Rifkin’s Festival (2)

  06 Octubre 2020

Woody Allen no se rinde

rifkins-festival-0Esta película ha inaugurado el más extraño Festival de San Sebastián nunca conocido, motivado por las restricciones del Covid-19. El siempre genial Woody Allen, tal vez baqueteado por las injustas circunstancias de abusos sexuales improbados y toda la porquería mediática, ha hecho acto de presencia con esta cinta, que a pesar de ser entretenida e incluso tener su interés, se queda a medio camino del mejor Allen, como si la obra también se viese afectada por lo sucedido. Como no se puede separar la última etapa de la carrera de Allen de su vida privada, es claro que sus producciones se han visto afectadas por ello.

La película es el relato de cuanto el protagonista Rifkin (Wallace Shawun), le va contando a su psicoanalista en Nueva York sobre el viaje al Festival de San Sebastián que ha realizado junto a su esposa, la sensual Sue (Gina Gershon). Ella es la representante de Phillippe, un director genialmente patán (Louis Garrel), un orador balbuciente, y es suya es la responsabilidad de hacer de alter ego del joven cineasta, sobre todo para que no meta la pata en sus declaraciones a la prensa.

Su marido Rifkins es un escritor empeñado en el imposible metafísico de redactar su obra maestra, lo que ni siquiera parece que él pueda imaginar. Pero también es un amante del cine y gran entendido de los clásicos (Bergman, Godard, Buñuel, etc.).

En un momento de sensibilidad hipocondríaca, Rifkin caerá hipnotizado por la belleza y la elegante presencia de su médico (Elena Anaya). Pero la doctora está enamorada irremediablemente de un divertido y feliz artista (Sergi López), un hombre tan inconstante como anárquico que le es infiel.

La cuestión es que este matrimonio estadounidense queda totalmente prendado de la hermosura y el encanto de España, más concretamente de San Sebastián, y de la fantasía del mundo del cine.

A destacar la brillante y nítida fotografía de Vittorio Storaro, que nos ofrece una maravillosa y paradisíaca visión sobre la ciudad, un retrato luminoso de hermosa postal, acompañada por una sugerente y atractiva música jazzística de Stephane Wrembel.

Woody Allen ha optado en los últimos tiempos por no complicarse la existencia, rodando sus últimas producciones en un escenario ya habitual en él. Tal vez hay que remontarse a seis o siete años atrás (Blue Jasmine, 2013) para recordar su último golpe de brillantez. Desde entonces, nuestro ingenioso director se ha convertido, como apunta Martínez, «en el más brillantemente perezoso de los creadores. Allen es un trabajador incansable de su propia pereza a razón de una película por año» (salvando la pausa obligada por boicot o por Covid).

Así y todo, en esta obra Allen hace un amable juego metatextual consagrado a la celebración del cine, con una aportación consistente en interrumpir por momentos la narración para recrear los sueños del apaleado Rifkin, que se meten de lleno en películas imperecederas en un prodigioso blanco y negro, como Jules y Jim (1961), de François Truffaut; Ocho y medio (1963), de Federico Fellini; Al final de la escapada (1960), de Jean-Luc Godard; Fresas salvajes (1957), de Ingmar Bergman; Un hombre y una mujer (1966), de Claude Lelouch; Ciudadano Kane (1941), de Orson Welles; Persona (1966), de Ingmar Bergman; El ángel exterminador (1962), de Luís Buñuel; o El séptimo sello (1957), también de Bergman, esta última en un lugar destacado.

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La ocurrencia tiene su interés, a la vez que las películas se reconocen fácilmente, lo cual puede dar cierta impresión al espectador aficionado al cine de su formación cinéfila y su inteligencia (Vanitas vanitatis).

En el protagonista y soñador, o sea en Rifkin, es imposible no ver al personaje que Allen ha creado de sí mismo: un hombre acomplejado, pero ingenioso, perspicaz, analítico y apasionado. Pero en esta cinta, la cadencia del personaje es más bien sombría, sin demasiado humor ni sarcasmo. De lo cual, creo razonable deducir que este perfil nebuloso refleja el estado psíquico de alguien que parece intuir el final de su tiempo. Al menos en estos momentos, pues si Allen tiene larga vida y finalmente queda resarcido de cuanto vapuleo ha recibido y sigue viviendo y rodando, quién sabe si no tornará a su genio de siempre.

