ni humanamente, si sociológicamente, ni antropológicamente.

En cuanto al personaje del hijo, Nicholson dice ser un calco de él mismo en su juventud y afirma de cuando se liberó de la carga que él creía suya de la separación de sus padres «empecé a ser capaz de dar amor. Antes el amor era o culpa o un peso o algo que daba a cambio de otra cosa. Yo lo pasé muy mal con la separación de mis padres, aunque entonces no me dolió mucho porque era muy pequeño, pero no me atreví a casarme hasta los cuarenta años».

Mi parecer, de ser veraz el relato, lo cual no pongo en duda, es que la madre de Nicholson era la típica mujer que en la «teoría de la comunicación» psicológica llamamos esquizofrenógena (que juega al «doble vínculo» o mensajes paradójicos), que no contenta con haber anulado a un esposo que escapa por los pelos de la relación, abduce a continuación al hijo (Nicholson), para finalmente acabar redimida por su afición a la poesía y su fichaje por el teléfono de la esperanza.

Una de esas mujeres que hagas lo que hagas, siempre lo haces mal. Una mujer capaz de suscitar neurosis o más, psicosis, entre sus allegados. Lo que se denomina madre triple A: ansiosa, absorbente y acaparadora. Un regalito.

Conclusión

Película que involucra en cierto modo al espectador con sus diálogos concisos y sus ingeniosos protagonistas, pero que no ofrece demasiada información sobre las complejidades y los recovecos del matrimonio protagonista, salvo la mala baba de la señora.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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