El jardín secreto (2)

  02 Octubre 2020

Magia contra efectos digitales

el-jardin-secreto-0Llega la nueva versión de la novela de Frances Hodgson, con la mirada puesta no sólo en el libro original (publicado en 1910) sino también en la adaptación orquestada por la American Zoetrope de Coppola (en 1993).

El resultado final es fiel a partes iguales a ambos referentes y se ve con agrado… aunque ha perdido parte de la magia precisamente por la presencia de unos (extraordinarios) efectos especiales que dejan poco a la imaginación y subrayan en exceso el carácter (fantástico) del jardín.

Tras la repentina muerte de sus padres, Mary, una niña inglesa que vive en la India, se traslada al norte de Inglaterra con su único pariente vivo (es un decir), su tío Craven.

En la nueva mansión encontrará muerte, tristeza, soledad y algún pequeño atisbo de que el mundo puede cambiar (un sirviente de la familia y un petirrojo son las claves).

Pero, para que ese cambio llegue, la primera que debe analizar su tristeza, su soledad y la muerte que le acompañan es la propia Mary.

Y hasta aquí podemos leer para no desvelar la trama más de lo preciso.

Frances Hodgson Burnett (1849-1924), nació británica, se nacionalizó norteamericana y es conocida por las variadas adaptaciones de sus libros infantiles, publicados a caballo entre los siglos XIX y XX, en especial tres de ellos: El pequeño Lord, La princesita y, sobre todo, El jardín secreto.

Aunque el británico Jack Gold dirigió una brillante versión de El pequeño Lord (1980) y el mejicano Alfonso Cuarón firmó una visualmente apabullante versión de La princesita (1995), sin duda la adaptación más recordada sobre una obra de Frances es El jardín secreto (1993), dirigida por la polaca Agnieszka Holland sobre un guión de Caroline Thompson (autora de varios guiones para Tim Burton: Eduardo Manostijeras, Pesadilla antes de Navidad y La novia cadáver).

Esa versión fue producida por la American Zoetrope (cuando Francis Coppola aún se implicaba en sus proyectos cinematográficos) y puede pasar perfectamente como producción británica, por su ambientación, su puesta en escena, su fotografía y, sobre todo, por la extraordinaria banda sonora de Zbigniew Preisner (autor de moda en los 80 y 90, conocido sobre todo por su trilogía Azul, Blanco y Rojo, dirigida por Kieslowski).

Prueba de su influencia es esta nueva versión dirigida en 2020 por Marc Munden, un especialista en series de televisión a ambos lados del Atlántico, del que aquí se estrenó y nos dejó buen sabor de boca el thriller Miranda (2002), con Christina Ricci.

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La magia

Durante la primera mitad del film, hasta la aparición del famoso jardín secreto, Munden sigue con cierta fidelidad la novela, aunque actualiza un poco la fecha en que transcurre la acción (de finales del XIX a 1947, con el conflicto entre la India y Pakistán) y también la forma de morir los padres de Mary (de una epidemia de cólera a un atentado bélico).

Mantiene alguna escena clave, como la del aya que se niega a vestir a una joven que no sabe cómo hacerlo porque, como es de clase pudiente, jamás se ha tenido que vestir sola. Sin duda un momento clave para definir cómo ha sido su vida hasta ese momento.

Eso sí, elimina la voz en off del libro (Mary es la narradora) y de la película de 1993, para introducir en cambio un perro que será de alguna forma el primer guía de Mary en su despertar. Un perro que le conduce a conocer a Ben, el único de la casa que no es un «ricachón» (y el único negro: detalle obligado en estos tiempos en que domina lo políticamente correcto en los castings) y también a ese petirrojo que será quien le descubra un mundo nuevo.

El petirrojo, un gran ejemplo de «personaje digital» que ayuda en la narración y no entorpece el espectáculo. Es, de alguna forma, la aparición de la magia en el film.

(Quédense con ese detalle. Luego ampliaremos la información.)

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Un simbolismo sugerido

El viaje de Mary, desde la India a Inglaterra, servirá para ir transformando a la niña solitaria, feúcha e irascible en alguien distinto.

Un viaje físico y psicológico que conlleva la maduración del personaje.

