Sin olvido (3)

  25 Septiembre 2020

En busca de respuestas

«Recuérdalo tú y recuérdalo a otros»sin-olvido-0
(Luis Cernuda)

Meritoria la última película de Martin Sulik, Sin olvido, un largometraje sobre la necesidad ética de recordar un gris pasado para intentar buscar un futuro cívico, fraternal. El filme plantea con valor, pero sin hondura artística, el surgimiento de la amistad entre dos personas, en principio antagónicas, pero a las que la vida ha juntado en un destino común: viajar a la historia de sus padres, metonimia de Eslovaquia durante la ocupación nazi y la Segunda Guerra Mundial.

Ungar (Jirí Menzel), un octogenario traductor eslovaco, es hijo de una pareja asesinada por las SS en el conflicto bélico. Georg (Peter Simonischek), un profesor austriaco jubilado, es el vástago del militar nazi que ejecutó la matanza de los padres de Ungar.

A pesar de que las primeras secuencias entre ambos resultan inverosímiles, algo forzadas, progresivamente la especial relación de los dos individuos se articula en el eje vertebrador de la obra de Sulik. No es ya solo el humanismo inherente de aproximar al heredero del verdugo y al heredero de las víctimas, sino que desarrolla un acercamiento, basado en la comprensión, entre dos formas diferentes de entender la vida.

Georg, vividor, mujeriego, locuaz. Ungar, austero, introvertido, melancólico. Ungar, viudo, vivió con su mujer más de 50 años. Georg se ha casado tres veces y sus respectivos matrimonios han naufragado. Georg tiene a su único hijo lejos, en Inglaterra. Ungar sí ve con frecuencia a su hija, que trabaja de maestra en el norte de Eslovaquia, precisamente la zona donde Ungar y Georg van a viajar para saber cómo fue la ocupación nazi de Checoslovaquia (1938-1945) y descubrir un mundo de atrocidades, de injusticias.

Simonischek y Menzel realizan dos interpretaciones notables, dándose muy bien la réplica a lo largo del filme. Menzel, que ha fallecido a principios de septiembre, es un director emblemático de la Nueva Ola checa, y se despide del cine, y de la vida, delante de las cámaras, en un papel repleto de dignidad. El personaje de Simonischek reviste una complejidad mayor, pues aúna lo cómico y lo dramático, en la línea de los personajes de la filmografía del propio Menzel, como Pavel en Alondras en el alambre (1969).

Sulik busca equilibrar en su película las secuencias divertidas y las filosóficas, mas no logra esa pretendida simbiosis, pues los momentos graciosos rompen a menudo el hilo argumental, memorístico, del largometraje. Sí acierta el cineasta eslovaco en el empleo de la voz en off para transmitir las impresiones del padre de Georg en sus cartas, a la vez que en los testimonios en blanco y negro (grabaciones reales) de los familiares de las víctimas, que representan pasajes muy conseguidos del trabajo fílmico.

Otros logros son las recurrentes imágenes aéreas del coche de Georg, que enfatizan la dimensión simbólica del viaje. No se trata únicamente de un viaje físico, en esta peculiar road movie, sino un viaje por el recuerdo, por la historia europea. Salvando las distancias (la lejanía entre un buen filme y una obra maestra del cine), la película de Sulik me recuerda a Fresas salvajes (1957), de Ingmar Bergman, en varios aspectos: la tipología de road movie; el carácter retrospectivo, evocador; los nexos entre la juventud y la vejez; y el hecho de que cineastas históricos como Sjöström o Menzel, en torno a los 80 años, actúen, no dirijan.

La galería de personajes secundarios presentes en el filme carece del encanto y la fortaleza interpretativa del dúo protagónico. La hija de Ungar, por ejemplo, ofrecía mayores posibilidades discursivas. El final, de un prodigioso alcance metafórico, representa uno de los puntos cimeros de Sin olvido.

No podemos concluir esta crítica cinematográfica sin hacer mención a la preciosa banda sonora, bella y profunda, a cargo de Vladimir Godar, que entronca de manera genial con una película que llama a la reflexión y a la concordia en estos tiempos difíciles.

Escribe Javier Herreros

 

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