Falling (2)

  14 Octubre 2020

Exceso protagónico de un padre inaguantable

falling-0Viggo Mortensen es un personaje de sobra conocido, sobre todo en el mundo del cine. Para quien no lo sepa, a Mortensen le caben muchos «pluri» (en el sentido de pluralidad o abundancia).

Es pluricultural por sus padres (padre danés, madre de EE.UU.) y por su vida en diferentes lugares del mundo, como como Argentina; además, Viggo es estadounidense, tiene ascendencia y nacionalidad danesa y posee pasaporte argentino, y habla muy bien español.

Es polifacético y cultiva la poesía de verso libre, es pintor abstracto, músico, activista político, editor y fotógrafo; amén de actor de cine reconocido y por este film que ahora comento, también se estrena como director. Mucho, diría yo. No sé si esto es beneficioso para la propia identidad.

En Falling, Mortensen es actor, guionista, autor de la música y director. No se puede hacer más por una obra filmada. Nada más que por esto, y por una razonable calidad —en algunas tareas más que otras—, ya merece un respeto.

John Petersen (Mortensen) es un piloto de aviación homosexual que vive en el sur de California con su marido Eric (Chen) y la hija adoptiva de ambos. El padre del protagonista, Willis (Henriksen), es un granjero de ochenta años, de pueblo y muy conservador que, cuando eran pequeños, ya su madre lo abandonó por ser un sujeto violento, poco empático y nada cariñoso. La madre ha fallecido, el padre es mayor y Petersen decide traerlo a Los Ángeles a petición de éste que ya no puede mantener su granja.

Al principio se queda en su casa. Todo ello mientras busca un lugar apropiado para que su padre viva cerca de él y de su hermana. Una vez todos juntos, dos mundos muy diferentes colisionan. Willis muestra señas de estar perdiendo la cordura, y lo expresa con una forma de actuar cáustica, soez, por momentos cómica, y siempre dañina para quienes le rodean, o sea su hijo y familia. Este buen señor saca a relucir heridas del pasado, sus inapropiados comportamientos con su exesposa y con sus propios hijos cuando eran pequeños, lo cual siembra el malestar en todos cuantos aguantan sus innombrables impertinencias.

Cuando nace el hijo, es el principio de la cinta, el padre de John le dice apenas nacido: «Siento haberte traído a este mundo para que luego tengas que morir». Un hijo, pues, dudosamente deseado al cual el padre pide disculpas por haberlo engendrado. Esa especie de bienvenida con mezcla de maldición, encarrila la pauta de la historia. Nos damos cuenta de cuán difícil es explicar el vínculo que une a un padre y a un hijo en un universo cruel e incluso machista. 

Henriksen encarna la figura del padre que atropella y violenta, cualidades que definen su forma de ser en el mundo, e incluso de amar. La brutalidad del personaje forma parte de su manera de ser. Una historia familiar donde domina la penumbra, los sentimientos encontrados y la violencia infernal de un alzhéimer pasado de rosca.

Y, con la demencia, el juicio moral queda suspendido y la responsabilidad se disuelve en la más axiomática enfermedad. Enfermedad que hace de Willis-Henriksen el hombre que fue, pero aumentado exponencialmente en su impetuosidad y mala leche.

El film no tiene recetas. Su objetivo es la abstracta e inasible esfera del patriarcado, del padre como institución y rémora. Falling hace suya las dudas de sus personajes, lo cual deviene narrativa y cinematográfica, la obra de un director novel que ha querido ser debutante como director de cine. «Falling es puro y feliz ruido. Que también furia» (Martínez).

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Esta primera película de Mortensen, aunque no sea propiamente autobiográfica, está dedicada a sus hermanos. Como director se ve que Viggo ha aprendido mucho de su trayectoria de actor con múltiples realizadores. Pero el guion (que va adelante y atrás constantemente), también de su autoría, tiene una falla monumental.

En una película que narra una historia con personajes diversos y todos con su peso en la trama, no se puede subrayar preferentemente a uno, en este caso el longevo padre, dejando casi fuera de foco al resto. Esto es tanto más grave por cuanto el perfil neurológico del padre está hipervoltado: el desagradable viejo es un tipo despreciable que suelta constantemente por su boca todo lo peor que un espectador pueda escuchar en términos de insultos, procacidad, inmoralidad, etc., etc.

Creo poder afirmar que no existe un demente ni un loco así. Pero, aunque existiera, no puede erigirse dentro de un libreto en casi el único protagonista de una historia complicada y variada.

La cinta habla de una familia canadiense peculiar, pero creíble. Un padre misógino, cruel, machista y demente. Un hijo liberal, pacificador, gay y de sensatez por demás; demasiada paciencia y prudencia. El primero es un Lance Henriksen desmedidamente genial, y el segundo, el propio y brillante Mortensen. La narración avanza y retrocede en una espiral de recuerdos y sentimientos presidida por cierto grado de insensatez. Y acompañando, un estándar irritante salpicado de flashbacks explicativos; como para que nos demos cuenta de la historia familiar.

La música de Viggo Mortensen, sin ser excelente, es amable y acompaña la abigarrada trama. Fotografía de las buenas de Marcel Zyskind. Exteriores y puesta en escena, correcta.

En el nutrido reparto descuella un veterano grande y rotundo Lance Henriksen en un papel que da miedo a la vez que repugna por su desagrado de demente fiero y lengua podrida. Viggo Mortensen, como siempre, está creíble en su rol de hijo bueno que apenas en una escena se atreve a enfrentarse a su insufrible padre; Mortensen es un actor que domina perfectamente sus muchos registros.

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El resto del acertado elenco es muy acertado y eficiente, con actores y actrices como Terry Chen (marido de John, bien), Sverrir Gudnason (como el Willis joven, correcto), Hannah Gross (la madre, mujer bonita y buen trabajo), Laura Linney, David Cronenberg, Bo Martyn, Ella Jonas Farlinger, Etienne Kellici o Carina Battrick, entre otros.

Como dice Oti Rodríguez, se trata de una «historia deprimente y extrañamente conmovedora», historia que tiene pinceladas de humor corrosivo, manteniendo un elegante equilibrio entre la entereza de sus maneras y las exaltaciones delirantes del volcánico y demente padre anciano.

Es también una historia sobre el enorme coste emocional de un hijo que quiere a un padre que no corresponde a su afecto. La pega es que la cosa es repetitiva hasta el hartazgo. Salvando un episodio de confrontación dura hijo-padre, el resto es un paciente y casi franciscano Mortensen soportando hasta el límite los exabruptos intolerables de su padre, «una serie de interminables peroratas racistas, misóginas y homófobas escupidas en todas direcciones por un anciano despreciable» (Salvá).

Francamente, por más que lo he pensado, no acierto a ver las razones para pasar el mal trago de visionar un film incómodo que, además, no cierra los temas que pretende plantear. Temas inconclusos como la desgracia de un padre violento, el deterioro provocado por la vejez, la infiel memoria que nos suele engañar o la distancia infranqueable entre generaciones.

A lo sumo podríamos sacar en claro, siendo benévolos, que se trata de la visión compasiva de un padre cuyas faltas son imposibles de ignorar, que efectivamente tiene un mensaje de perdón e incluso de esperanza, pero que, para llegar a esta conclusión, hay que tragar los sapos y las culebras salidas del pobre demente y rabioso Willis.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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