Y para ello ha de aprender a vivir y a convivir, abandonar su soledad para abrirse a los demás y compartir el mundo que le ha tocado vivir.

En definitiva, un doble viaje, exterior e interior, de manual.

Y todo está llevado con esa exquisita corrección británica que no sorprende, pero que casi nunca falla.

Como es de rigor, el simbolismo aparece sugerido de distintas formas: uno puede ver dos Mary en un espejo, su primo es en realidad un desdoblamiento de la propia Mary (igualmente aislado del mundo), la mansión es opresiva y oscura, su tío (aunque físicamente vivo) en realidad es un zombi, un personaje que murió cuando su esposa falleció…

(Nuevo detalle a anotar: sugerido todo… y eso hace que funcione.)

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Unos efectos demasiado evidentes

El viaje lleva a Mary a descubrir el jardín oculto. Su nuevo amigo Ben, el perro y el petirrojo tienen buena culpa de este descubrimiento.

Y ahí empieza a evolucionar Mary.

Lógicamente, el jardín también es un símbolo de la propia Mary: está «muerto en vida»… pero puede recuperarse.

Cuando intuimos que el jardín está cambiando, hay magia.

Cuando una rama crece oportunamente para evitar que nuestra protagonista caiga mientras trepa al muro, hay misterio.

Cuando los personajes corren alegremente por el jardín, en un travelling en plano general, y vemos crecer a su alrededor todas las flores y plantas imaginables… aquello ya no deja espacio a la imaginación.

Ni al misterio. Ni a la magia.

Todo está demasiado claro, demasiado dicho.

Los excepcionales efectos digitales pueden permitirnos visualizar cualquier mundo, cualquier idea que imaginemos. Pero si todo se muestra «demasiado», entonces perdemos la capacidad de imaginar, de sugerir.

Y el abuso de efectos especiales arruina la capacidad de sugerencia, la imaginación y la magia del guión. Todo se viene abajo.

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Eso pasaba en la primera adaptación cinematográfica de C. S. Lewis, Las crónicas de Narnia: La bruja, el león y el armario, donde el viaje a través del armario, para pasar de un mundo real y miserable a un mundo imaginado y feliz, era mostrado tal cual. Se había perdido la magia, el encanto.

Aquí, cuando la tecnología digital sustituye al guión, tenemos el mismo problema.

Sabemos que el jardín cerrado es un símbolo: hay que saltar la valla y abrir la puerta para que florezca, como Mary, que ha de abrirse a los demás y dejar su egoísmo a un lado.

También intuimos las dos caras de la soledad: Mary y su primo Colin, ambos abandonados por sus familias, ambos con sus padres finalmente fallecidos, ambos encerrados en sí mismos… pero capaces de salir al mundo, aprender, crecer…

Lástima que todo ese juego que está en la novela y en las adaptaciones cinematográficas, aquí acabe por desaparecer en la segunda mitad del film, cuando la tecnología digital se apropia por momentos del relato.

Y no sólo en cuanto al jardín, también con ese final que necesita dejar «demasiado claro» el fin de una etapa y el inicio de otra: no basta con mostrarlos juntos, al aire libre, fuera del ambiente cerrado en el que han vivido, nadando juntos en el agua…

Aquí, además, hay que quemar la mansión, el pasado.

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Un edificio pasto de las llamas que deja claro (como si no lo supiéramos ya) que ese mundo se acaba y nace otro, más luminoso, más humano.

En medio de este pequeño desastre, que hace perder algunos puntos al film, Colin Firth defiende su personaje del arisco señor Craven con elegancia y buen hacer interpretativo. Y los jóvenes protagonistas cumplen en sus papeles.

Se salva con nota la extraordinaria banda sonora de Dario Marianelli, sin duda un homenaje al trabajo de Preisner hace 27 años: lírica, mágica, perfecta para ayudarnos a imaginar ese mundo que florece desde la oscuridad y la muerte.

Lástima que el exceso de efectos digitales arruine en parte ese viaje mágico.

Un buen ejemplo de un cine basado en un viaje exterior e interior: el camino, el aprendizaje, el crecimiento… sólo le sobra ese excesivo apego final a machacar en exceso unas ideas que siempre funcionan mejor sugeridas que mostradas hasta la saciedad.

Escribe Mr. Kaplan  

 

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