Corpus Christi (4)

  27 Octubre 2020

La verdad que la mentira esconde

corpus-christi-0¿Es posible la redención de los pecados? No siempre, y no de todos. En esta tierra, al menos, parece decirnos el director polaco Jan Komasa en su tercer largometraje, Corpus Christi (2019), donde retrata la complicada disyuntiva moral de un joven marcado por un «pecado mortal» de juventud.

Jan Komasa es un joven director, formado en la Lódz Film School, que bate records de taquilla en su país con cada nueva película. Su filmografía es corta pero intensa. Cine de autor con un estilo frío, directo y realista, muy efectivo narrativa, visual y emocionalmente, que remueve conciencias e invita a la reflexión, incluso a la acción.

Muy reconocido, también internacionalmente, Komasa debutó en el largometraje con Suicide Room (2011), estrenada en la sección Panorama de la Berlinale, un crudo drama sobre la juventud del momento y la amenaza de no discernir entre lo real y lo virtual cuando de definirse uno mismo se trata.

Le siguió Varsovia 1944 (2014), un drama bélico sobre la resistencia polaca contra las tropas nazis, durante la segunda guerra mundial, muy descarnado e impactante.

Su última película, Hater (2020), distribuida por Netflix, es un spin off de Suicide room que funciona de forma autónoma. Elegida mejor película internacional en el Festival de Tribeca 2020, celebrado online este año a causa de la pandemia del coronavirus, es un espeluznante retrato de cómo la desigualdad social puede convertirse en un abonado caldo de cultivo para fomentar el odio en la brillante mente malvada de un joven humilde.

Entremedias ha codirigido la serie de televisión Ultraviolet (2017), cuyas dos temporadas también pueden verse en Netflix. Una serie de detectives donde las nuevas tecnologías e internet tienen un papel fundamental en la resolución de los casos.

Komasa practica un cine próximo a la realidad social, personal y emocional de la juventud actual que ha conseguido conectar directamente con un público amplio, especialmente polaco, que refrenda su cine. Todos los personajes de sus filmes son jóvenes atormentados por realidades adversas a las que intentan sobrevivir, o no, de formas no siempre ortodoxas.

Corpus Christi, nominada este año al Oscar a mejor película internacional, fue la película más vista en Polonia en 2019. Ganadora del Label Europa Cinemas del Festival de Venecia 2019, entre otros galardones, por fin se estrena en España tras conseguir el Premio de la Crítica ACCEC en el IV BCN Film Fest 2020.

El excelente guión de Mateusz Pacewicz está inspirado en un artículo escrito por él mismo, sobre el caso real de un joven que se hizo pasar por cura durante unos meses en un pequeño pueblo polaco, en el que celebró todo tipo de ceremonias religiosas y que resultó ser mucho más eficiente que su predecesor. Se ha mantenido la misma historia, los mismos personajes e incluso la forma que lo llevó allí, pero se ha incorporado la introducción en el reformatorio y el caso del accidente para añadir complejidad dramática a la historia.

Daniel (Bartosz Bielenia) es un joven de veinte años internado en un reformatorio juvenil por un grave delito cometido en su adolescencia. Durante su estancia allí experimenta una transformación espiritual que le inclina hacia el sacerdocio. Pero sus antecedentes penales le impiden entrar en el seminario por lo que Daniel encontrará su particular atajo para servir a Dios y a los hombres a través de la impostura.

Otras películas como El hijo (2002), de los hermanos Dardenne, o Después de esto (2015), de Magnus Von Horn, han tratado temas similares. El caso de jóvenes, casi niños, estigmatizados por un delito cometido sin ser plenamente conscientes de sus consecuencias, pero con las que tendrán que aprender a convivir, no siempre como a ellos les gustaría.

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Daniel

La película empieza de forma abrupta con una escena de abuso en la carpintería del reformatorio, donde intentan educar a delincuentes juveniles para reinsertarlos en la sociedad. Ahí conocemos a Daniel, colaborando en la deplorable acción. Nada hace ver que es distinto a los demás, hasta que llega la hora de la misa.

En la capilla se transforma, colabora como ayudante del padre Tomasz y durante la celebración le vemos convertirse en alguien especial. Mientras canta, la fotografía de Piotr Sobocinski Jr. empieza a darnos las primeras pistas al respecto con un primer plano que lo destaca significativamente del fondo.

Daniel es especial porque quiere ser sacerdote. Pero no está en manos de los jóvenes delincuentes del reformatorio decidir cómo redimirse cuando cumplan su condena. Será la autoridad competente quién decida por ellos, quien les imponga su particular penitencia, tratando de reinsertarlos en un sistema de explotación laboral que no solo no sana, sino que los hace incluso peores, como le ocurre a Pinczer (Tomasz Zietek), el compañero de Daniel.

