L’ofrena (3)

  21 Septiembre 2020

El perdón

lofrena-1L’ofrena (La ofrenda, 2020) es de esa clase de películas que no deja indiferente. O despierta un resorte en el espectador que le obliga a seguir las vicisitudes que plantean los personajes, o por el contrario, se es incapaz de acceder a la propuesta creativa que se va construyendo en la pantalla. Quien espere un guion elaborado que justifique la tragedia que se despliega en torno a los protagonistas quedará indudablemente defraudado, pues hay grandes huecos que quedan por rellenar.

¿Por qué el personaje de Jan resulta tan atrayente para la Violeta joven y adulta y para Rita? ¿Qué justifica que el abandono de la joven Violeta por parte de Jan adquiera ese componente trágico? ¿Cómo fue ese amor para que ninguno de los dos sea capaz de continuar con su vida? ¿Cuál es la motivación que impulsa a Jan, tras una serie de años, a buscar a Violeta? Son preguntas sin respuesta que no favorecen la credibilidad del filme y que impiden el acceso al conocimiento íntimo de los personajes.

Para quien asuma la situación de los personajes sin importarle el detalle de la justificación y no quiera respuestas a las cuestiones planteadas en el párrafo anterior, puede dejarse llevar por el movimiento interior de cada escena y experimentar el ofrecimiento del autor que abre un entorno trágico y una reflexión dolorosa sobre el perdón y el remordimiento en el que un demiurgo, Jan (Àlex Brendemühl), mueve sus resortes para incidir, trastocar y afectar la vida de Violeta (Anna Alarcón), tanto en el pasado como en el presente. Afectación que se extiende hasta provocar el daño colateral en el resto de personas que acompañan a la pareja protagonista, los cónyuges de ambos.

Ventura Durall focaliza las consecuencias del sufrimiento en Violeta, una mujer madura, con una vida familiar aparentemente normal  (un matrimonio con dos hijos y una situación acomodada) pero en la que inmediatamente se vislumbran las grietas que rompen la supuesta felicidad.

Los diferentes flashbacks dibujan la ruptura de un amor juvenil del que ahora vemos las consecuencias a través de una cámara introspectiva que situada cerca de los protagonistas va acumulando detalles sobre una vida posterior montada en torno a una farsa y que se traduce en una frialdad que embarga a Violeta y Jan: la tristeza en los rostros, las conversaciones triviales o la sensación de soledad forman parte de sus personajes.

Jan tiene montada una empresa que ayuda a transmitir las últimas voluntades de las personas que van a morir, un proveedor de ofrendas para los familiares, en un intento de salvar la incomunicación entre las personas. Violeta ejerce como psiquiatra con el objetivo de ayudar a las personas a superar sus traumas. Una ayuda hacia los demás que intenta compensar el sufrimiento causado o recibido pero que no puede disimilar el vacío provocado por el dolor de la ruptura.

Para profundizar en las capas que envuelven a los personajes, Durall utiliza numerosos referentes narrativos que le van sirviendo en cada momento. El comienzo parece cercano a una especie de thriller psicológico con Rita (Verónica Echegui), una ex modelo porno que, casada con Jan, establece la conexión con Violeta para fomentar el encuentro entre los antiguos amantes pensando en que la cita servirá para que Jan pueda continuar su vida.

Pero, trascurrido un tiempo, el filme vira hacia el drama trágico conforme Jan vuelve a entrar en la vida de Violeta haciendo que la violencia psicológica se adueñe de los personajes, poniendo en primer plano el sufrimiento de todos ellos y utilizando el sexo como un elemento primitivo para expresar las conductas de los personajes.

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También contamos con referencias a Ulises, tanto físicas como metafóricas, y que podemos ver en el nombre del camping donde se conocieron o el alejamiento de Jan respecto a Violeta durante años para regresar transcurrido ese tiempo a esa casa que se convierte en la Ítaca imaginaria: la casa donde se truncó la relación y que finalmente será la estación de partida y llegada (repitiendo el viaje en la vieja moto).

Y, por último, el director de L’ofrena, un especialista en el género documental, que de vez en cuando regresa a la ficción, no puede evitar plasmar ese punto de vista de quien observa lo que está ocurriendo delante de la cámara, registrando minuciosamente las reacciones, para retratar el drama casi con una pulcritud científica. El uso del plano secuencia en diferentes escenas claves, como el encuentro de los dos matrimonios en casa de Violeta o la escena final entre Jan y Violeta, evidencia la necesidad de testimoniar lo sucedido de una forma muy cercana, íntima.

De esta forma poliédrica, con varios planteamientos temáticos (el suicidio, la muerte, el sexo, el sacrificio), Durall compone una obra en la que se reivindica el perdón hasta las últimas consecuencias. Jan sabe con certeza que su huida cuando era joven tuvo el resultado fatal de hundir dos vidas, la suya y la de Violeta. Ambos reconocen la incapacidad de volver a sentir amor por otras personas y esa herida que supura durante años necesita de esa ofrenda, de esa confesión y del clímax en el que por instantes todo retrocede a un punto anterior en el que el tiempo se detuvo en su relación. La mirada de Jan a la cámara hacia el final de la película, mientras abraza a Violeta, y que constituye la imagen del cartel, es la exhortación silenciosa al espectador de su redención.

Con un reparto en el que destacan las actuaciones de las mujeres que pivotan alrededor del protagonista, cada una de ellas con registros muy diferentes —desde la introspección de Anna Alarcón hasta el histerismo de Verónica Echegui— son capaces de sostener las debilidades de la escritura fílmica que hemos señalado al principio.

Película desmedida, incompleta, histriónica a veces, casi onírica en otras ocasiones, con escenas muy bellas, con múltiples capas, es un cine que merece la pena degustar hasta donde el espectador pueda o decida profundizar en ella.

Escribe Luis Tormo  

 

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