Crescendo (2)

  22 Octubre 2020

Fútil melodía para noble causa

crescendo-0Muchas veces se han usado las artes como mecanismo de reconciliación y cohesión social gracias a su valor universal y capacidad sensorial para apelar a cualquier ser humano por igual, independientemente de sus condiciones.

Dicen que la música amansa a las fieras y el cineasta israelí Dror Zahavi ha tomado este refrán para trasladarlo al seno del conflicto árabe-israelí, mediante la historia de la formación de una orquesta juvenil compuesta equitativamente por judíos y árabes.

Con este gesto, Zahavi también se sirve del séptimo arte como vehículo de transformación social, filmando una obra que no esconde para nada su intención pedagógica, bien cargada de buenas intenciones para atenuar las diferencias entre vecinos existentes desde hace más de 70 años.

La premisa del film, aunque inscrita en el argumento universal de bandos opuestos que deben trabajar juntos, tiene potencial dependiendo de las manos que la moldeen, pero en el caso de Crescendo la desafinación está en el programa del concierto.

La partitura de una problemática tan compleja está escrita desde una perspectiva simplista y banal, con una caracterización de músicos creada a golpe de tópico: israelíes arrogantes, palestinas combativas, madres intolerantes...

Personajes estereotipados al servicio de una narración que no se desvía ni una nota de lo establecido, irónicamente avanzando en decrescendo hacia un tercer acto que se torna en una sonrojante versión de Romeo y Julieta entre palestino y judía.

Salvo alguna línea de guión inspirada por parte de un Peter Simonischek correcto, el tono lacrimógeno forzado que empaña el conjunto evita que la conmoción real fluya ante una manipulación sentimental digna de las sobremesas dominicales de TVE.

De hecho, además de compartir nacionalidad, la película tiene la misma puesta en escena que cualquier telefilm alemán somnoliento, con breves excepciones en los que la iluminación y la composición del plano parecen querer ir más allá de la función narrativa y suscitar algún tipo de belleza.

A veces las fórmulas del feel good cinema pueden resultar la vía más idónea para exponer en una problemática o denuncia ya que emanan de un poso optimista con el que una mayor parte de la audiencia puede llegar a conectar, mientras simultáneamente toma conciencia del conflicto.

Pero cuando la pugna es plasmada puerilmente, no hay buenas intenciones que basten. A Zahavi —quien ya había abordado previamente la temática en For my father (2008)— le hubiera sentado de fábula una pátina de Nadine Labaki, Joseph Cedar e incluso del Spike Lee de Chi-raq (2015) para hacer adulta esta muy perezosa y mediocre sinfonía que ni el mismo Toni Erdmann es capaz de afinar.

Escribe Aleix Sales | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

 

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