Pinocho (3)

  20 Septiembre 2020

De la vida de las marionetas

pinocho-0Cualquiera que se haya acercado a este clásico ha asumido mucha responsabilidad a la hora de alimentar las expectativas de la audiencia. Matteo Garrone ya había trabajado la adaptación de narraciones tradicionales en la muy barroca El cuento de los cuentos (2016), libre adaptación del libro homónimo del napolitano Giambattista Basile, célebre autor de relatos cortos del siglo XVII.

Aquí desarrolla la experiencia frente a la ilustración cinematográfica de los cuentos de hadas del escritor napolitano Giambattista Basile, cuyo bagaje literario incluyó cuentos cuyas versiones precedieron a las de Grimm y Perrault.

Garrone pone en escena los paisajes y la civilización campesina de la Toscana de finales del siglo XIX en un alarde compositivo de las pinturas que suponen un triunfo de la escenografía (el diseño de producción es para enmarcar) y la fotografía (firmada por el orfebre Nicolai Brüel) inspiradas, entre otras cosas, en la pintura de los Macchiaioli (manchistas o manchadores), auténticos revolucionarios en la materia, quienes se opusieron al academicismo imperante afirmando que la imagen de la realidad es un contraste de manchas de colores y de claroscuro.

Un beneficio útil también es la disponibilidad de efectos visuales que ayudan a crear imágenes fantásticas y, por primera vez, tener un títere realista sin ser un dibujo y con un niño actor real, sometido a una gran cantidad de trabajo de maquillaje. Y es que la labor interpretativa del pequeño Federico Ielapo es mayúscula y para nada acorde con su corta edad. Tan sólo leyendo que pasaba más de cuatro horas diarias en el potro de tortura que era el set de maquillaje ya es para regalarle todos los parabienes posibles. Pero es que además hace suya cada escena, con una mezcla de inocencia y pillería en la mirada que humaniza su pétrea figura.

Y, para colmo, se atreve a enfrentarse cara a cara con auténticos monstruos de la escena italiana y no pierde la partida en ningún instante. El grado de complicidad con el maestro Benigni (un especialista en actuar con imberbes y sacar lo mejor de su actuación con La vida es bella de cabecera) alcanza momentos de majestuosa intimidad, como ocurre en el instante del reencuentro en el lugar más insospechado que todos los que han leído el libro seminal ya habrán adivinado.

Los entusiastas de la versión de Disney se hallarán bastante alejados de su hábitat natural. El espíritu decadente y lo onírico se cuelan en cada fotograma regalándonos una película que se mueve con soltura entre lo siniestro y fantasmagórico. La Strada y El Casanova de Fellini se dan la mano entre caracterizaciones grotescas, circos que harían las delicias de Tim Burton e incluso se permiten la licencia de crear una especie de parque temático de perra gorda llamado El País de los juguetes que se revela como reverso ideal y decrépito de los cacareados e impolutos parques Disney.

Garrone sabe sacar lustre de la suciedad y se regodea en el juego cromático extremo. A una escena de marcado colorido ocre le sigue otra bucólica mecida entre verdes y azules, todo ello acompasado por la interesantísima banda sonora compuesta por Dario Marianelli, ganador de un Oscar en 2007 por su score para Expiación.

Dotada de una estética visual tremebunda, el conocimiento colectivo de una trama que nos sabemos al dedillo y que no depara ninguna sorpresa (quizás sea el único demérito de la propuesta, ya que existen algunos pasajes destacados que se muestran sin énfasis), nos permite fijarnos de manera más detenida en pequeños detalles que destapan cómo de meticuloso se ha mostrado en esta ocasión el artista con su cincel: el uso exquisito de la profundidad de campo; las notas de humor socarrón a pie de página, que subyacen bajo gruesas y recargadas capas, y la incontestable humanidad de un mensaje que posee la virtud de transformar la miseria contextual en belleza, sin acusar un ápice de artificiosidad.

Escribe Francisco Nieto 

 

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