Nunca, casi nunca, a veces, siempre (3)

  16 Octubre 2020

Historia de un aborto

nunca-casi-nunca-0El enunciado administrativo que da título a esta desasosegante película es una adecuada muestra de lo que depara al espectador su visionado: un paseo incómodo por las sendas de la preparación, ejecución y ¿superación? de un aborto; para más inri, de un aborto juvenil.

En cierto modo, la directora y guionista Eliza Hittman pergeña con este su tercer filme (todos ellos inscritos temáticamente dentro del universo adolescente) una tan distanciada como efectiva autopsia del golpe existencial al que se ve sometida la joven protagonista Autumn cuando se percata de que está embarazada.

En la primera entrevista que mantenían el Doctor Lecter y Clarice Starling —en El silencio de los corderos—, el clima de confianza se resquebrajaba cuando Clarice le solicitaba al recluido psiquiatra que le rellenase un formulario, formulario al que Lecter tilda de «burdo» para desentrañar su esquiva personalidad. En manos de nuestra directora, la adopción de una perspectiva y de una enunciación distanciada, casi jurídica, es el mayor logro con el que abordar un tema controvertido, origen de una polémica que divide la moral en dos bandos irreconciliables: los que están a favor y los que están en contra de la interrupción voluntaria del embarazo, larga perífrasis elusiva para sortear el casi tabú término de «aborto».

La directora expone desde un principio sus cartas boca arriba: hay una defensa del aborto sin ningún tipo de cuestionamiento. La tesis es explícita ideológicamente; diegéticamente, pasa a ser algo secundario, un mero catalizador que pone en marcha un periplo doloroso por el que discurrirá la protagonista, atravesando toda una serie de jalones estereotipados y que, sin embargo, refulgen prístinamente gracias a la pericia y delicadeza de la mirada de la directora, que sabe convertir una romería antinatalicia en un peregrinaje de sufrimiento y de esperanza, aun a costa del bagaje mortal que acarrea y que no se elude.

La película es sostenida por la cándida interpretación de dos jóvenes actrices sobre las que se sustenta todo el guion. Sidney Flanigan interpreta a la joven protagonista embarazada; Talia Ryder (seleccionada por Spielberg para su revisión de West Side Story) encarna a su joven prima y ayudante en tan funesto cometido. La contención de la que hace gala la joven actriz Flanigan dota a la historia de una sensación de verdad abrumadora. El rostro y los gestos de la joven actriz (y los de su prima en un segundo plano) son el constante objeto de la cámara, hasta tal punto que como espectadores miramos y sentimos lo mismo que la protagonista.

Una calculada ambigüedad, una ausencia de datos explícitos y una carencia de una lógica manifiesta son suplantadas por toda una ristra de sugerencias, insinuaciones y demediadas evidencias que el espectador debe captar, interpretar, asimilar. En ocasiones, la actitud impasible de Autumn raya el absurdo, una rigidez y un hieratismo casi propios de una esfinge. Parca de palabras, austera de expresión, parece rozar la idiotez, el atolondramiento; un ensimismamiento y una introversión que lastran cualquier atisbo de comunicación y de afectividad. Para compensar esta postura tácita, la prima pone palabras y rostro a los silencios sonoros de Autumn.

Estamos en las antípodas de lo que supuso Juno (2007), tanto en la forma como en el fondo. El periplo de Autumn hacia la extirpación de su criatura concebida le sirve a la directora para ampliar el foco y representar (indirectamente y mediante la sugerencia) el entorno social que rodea a las jóvenes primas, miembros paradigmáticos de la clase obrera norteamericana, de ese estrato social conformado por el precariado de trabajadores blancos que constituyen parte de la base de los votantes de Trump.

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Ya no esa clase media estereotipada por el cine más comercial, sino ese fondo de armario que no suele hacer acto de presencia en las pantallas (y cuando la hace es como motivo de burla y de escarnio de paletos nativos del medio y centro Oeste), pero que existe, que vive y sobrevive en una situación económica ajustada, cerca, muy cerca del abismo de la marginación.

