Uno para todos (3)

  23 Septiembre 2020

Educación, perdón y redención en una película interesante

uno-para-todos-0Aleix, un profesor interino forastero (David Verdaguer), llega para cubrir una baja en la escuela de un pueblo de Aragón llamado Caspe. Él es un tipo sombrío, solitario, melancólico y hasta podría pensarse que algo amargado. El colegio es típicamente rural y Aleix decide ser el tutor de un curso difícil, el último de primaria, de niños y niñas que ya no lo son tanto. La historia está inspirada en un hecho real que el director leyó en la prensa y del que ha formado parte desde que se lo propuso la productora, denominándolo como una «bonita casualidad». 

Cuando comienzan sus clases, Aleix debe enfrentarse a una situación insólita e inquietante: debe reintegrar en la clase a un alumno enfermo de cáncer y en tratamiento, pero el resto de sus compañeros no quieren que vuelva, lo cual plantea un serio problema difícil de abordar. Este niño tiene una personalidad singular, un personaje difícil de comprender y complejo de analizar.

Ilundain es el autor de la idea y del argumento (junto a David Planell), pero el libreto está impecablemente escrito por Coral Cruz y Valentina Viso, que saben abrir el abanico más allá de la trama principal, a los misterios de vida del joven profesor y de sus alumnos, cada uno de los cuales tiene sus conflictos familiares y personales. Una red de vínculos que abundan en el subtexto principal, con subtramas que tratan el perdón, la redención personal y la de los alumnos, los afectos y desafectos familiares, y sobrevolándolo todo, la educación.

David Ilundain acierta a encontrar la pirueta dramática exacta para convertir un film convencional de corte social, en una abstracción sobre el complejo y profundo don de perdonar. Esta pirueta se dispara con la presencia del niño enfermo que al cabo de una larga temporada en su casa con un linfoma, vuelve a clase. Pero el regreso del niño no será como el profesor esperaba, pues sus compañeros son contrarios a que venga.

Aleix descubrirá que el muchacho fue un acosador que se había burlado, vituperado y machacado al resto de la clase el año anterior. Y ese niño controvertido y difícil de once años se convierte en una persona repudiada, justo en un momento crítico de su vida, cuando tiene que afrontar un tratamiento de quimioterapia y está en situación de vulnerabilidad a todo nivel.

Aquí se produce el triple salto mortal a que me refiero, que provoca que la narración gane interés. Hay preguntas importantes sobre la tarea de reintegrar al niño enfermo, un muchachito que se ha portado como un sádico con sus compañeros: interesante reflexión sobre el bullying, fenómeno tan problemático como común en nuestros tiempos; no sabemos si habrá venganza; el ambiente de la clase está caldeado; el profesor asustado; las opciones para lidiar esta problemática son difíciles; el niño está en una edad sensible, donde se juegan muchas cosas para su vida.

Y aquí llega el guion de Coral Cruz y Valentina Viso que poco a poco va desgranando cada interrogante sin panfletos, sin fórmulas sencillas; de manera natural y conciliadora, lo cual permite al espectador sintonizar con la historia y mirarla con emoción, pero igualmente con algún atisbo de sonrisa y optimismo, y pudiendo comprender la situación. Y claro, construye el guion igualmente la figura de Aleix con humanidad, un gran profesor, pero a la vez un hombre que en su vida personal no ha sabido enfrentarse a sus propias sombras ni a sus íntimos fantasmas.

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Esta es la segunda película del navarro Ilundain, después de la adaptación cinematográfica de la obra de teatro sobre Bárcenas, la también interesante B (2015). El film es una apuesta digna y fresca que gusta y turba por la naturalidad con que presenta una interesante historia.

Un canto a la importancia de la educación humanista, una semblanza de la Escuela en honor a esos profesores capaces de ser Maestros en toda regla, personas que pueden cambiar la vida de sus alumnos en unas edades cruciales en que los chavales son muy sensibles a los modelos gratificantes y a las actuaciones reveladoras de fe y confianza en el futuro. Pues este es otro tema importante de la historia, la proyección de futuro y cómo los niños trabajan y ejercitan en clase la posibilidad de imaginar su porvenir.

Aleix es un profesor que trabaja, profundiza y ayuda a desvelar los entresijos que turban la paz de sus alumnos en plena pubertad. También un profesor capaz de poner límites, de educar en el respeto por el otro y llegado el caso, de abrazar y empatizar con el dolor o el penar de sus necesitados pupilos. Un profesor que dejará una profunda huella en los niños y niñas a los que Aleix tratará apenas un curso.

La cinta elude los tópicos, merced a no idealizar ni a los profesores ni al alumnado ni a la institución educativa, sin maniqueísmo, con una visión certera y profunda de la realidad en un aula que ya presagia la entrada en la enseñanza secundaria y el bachillerato.

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La calidad del film se debe en gran medida a un espléndido reparto. Aguanta el peso del film con enorme solidez un David Verdaguer carismático, versátil y eficiente. Acompañan genialmente, entre otros, Patricia López Arnaiz, Clara Segura o Ana Labordeta. Y lo hacen de maravilla y con absoluta credibilidad, unas interpretaciones magníficas de estupendos actores niños, lo cual es un logro de Ilundain, que hace que este coro infantil esté perfecto, fusionado tanto grupalmente, como en las escenas individuales; niños-púberes que hacen interpretaciones creíbles.

Como apunta Bermejo y yo suscribo, es «Una película espejo que retrata sin aspavientos la realidad de tantos docentes de incierto futuro profesional en este país que escatima y regatea los presupuestos destinados a formar a los niños de hoy y de su frágil clientela».

En acertadas palabras de los productores: «Es una historia de superación, de esperanza, de la necesidad de perdonar y de saber pedir perdón en un entorno en el que las diferencias culturales y generacionales son evidentes. El proyecto dirigido por David Ilundain plantea una pregunta esencial: ¿Para qué? ¿Para qué luchar y aprender? Si con esta luminosa película podemos ofrecer una respuesta, o mejor aún, si hemos permitido al espectador encontrar la suya propia, habremos logrado, sin duda, nuestra meta». Pues es mi parecer que se ha conseguido con una muy buena nota.

La película es recomendable para los niños, para los lo fueron, para padres y tutores, para educadores, para todo aquel que tenga algo que perdonar, en la escuela o no, para quienes tienen algo por lo que ser perdonados.

En muchos países este film convocaría espectadores a miles, pero estoy pensando en países donde el cine y la educación importan mucho. No creo que sea casual que la productora sea francesa.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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