Para Daniel el sacerdocio es la única forma pura de redimirse. Seguramente no hubiera llegado a esa convicción de no haber cometido un delito y pasar por el reformatorio. Pero en este momento de su vida, su vocación es sincera. No obstante, la iglesia no le acepta.

¿Es posible para un ser como Daniel cambiar su destino? Posiblemente, no. Su estigma de delincuente le niega el futuro que desea. La escena del viaje en el autobús que le conduce al pueblo lo confirma. El revisor le desprecia porque sabe de dónde viene. Lo mismo le ocurre con Eliza (Eliza Rycembel) la primera vez que se encuentran. La actitud de la chica cambia radicalmente cuando le enseña el alzacuellos. Sólo bajo la apariencia de quien desea ser consigue que le respeten.

No hay premeditación en su comportamiento, no hay intención de engañar, simplemente sucede. Daniel llega al pueblo para reinsertarse en la sociedad trabajando en el aserradero, pero el destino le tienta y se deja seducir por su deseo de cambiarlo, de demostrar que puede hacerlo si se le ofrece una segunda oportunidad.

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¿Es impostura todo en Daniel? Si acudimos a la definición literal del término («engaño con apariencia de verdad»), seguramente, sí, porque miente cuando se disfraza y adopta la identidad, la máscara, de quien no es: un sacerdote. Pero ¿hay impostura en lo que predica? Definitivamente, no, porque cree firmemente en ello.

El hábito no hace al monje, dice el refrán, aunque en esta ocasión parece que sí. Su actitud, su compromiso con el pueblo es mucho más sincera y honesta que la del viejo cura borrachín al que sustituye, incapaz de alentar la fe de su congregación e instigador de la discordia entre ellos, negándose a enterrar en el cementerio del pueblo a una de las víctimas del accidente.

Daniel consigue llegar al alma de los fieles a través del estilo directo y poco convencional, que ha aprendido del padre Tomasz en el reformatorio. «Todos nosotros somos curas de Cristo» dice en su primera homilía, «No estamos aquí para rezar de una forma mecánica». Su forma de predicar, quizás sea extravagante, pero a la larga resulta más efectiva que la de su predecesor porque es sincera y le sale directamente del corazón. Además, consigue que todos le aprecien.

El espectador empatiza con Daniel porque cree en su redención, en la sinceridad de su fe y aunque no disculpe su engaño (que alguno, seguro que sí) desea que, al menos, no le pase una factura demasiado alta.

Cuando ya cerca del final es descubierto, Daniel quiere despedirse de «sus feligreses» y en su último oficio, incapaz de pronunciar una sola palabra, se desnuda, esta vez literalmente, ante toda la comunidad. Un plano posterior, simétrico, con los brazos en cruz destaca su espalda tatuada con la imagen de la virgen y el niño. Delante, un fondo totalmente desenfocado, vaticina su futuro.

De dar credibilidad a Daniel se ha encargado Bartosz Bielenia, un joven actor polaco formado y curtido en el teatro independiente donde ha interpretado a Eduardo II, el rey Lear y Hamlet entre otros. Premiado como mejor actor en el Festival Internacional de Cine de Chicago, su intensa interpretación, la ductilidad expresiva de su cuerpo y de su rostro con esa mirada tan penetrante, que oscila entre la locura y la santidad, revelan la lucha interna de este controvertido personaje lleno de fuerza, contradicciones y matices.  

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El pueblo

Por costumbre, tradición o convicción el pueblo polaco ha sido siempre profundamente católico. El más católico de Europa, si tenemos en cuenta que el veinticinco por ciento de los nuevos sacerdotes que se ordenan son polacos.

Aunque cada vez lo es menos. Los escándalos de pederastia que salpican a la Iglesia polaca (la película Clergy (2018), de Wojciech Smarzowski, es la más vista en Polonia), su pronunciado fundamentalismo homófobo, antisemita, antiecológico, antiinmigración…, junto a la marcada incitación a la violencia que hacen algunas publicaciones católicas… e incluso la descalificación pública hecha por algunos miembros del clero polaco contra el papa Francisco, al que consideran demasiado progresista, están consiguiendo apartar a la población de la iglesia.

En el comportamiento del pueblo se aprecia la influencia de ese tipo de clero rancio, representado por el viejo cura, incapaz de predicar el perdón y promotor de la discordia y la desidia de sus fieles, que acuden a la iglesia más por costumbre que por convicción, como él mismo reconoce ante Daniel cuando se lamenta de tener mucha gente en la iglesia, pero pocos creyentes. En el extremo opuesto está el padre Tomasz (el protector e inspirador de Daniel), un estilo de sacerdocio, menos ortodoxo, pero mucho más humano, comprensivo y eficaz.

