Una ventana al mar (4)

  08 Octubre 2020

La recuperación del entusiasmo

una-ventana-al-mar-0«Un ejercicio de gozo y dolor»
(Luis Eduardo Aute)

Estamos de enhorabuena en los últimos años al saber que el cine español mantiene su fuerza, su creatividad, su alcance, con historias conmovedoras, contadas desde el corazón, sencillamente, alejadas de toda pomposidad, distantes del excesivo uso de las nuevas tecnologías y de una concepción del cine como espectáculo.

Una ventana al mar (2019), de Miguel Ángel Jiménez, es un largometraje duro pero hermosísimo, que expresa las ganas de vivir, aunque las circunstancias sean desfavorables y el tiempo de las rosas, los besos y los abrazos esté próximo a acabarse.

A María (Emma Suárez) le diagnostican una grave enfermedad. Es madre de familia, separada, trabaja en un centro cultural de Bilbao. Unos 55 años. Cuando parece que su existencia se derrumba, realiza un viaje a Grecia con sus amigas Mentxu y Bego, viaje que le abrirá nuevos horizontes vitales, que permitirá que recupere la ilusión, que retorne el deseo, que resurja la sonrisa, que vuelva a disfrutar con la contemplación de un atardecer, el sabor de una cerveza, el bienestar de tumbarse en la arena del mar.

Nos brinda Emma Suárez una interpretación de altura, espléndida, donde expresa, con el magnetismo de su rostro y la magia de su mirada, el tormento y la vitalidad de una mujer de carne y hueso, humanísima, que en el momento de poder hundirse decide apostar por la vida, entregarse a la belleza de la misma pese a su carácter efímero.

Maravillosa actriz que, como hiciera en Julieta (2016), de Almodóvar, vuelve a llenar la pantalla de brillo y hondura, recordándonos que continúa con el esplendor y el aliento interpretativo de los años 90, donde alcanzó la cima cinematográfica con Pilar Miró en El perro del hortelano (1996), dando vida a una sublime Diana lopesca, y donde estuvo enorme en dos joyas de Medem: Vacas (1992) y La ardilla roja (1993).

Un punto crucial de Una ventana al mar, que Jiménez plasma con talento, se produce cuando María decide quedarse en la isla griega de Nísiros, negándose a regresar con sus compañeras a Bilbao. En ese instante se afirma como mujer libre, opta por atrapar las riendas de su destino. Sabe que le queda poco tiempo y quiere pasarlo en esa isla bellísima, prodigiosamente retratada en el filme con geniales panorámicas y exquisitos planos que recogen sus arboledas, sus playas, sus casas blanquecinas.

La salvación sentimental, que no física, para María, el fulgor que ilumine su desconcierto, la llama que le haga sentirse viva al borde de la muerte, procederá de un veterano pescador heleno, solitario, bebedor, desaliñado, mas con una bondad inmensa.

El amor surge entre dos personas diferentes, dos seres con personalidades y coordenadas diversas, pero que se aman verdaderamente, se sienten, se comprenden, se necesitan. Akilas Karazisis ofrece un notable papel como Stefanos, aunque en ocasiones esté algo ensombrecido por el torrente dramático de Suárez, en estado de gracia durante el filme.

A nivel visual, Una ventana al mar es una delicia, sobre todo en el acertado empleo del zoom, que refuerza la dimensión intimista del largometraje, su intrínseca emotividad, la profundización en la pareja protagónica. Un zoom que recuerda a los últimos trabajos de Visconti y a los recientes de Sorrentino.

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Además de la trama amorosa, eje de la propuesta fílmica, las escenas entre las tres amigas (María, Bego, Mentxu) son un prodigio de viveza, autenticidad. Y qué bien se complementan la espontánea Mentxu con sus expresiones coloquiales y la vitalista y sensual Bego.

Por su parte, el extraordinario poder simbólico del mar se transmite brillantemente en la película. Mar belleza. Mar calma. Mar misterio. Mar erotismo. Mar reflexión. Mar vida. La obra de Jiménez remite a largometrajes donde el mar se erige en un personaje relevante de la acción fílmica, como Lucía y el sexo (2001), de Julio Medem, y Son de mar (2001), de Bigas Luna, películas, como la que analizamos, que efectúan un homenaje al deseo que nos mueve, el deseo tan cernudiano que nos mantiene vivos.

Asimismo, Una ventana al mar recuerda a Mediterráneo (1991), de Gabriele Salvatores, rodada también en Grecia. Y en el carácter de María existe una huella apreciable de la protagonista de La pasión turca (1994), de Vicente Aranda, encarnada por Ana Belén. El personaje del hijo de María, importante en el ámbito discursivo, carece de fuerza en el filme, con excepción de la escena de la despedida, en el barco, un punto logradísimo de la obra.

En el título poético y en varios planos de María en la casa restaurada de Stefanos, la película conecta con una pintura insigne de Salvador Dalí: Muchacha en la ventana (1925). El prodigioso artista inmortalizó a su hermana Ana María de espaldas, mientras contemplaba el mar de Cadaqués, enlazando, cual el largometraje de Jiménez, la belleza de la vida y la meditación sobre el transcurrir temporal.

Escribe Javier Herreros Martínez 

 

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