Las niñas (5)

  06 Septiembre 2020

Un tiempo de ilusión y de niebla

«En sus ojos apagados…»las-ninas-0
(Héroes del Silencio)

Una película realizada desde el corazón. Un filme hermosísimo y también muy duro. Retrato personal, con un posible sustento autobiográfico, pero cuyo alcance dibuja sin complacencia la España de principios de los 90. Estas son algunas de las primeras impresiones con las que salimos del cine tras haber visto Las niñas, de Pilar Palomero.

Nos encontramos ante un largometraje fidedigno, donde la variedad de emociones de la niña protagonista, Celia (maravillosa Andrea Fandos), se expresa a través de una utilización magistral de los primeros planos. Y es en los ojos de la pequeña donde advertimos todos sus vaivenes sentimentales, de la dicha al sufrimiento.

Celia es el eje discursivo de la película. Y desde ella se tienden los dos vínculos más destacables de la obra: la madre (Natalia de Molina) y las amigas, Brisa y Cris. Amistad y familia. El largometraje se ambienta en Zaragoza, en 1992.

Esas son las referencias deícticas externas, pero la niña que encabeza el filme se halla en la encrucijada anímica de pasar de la niñez a la adolescencia. El momento fundamental, siempre difícil, de dejar la inocencia infantil por un mundo tan oscuro y tan lumínico. La vida en sus vertientes. Celia y su madre viven solas. La madre trabaja de limpiadora en casas. Celia estudia en un colegio religioso de la ciudad aragonesa.

El filme está desarrollado con una libertad y una hondura enormes. Existe un contraste entre la España oficial de la época, una joven democracia exitosa, que en 1992 celebraba la Exposición Universal de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona, y una España cotidiana, alejada de la parafernalia y la publicidad, que mantenía una notable herencia conservadora de la dictadura franquista.

Palomero efectúa una sutil crítica, no dogmática, a esa supuesta España moderna, cuya imagen de triunfo se exportaba a Europa, pero cuyos habitantes (y más si estos eran mujeres, y mujeres jovencísimas como Celia y sus amigas) sufrían los efectos de una educación cerrada, de un catolicismo rancio, donde la sexualidad, fuente de alegría y conocimiento, era reprimida.

Sin embargo, pese a la cerrazón moral y humana del entorno educativo, y de los medios de comunicación y de una parte importante de la población española, Celia y sus compañeras crecen con el entusiasmo de su edad. No es presentado el colegio de monjas como un espacio opresor (la ilusión inherente de la infancia no se puede oprimir), sino como el lugar donde la protagonista y sus amigas ríen, juegan, hacen bromas.

Qué prodigiosa la secuencia en la que Brisa y Celia abandonan la sala donde se proyecta Marcelino pan y vino (1954), símbolo de una España antigua, en blanco y negro, que todavía pervivía en esos 90. Y las dos amigas, rebeldes, de espíritu libre, se adentran por los pasillos del centro, abren puertas de las habitaciones, acceden a la biblioteca.

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Las monjas docentes no son presentadas a menudo como personas autoritarias, sino como mujeres cordiales, que tratan correctamente a las niñas. Con la excepción de la exagerada bronca que recibe Celia por parte de una de las religiosas por no saber resolver un ejercicio de matemáticas.

Existe en el largometraje una extraordinaria recreación del inicio de la década de los 90: los radiocasetes y las cintas de música, las canciones de los grupos roqueros maños como Héroes del Silencio y Más Birras; las telenovelas; los programas televisivos donde las mujeres aparecían casi siempre con unos llamativos escotes, se proyectaba una imagen de ficticia modernidad, pues a las jóvenes españolas todavía se las controlaba en exceso en las casas y en los centros educativos; los crucigramas; las revistas Hola e Interviú; los dibujos de Los Fruittis.

Y en ese período histórico, con qué brillantez plasma Palomero los primeros pasos de Celia y sus amigas en la adolescencia, sin abandonar la niñez. Los primeros cigarros, los primeros vasos de alcohol. La pintura de labios y el arreglo de las cejas, y aquella primera noche en una discoteca. Y Cris y Celia, sentadas al fondo de la pista de baile, sin beber nada, tímidas, sonrientes. Y un joven, tan tímido como ellas, que se acerca a ligar, torpemente.

La película de Palomero es de una belleza conmovedora, y la esencia de su hermosura pienso que radica en que a través de la historia de Celia se está contando la historia de la juventud española en esos primeros 90. Late vida en todo el filme, late la emoción de ese primer viaje en moto con la mano sujeta al hombro del conductor.

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Natalia de Molina ofrece una excelente interpretación como madre de Celia. Papel complejo, de un contenido dramatismo. Madre jovencísima, sola con su pequeña, trabajadora. Aislada dentro de su familia, que en su conservadurismo no la perdona que tuviera una hija fuera del matrimonio. Solo mantiene relación con su hermana, en esporádicas conversaciones telefónicas.  

Celia, en pleno crecimiento, le irá pidiendo información sobre su padre. ¿Murió? ¿Está vivo? ¿Quién es? Cuando la niña se atasca en la pizarra en una operación se refleja simbólicamente su angustia existencial. La madre regresará puntualmente al pueblo, cualquier pueblo de Castilla, cuando reciba la noticia de la muerte de su padre. Lo hará en compañía de Celia. Una madre digna, fuerte pese a todo, que lucha para que su hija tenga un porvenir de luz.

Las niñas, ópera prima de Pilar Palomero, premiada en el Festival de Málaga, es una nueva joya del cine español que, en su belleza audiovisual, en su temática, en su profundidad, recuerda a otra espléndida obra reciente, Verano 1993 (2017), de Carla Simón, y a una creación intemporal, eterno aliento artístico, El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice.

Una vez dijo el gran cineasta Ricardo Franco que todas las historias pueden contarse si se emplean las palabras adecuadas. Y que las palabras adecuadas estaban siempre junto al corazón. Y con el corazón ha viajado Palomero a su infancia en este largometraje. Un viaje auténtico para entregarnos una película sublime, fulgurosa, destinada a perdurar en el tiempo.

Escribe Javier Herreros Martínez

 

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