Un diván en Túnez (3)

  27 Septiembre 2020

Costumbrismo árabe, humor y psicoanálisis

un-divan-en-tunez-0Uno lo primero que se pregunta ante el título del film es qué hace Sigmund Freud en Túnez. Ese judío que ejerció en Viena y que tuvo que huir del nazismo yéndose a Inglaterra. Padre del psicoanálisis, pensador que movió los cimientos de la humanidad (junto con Galileo o Darwin), con una obra que cuestiona muchos tabús sobre la familia y que coloca la sexualidad como elemento central de su perspectiva sobre el psiquismo humano. Un pensador que sigue sembrando desconcierto y aversión en círculos académicos del mundo entero.

En fin, una enorme obra que por resumir viene a decir que no somos libres, sino que estamos sometidos a designios que acechan en lo inconsciente de nuestro «aparato psíquico» en forma de pulsiones, anhelos y temores; fuerzas que laten en el lado oscuro de nuestro ser, el más importante y sumergido por la fuerza de la represión; contenidos y fuerzas que pasan desapercibidas a nuestra conciencia, pero que son las que nos empujan a actuar y a comportarnos de determinada forma.

Tras haber pasado la infancia y juventud en París y cursar estudios de Psicología y Psicoanálisis en Francia, Selma decide a volver a su país de origen y establecer una peculiar consulta de psicoanálisis en un cuarto situado en el tejado de la casa de sus tíos, en un popular suburbio de Túnez.

Al principio tendrá problemas por razones distintas, como ser una mujer brillante en un país donde no está bien visto que las mujeres trabajen en tareas que no sean las del hogar, y donde el psicoanálisis se ve con recelo. Pero sobre todo acucian los problemas burocráticos.

Un personaje le aconseja en la cinta a Selma que no diga que Freud es judío, por lo que le pone a la foto del Maestro un cómico sombrero Fez rojo magrebí a la entrada del despacho con el diván al fondo. Otro personaje añade: nosotros ya tenemos a Alá, no nos hace falta psicoanálisis. Y así…

Se desarrolla la historia tras la denominada Primavera Árabe que derrotaría al dictador Ben Ali, con toda la carga de revolución social y política que tuvo este movimiento. En ese contexto Selma tendrá que atender a pacientes diferentes a los que ella acostumbraba, adaptándose a sus diferencias culturales y religiosas, a la vez que se reencuentra con un pasado que creía haber olvidado, pero que permanece en el fondo de su ser.

Presenciamos, pues, un viaje iniciático que le servirá a la protagonista para fortalecerse y también para aprender.

Aunque en las nuevas elecciones democráticas hay un predominio de partidos musulmanes, Túnez es un país moderno dentro del mundo árabe, y es ahí donde Selma pone su empeño para ayudar a los tunecinos «en un viaje hacia ellos mismos». Las risas iníciales e incrédulas se acaban transformando en pacientes convencidos que guardan cola para tener su sesión de análisis.

Ópera prima de Manele Labidi Labbé, cineasta francotunecina, que escribió el guion además de dirigir este largometraje, que ha sido reconocido en festivales de cine internacionales en 2019, como los de Venecia y Valladolid.

Esta cinta, cuyo título original es Arab Blues, es una comedia con fondo dramático, que aborda las diferencias culturales del norte y sur del Mediterráneo, las cuales son vistas por la mirada de Selma, quien tras diversos fracasos personales y de trabajo en París, decide regresar a su país.

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Guion ágil y bien trabado de la propia Labidi Labbé, muy deleitosa la banda sonora de Flemming Nordkrog, que acompaña la historia con alegría y sonoridad, y diáfana fotografía de Laurent Brunet, junto a una puesta en escena más que correcta.

En el reparto, el inolvidable rostro de Golshiften Farahani (A propósito de Elly, 2009, de Asghar Farhadi; La piedra de la paciencia, 2012, de Atiq Rahimi) que da vida con entereza y vigor a su personaje; a las cualidades como actriz de la Farahani, se une el hecho de tener una historia real como exiliada iraní, todo lo cual aporta veracidad al personaje que va reflexionando sobre las razones que le han hecho regresar a Túnez, sin saber bien si es francesa o tunecina (el dilema de Labidi en parte también).

Acompaña un eficiente elenco de actores y actrices inspirados, como Majd Mastoura, Hichem Yacoubi, Amen Arbi, Ramla Ayari, Aïsha Ben Miled, Feryel Chammari, Moncef Anjegui y Moncef Ajengui.