El pueblo está dividido por un trágico suceso y a pesar de la religiosidad que respira (una virgen en cada ventana, un altar, más o menos kitsch, en cada casa, o una capilla en plena calle para conmemorar a los muertos) se comporta con mezquindad e intimidación con una de sus vecinas; algunos porque esa es su naturaleza, como el alcalde cacique (que también amenaza a Daniel), otros, como Lidia, la sacristana (Aleksandra Konieczna) porque el dolor le impide reaccionar y la mayoría porque se dejan manipular fácilmente.

Algunas de estas actitudes del pueblo nos recuerdan a la también película polaca Mug (2018), de Malgorzata Szumowska, que revelaba la hipócrita y ridícula moral del creyente estándar polaco, aparentemente piadoso pero incapaz de comprender y perdonar al prójimo.  

La posición del director en estos aspectos es nada irónica y menos crítica y caústica que aquélla, de hecho, no quiere que su película sea vista como una versión más de lo que él llama «nuestro problemático catolicismo polaco», sino que prefiere pensar en ella como una película protestante, donde lo de menos es a qué religión pertenecen los personajes.

Daniel carga con el dolor de ese pueblo dividido, les ofrece consuelo y se compromete a restaurar la fe y el perdón como forma de sanación, incluso a costa, llegado el momento, de su propia seguridad (no sucumbiendo al chantaje). Él, que sabe bien de lo que habla, les insta a buscar a Dios dentro de sí mismos, a rezar también a través del silencio, a no señalar con el dedo a nadie, a amar al prójimo a pesar de sus pecados... «Perdonar no significa olvidar. Perdonar significa amar. Amar a alguien a pesar de su culpa. Sin importar cuál sea la culpa», dice. Y el pueblo, atraído por su magnetismo, reacciona. 

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Estética

Como contrapunto al estilo directo, sórdido y realista del guión, el tratamiento estético y visual de la película se revela como un expresivo recurso que amplifica su significado. 

La fotografía de Piotr Sobocinski Jr. poetiza el discurso narrativo con una estética ambientación que juega con el balance cromático entre cálidos y fríos, la utilización de la nitidez (o falta de ella) como significante, la textura de la luz, el primer plano sostenido, el contraluz, la composición… para crear un subtexto visual con implicaciones dramáticas emocionalmente efectivo.

La utilización simbólica de la profundidad de campo la aproximan a la citada Mug, donde se utilizaba también el desenfoque expresivo del fondo para aislar al personaje dentro del plano, como una forma de descontextualización metafórica que revelaba su soledad y su desajuste con el entorno.

Gran parte del significado de Corpus Christi se apoya en este recurso. El efecto bokeh es utilizado en muchos planos de la película, tanto con el protagonista como con otros personajes, con la intención de distanciar al individuo de su realidad circundante, de enfatizar su posición por contraste, como si figura y fondo no pertenecieran a una misma realidad. 

Se aplica con el nuevo recluso que entra en el reformatorio. En determinado momento en el comedor, se individualiza al sujeto a través de ese desenfoque del fondo que lo destaca como un ser más peligroso, para el protagonista, que el resto. También se utiliza con el viejo cura, como expresión de lo desubicado que se encuentra en su propia parroquia donde parece que ha perdido el rumbo; con la viuda, como muestra del rechazo que sufre por parte de la comunidad, o con Lidia, encerrada en su dolor, en su fanatismo.

Con el protagonista, este recurso distanciador amplifica su significado, haciendo de la nebulosa que le rodea y le recorta del entorno (según avanza la película con diferentes gradaciones de foco), un signo visible de su desajuste existencial, de su soledad interior, de su misterio.

Otras veces la textura de la luz, con ese efecto flou o neblinoso que flota en el plano, envuelve la composición en una atmósfera casi irreal, una especie de inmaterialidad (especialmente en las imágenes del interior de la iglesia) onírica que conecta con un sentimiento de fría espiritualidad.

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Resumiendo  

Corpus Christi es una película seca, fría y directa, poco complaciente y a la vez hermosa. Un drama absorbente y complejo, no exento de intriga, pero también una parábola sobre la redención y el perdón, la culpa, las segundas oportunidades, el dolor, el sacrificio, la violencia, el amor, la desafección religiosa y la fe, la hipocresía moral y la fatalidad del destino…  con un sugerente guión, personajes bien diseñados, magníficas interpretaciones y un expresivo estilo visual y estético que amplifica su mensaje.

Plantea muchos interrogantes y solo algunas respuestas. Implica al espectador, le invita a reflexionar, le interpela y le posiciona; y como todas las buenas películas, no se agota en un único visionado.

La estructura circular de la historia nos devuelve al punto de partida. ¿La experiencia vivida habrá cambiado en algo a Daniel? El director deja su impronta en la última secuencia. El abrupto plano final, apoyándose en la expresividad del rostro y la mirada del chico, deja perplejo al espectador.

¿Se ha cerrado el círculo? Recordemos que, aunque creamos que lo está, la percepción también nos engaña, nos oculta la verdad. De eso sabe mucho la Gestalt. 

Escribe Leo Guzmán

 

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