Una pequeña ciudad provinciana, del interior de Pensilvania. Una familia conformada por una madre todavía joven y con tres hijas, que conviven con un tal Ted que no parece ser el padre; sí, el compañero de la madre. Un sujeto mal encarado, en cuyo cuerpo habita la frustración y anida una violencia soterrada, una misoginia a flor de piel que se nos insinúa, aterradoramente, con una simple secuencia: la mascota familiar, una perra, lo lame y acaricia; él le devuelve las carantoñas mientras recrimina a las mujeres de la familia su desatención. «Zorra, cómo te gusta», exclama a la perra. Un estremecimiento nos sacude. Hemos presenciado la escena a través del mutismo de Autumn.

Pero ya en la secuencia inicial del filme (actuaciones sobre el escenario del salón de actos del instituto), la canción que maravillosamente está interpretando, con su timbre grave y opaco, Autumn (He’s got the Power) es interrumpida por una imprecación sonora de un joven espectador: «Zorra». Valga decir que la letra de la canción se aviene con lo que intuiremos debe de ser la zozobra íntima de Autumn, la clave implícita de su actuación vital. El supervisor del supermercado en donde trabajan las jóvenes primas también se erige como un contraejemplo masculino cuando aprovecha la coyuntura para lamerles —repulsivamente— los brazos.

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El descubrimiento de su preñez inicia el rosario del periplo por los servicios sociales, pruebas, consultas, supervisión y exposición de posibilidades de actuación (renuncia al bebé, entrega a una familia de acogida) hasta desembocar en la propia interrupción, filmada con toda la delicada dureza posible.

Las clínicas, las trabajadoras de esas clínicas abortistas (mujeres jóvenes de color, atentas asistentes, una psicóloga blanca, médicas, recepcionistas, el quirófano, los controles de seguridad, los grupos antiabortistas…), todo ello desfila como un telón de fondo, como un decorado por el que Autumn pasea su pequeña gran tragedia interior.

Precisamente será en una secuencia en la clínica abortista —la entrevista a la que la somete la psicóloga antes de la operación—, secuencia bastante larga filmada en un plano del rostro de Autumn, respondiendo a las preguntas que le formula aquella fuera de campo, aquí ante el interrogatorio «burdo», Autumn se desmoronará contenidamente, sin aspavientos, mostrando todo el dolor que atesora y la corroe; sin estridencias, calladamente. Se intuyen abusos sexuales, violación…

Para llevar a cabo el aborto, las primas han debido desplazarse a Nueva York, lugar más liberal respecto a las leyes. Y se nos mostrará una Nueva York sin glamur, sin lugares comunes, nocturna, dura y acogedora, insensible pero piadosa a través de la figura de un joven al que conocen en el autobús durante el trayecto a la Gran Manzana y con el que la prima Skylar entablará una breve, pero prometedora relación.

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Un foco de esperanza, un buen samaritano sin cuya ayuda la ciudad las habría devorado y la odisea hubiese tenido un final más tétrico. Una Nueva York que emerge como contraposición al punto de partida y como posible alternativa al mismo. Una futura y factible vía de escape, pues Autumn decide reemprender el viaje de regreso si no a Ítaca, a aquello más parecido a un vínculo familiar.

La directora, con un dominio retórico de la desnudez y de la naturalidad, con un desprendimiento diegético que a veces roza la verdad, ha acometido un contenido retrato de un aborto juvenil, destacando el volcán interior que atenaza y conmueve a su heroína, aunque sea a través de la coraza de un inmenso glaciar.

En ese juego de oposiciones se desenvuelve la historia. Su valentía y determinación, su férrea determinación —la de Autumn—, ya habían sido prefiguradas cuando ella misma, en completa soledad, ejecuta un ritual casero para perforarse la nariz e incrustarse un piercing. Es la anticipación inicial de otra perforación más profunda, íntima y dolorosa.

Escribe Juan Ramón Gabriel

 

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