La situación de Selma bien puede analizarse freudianamente, pues en lo manifiesto ella se siente francesa, pero en lo latente, en lo profundo de su psique, quieren despuntar sus raíces árabes, cuestión central de esta ópera prima. O sea, Selma siente una llamada desde lo más recóndito de su ser. Esa llamada de la tierra original está en el alma de esta primera película.

Más que tratar aspectos políticos o hablar de los cambios sociales de la última década en el mundo árabe con intensidad y dramatismo, Labidi Labbé lo hace en plan comedia, con buen humor y cierta ligereza, con un tono luminoso para contar una situación controvertida y no exenta de gravedad, que yo al menos agradezco.

En contra de lo podría pensarse, y gracias a la ayuda singular de una curiosa peluquera, Selma acaba teniendo una nutrida clientela, la mayoría con problemáticas poco menos que delirantes. Además, al hilo de la consulta asistimos a conflictos y traumas que constituyen un retrato de la sociedad tunecina, lo cual incluye la homosexualidad o transexualidad, el encarcelamiento político, las dificultades paranoides de los represaliados por el anterior régimen, una peluquera aguerrida en conflicto con su madre, un paciente que cree ser perseguido por los servicios secretos o un tipo machista y retrógrado que piensa que la terapia en realidad es una tapadera para tener aventuras sexuales.

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Todos estos problemas «psi» parecen solucionarse con relativa facilidad. Labidi, se mete en esa realidad, a la vez que toma perspectiva y distancia con su vis cómica por medio, lo que no quita el retrato introspectivo y crítico de algunos problemas a los que se enfrenta la protagonista, que sin duda deben ser los mismos que ha experimentado la realizadora.

Pero es cierto también que la excesiva soltura y desdramatización de lo político podría ser interpretado como una «negación» inconsciente (o no) de Labidi Labbé, que no acierta a ver lo evidente en estos países donde la religión lo impregna todo con inusitada severidad.

Así y todo, Labidi se atreve con la religión y su estrechez de miras, en la forma de un imán declarado persona non grata por la comunidad religiosa por no tener barba. Y tampoco evita la sátira política, a través de un personaje obsesionado con el fantasma del Mossad, el servicio de inteligencia israelí.

Resulta particularmente hilarante la perplejidad y oposición frontal al regreso de Selma de su prima adolescente Olfa. La muchacha no entiende que ella haya vuelto cuando en el país lo que la gente común desea es irse de allí. Incluso la jovencita, para pasmo de Selma y de sus padres, está dispuesta a un matrimonio de conveniencia con un joven gay, para conseguir el pasaporte francés.

Pero lo que más entorpece y se convierte en muralla casi inexpugnable para Selma es la lentitud burocrática que parece querer expulsarla de nuevo de su país. En este punto aparecen las fuerzas represivas de una policía torpona y los trámites eternos con una funcionaria de sanidad que sólo hace que comer y vender ropa interior femenina en vez de solucionar la imperiosa necesidad de Selma por obtener la licencia para abrir su consulta.

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Kafka hace acto de presencia en estas escenas, una burocracia surrealista que también recuerda al famoso artículo de Mariano José de Larra, Vuelva usted mañana.

Selma ya está a punto de tirar la toalla cuando una especie de ensoñación hace que se le aparezca el mismísimo Freud con su barba y su cigarro habano, quien con su mutismo y un par de pañuelos que le ofrece para secarse las lágrimas, le da fuerzas para continuar buscando el permiso tras docenas de fracasos... hasta conseguirlo.

Comedia amable, una historia cordial contada por una mujer forastera a la vez que autóctona, y como telón de fondo una situación social y política que se asume resignadamente, aunque la realidad es que este trasfondo marca la sobrevivencia de todos los personajes.

Pero el abordaje es de risa, trivial, sin heridas ni acidez, sin mordiente; especie de realismo mágico salpimentado con alegres arabescos. Entonces, si obviamos cierta cruda realidad, las profundas contradicciones sociales que acontecen y vemos la película plan divertimento, lo vamos a pasar bien con este retrato costumbrista ocurrente, divertido y chistoso por momentos.

Además, podemos advertir una mirada compasiva y abierta al diálogo para con los problemas del Túnez actual. De manera que, tomada de manera positiva, la cosa puede concluir como quien se toma un té con menta picantita en el zoco de Túnez, cerca de la Mezquita de Zitourna.

Escribe Enrique Fernández Lópiz 

 

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