Mientras, en el film, Rifkin observa dentro del festival a personajes elegantes y orgullosos de pertenecer a un selecto grupo, mientras él vaga ajeno, buscando decididamente algo del calor y cariño que su mujer le niega. En tanto, San Sebastián luce sus casas de piedra pardusca, sus puentes modernistas, el Peine del Viento de Eduardo Chillida y el mar omnipresente.

Y continuando con esta lectura de equivalencia Rifkin-Allen, resulta que el personaje consigue al fin encontrar un rayo de luz en la compañía de Jo, la médico a la que acude urgido por su hipocondría, una mujer que tampoco es feliz en su matrimonio con un pintor impetuoso e inestable. Y logra estar con ella un día entero de disfrute.

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Sin embargo, el mundo de las ilusiones se da de bruces de manera permanente con el pragmatismo del mundo actual. De igual modo, Allen se limita, como Rifkin, a deambular por un mundo que le rechaza, buscando la ilusión fuera de la industria cinematográfica convencional.

En esta obra, lamentablemente, Allen se muestra poco capaz para ser cáustico, gracioso y complejo. A veces da la sensación de cierta fatiga, como que el genio de Manhattan estuviera gastando los restos de una munición abatida por los palos de la vida y también por esa tendencia compulsiva a hacer cine cada año, lo cual no parece una buena idea, ni siquiera una intención que pueda mantenerse sine die.

Tal vez haya que reposar un tanto y pensar mejor lo que se quiere hacer. Como se dice en poesía, los buenos poetas lo son en gran medida por lo que han tirado a la papelera. Pues bien, mi impresión es que Woody lo estrena todo, lo dirige todo… pero eso puede ser contrario a la calidad. Allen trata reinventar sus esencias, pero su experimento, en vez de resultar picante, mordiente o sabroso, le sale algo insulso.

En fin, estamos ante una especie de film otoñal, una película que habla del cine que le gusta a su autor y también del que no le agrada, del amor y sus contradicciones, del arte y la vida.

El actor principal, Wallace Shawn, es un entrañable actor secundario lastrado por un físico y una locución poco dados al triunfo, que hace un extraordinario papel como escritor, cinéfilo y hombre traicionado por su esposa. Estupenda Gina Gershon, en el rol de esposa que bebe los vientos por el joven director de cine interpretado de manera medida por Louis Garrel.

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Ana Anaya está más que bien; está brillante, preciosa y deliciosa, sobresaliendo de forma evidente como la médico en la cual el protagonista busca consuelo y algo más. El extravagante esposo de la Doctora muy bien llevado y traído por Sergi López en el breve episodio que le toca.

Y acompañando un extenso reparto de nivel con nombres como Christoph Waltz, Steve Guttenberg, Damian Chapa, Georgina Amorós, Yan Tual, Douglas McGrath, Bobby Staylon, Andrea Trepat, Enrique Arce y otros.

Yo diría que, a pesar de no estar a la altura de lo mejor de Allen, Rifkin’s Festival resulta agradable de ver, una grata sorpresa que tiene su encanto mientras visitamos la hermosa ciudad situada en la montañosa región del País Vasco con su conocida playa de la Concha, la playa de Ondarreta, su paseo frente a la bahía, sus mercadillos, hoteles, cafeterías, restaurantes o la adoquinada Parte Vieja.

Película que es casi un testamento artístico con el mejor legado para el público: un amor absoluto al cine e incondicional al Festival de San Sebastián. Sin olvidar que se trata de una obra escrita y dirigida por un frágil señor de 84 años, al que persiguen con encono, al parecer para destruir su imagen y su obra, sin que se sepa bien las razones.

Estos 92 minutos de metraje son también un mensaje de valentía y resistencia de un vulnerable pero templado Allen.

Escribe Enrique Fernández Lópiz 

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