Ofrenda a la tormenta (2)

  11 Septiembre 2020

Sin identidad propia

ofrenda-a-la-tormenta-0Después del estreno de El guardián invisible (2017) y Legado en los huesos (2019), le llegaba el turno en 2020 a Ofrenda a la tormenta, última entrega de la famosa Trilogía del Baztán, dirigida por Fernando González Molina sobre la obra homónima de la escritora vasca Dolores Redondo.

La película, que tenía previsto su estreno en salas para finales de marzo ha terminado, dada la anómala situación actual, conformando la oferta cinematográfica de las plataformas digitales. Desde el pasado 24 de julio, Ofrenda a la tormenta puede verse en Netflix, y a tenor de las cifras de visionado de estas últimas semanas, parece que el estreno digital incluso le ha sentado bien.

González Molina es un gran creador de atmósferas, ya lo demostró en el potente arranque de la primera entrega de la serie, El guardián invisible, con una magnífica secuencia inicial muy espectral que introducía al espectador en un mundo mágico-mítico desconocido, casi onírico… (un bosque tenebroso envuelto en muerte y misterio) augurio de un intenso desarrollo dramático y narrativo que se disolvió, pasado ese primer impacto, en una efectiva puesta en escena, de pulcra factura técnica, pero poco creativa. No obstante, cautivó a más de 600.000 espectadores.

La segunda película de la saga, Legado en los huesos, sobrevoló sobre la obra literaria. Con tratamiento y ritmo de thriller, sin perder la naturaleza oscura de la historia, consiguió insuflar vida, con una eficaz realización, a un argumento literario lánguido y poco convincente, manteniendo la expectación sobre una trama bicéfala que confluía, de nuevo, en el pasado familiar de la protagonista. 200.000 personas la vieron entonces, aunque se merecía más.

Dudamos que Ofrenda a la tormenta hubiera cautivado a tanto público en las salas. Haber sido rodada a la vez que la segunda entrega, que mejoró en su conjunto a la primera, hacía suponer que ésta, pese a su endeblez argumental, fuera capaz de mantener el interés y la tensión dramática en el desenlace de la historia.

Sin embargo, no ha sido así. Aunque el caparazón formal se mantiene, Ofrenda a la tormenta se percibe como una prolongación de su antecesora y no consigue tener, en ningún momento, identidad propia.

El argumento de esta entrega comienza cinco meses después de que Amaia Salazar (Marta Etura), la inspectora de homicidios de la Policía Foral navarra diera a luz y nos dejara en suspenso sobre el futuro de su madre y la oscura red de sacrificios rituales en la que estaba involucrada. La Guardia Civil y el juez Markina (Leonardo Sbaraglia) dan el caso por cerrado, pero ella sigue alerta.

La muerte súbita de un bebé en Elizondo reabre la investigación de otras muertes de origen similar que conducirán a Amaia a la resolución final de los sucesos acontecidos en el valle del Baztán.

La vida personal y familiar de la inspectora es uno de los pilares de la historia. En las películas anteriores hemos conocido, a ráfagas, su pasado oscuro de niña maltratada, de mujer herida…, su presente de esposa fiel, de madre amantísima, de profesional competente… Toda una declaración de intenciones que empodera a Amaia en una comunidad con prejuicios de género a la que ella sabe imponerse.

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La investigación vuelve a mezclarse en Ofrenda a la tormenta con la vida personal de la protagonista que, en su viaje al interior de sí misma, más perdida que nunca, deriva, en esta ocasión, hacia la confusión sentimental y la tragedia más inesperada.

Con la saga del Baztán, Dolores Redondo creó un subgénero propio dentro del thriller de investigación criminal al que le han salido luego muchos imitadores. Involucrar en la trama creencias y tradiciones autóctonas del folclore y la mitología vasco-navarra, combinadas con elementos de la simbología popular, un lugar recóndito bello y misterioso y la implicación de la investigadora del caso y de su entorno familiar en los sucesos es una fórmula que se ha repetido luego en producciones posteriores a la publicación de sus libros, y a la que el cine no se ha podido resistir.

El éxito editorial de sus novelas en todo el mundo lo achaca la autora a que los mitos son universales, aunque adopten nombres distintos según las diferentes culturas y enclaves geográficos, por eso el público los identifica rápidamente en cualquier latitud. Algunos avispados productores lo saben, como Peter Nadermann (Millennium, Los casos del departamento Q,…) que rápidamente compró los derechos de toda la trilogía antes de publicarse. Razón que para algunos es la causa del estilo oscuro, frío y «nórdico» de la saga del Baztán en su versión cinematográfica.

Sin embargo, el soporte mitológico que imprimía originalidad, carácter y cierta aura fantástica a toda la historia se ha ido perdiendo de forma sucesiva en las distintas entregas. Sobre todo, en las adaptaciones al cine. No tanto como pretexto argumental y de guión, sino como recurso dramático.

En El guardián invisible, la figura de ese gigante protector de los bosques (Basajaun) era el alma de la historia. Se colaba en el título y en la imaginación/retina del lector/espectador, adquiría relevancia argumental y sobrevolaba sobre la realidad criminal de la investigación, como una posibilidad dramática más.

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En las dos películas siguientes, el director ha optado por diluir, de forma paulatina, el espíritu mágico de la historia en un enfoque más terrenal. De forma que si en Legado en los huesos, todavía el nombre del cíclope antropófago, Tárttalo, se utilizaba como excusa (una especie de Mcguffin) ineludible sobre el que hilvanar una trama muy realista con implicaciones religiosas, rituales y supersticiosas, en Ofrenda a la tormenta, el elemento fantástico es prácticamente una anécdota y la alusión a Inguma (el demonio que se bebía el aliento de los bebés) pasa casi desapercibida en los diálogos.

Ofrenda a la tormenta comparte con Legado en los huesos una unidad de estilo que se nota en el tono, la ambientación, la estética e incluso el enfoque…, lo cual es lógico por haberse rodado juntas, y eso la hace espectacularmente atractiva, pero pierde coherencia argumental, intensidad dramática, dinamismo, emoción e intriga.

Las buenas interpretaciones de los actores no son suficientes para imprimir vigor a unos personajes estereotipados que derrapan por un guión insulso, salvo alguna sorpresa, y un poco revuelto, en el que la vida sentimental de Amaia adquiere una presencia desmedida, con escenas innecesarias.

Además, la prisa por resolver las distintas tramas, por simplificar situaciones (tema de la madre), por cerrar enigmas, casi olvidados, de forma intempestiva (como la relación entre Flora y Anne), por dar explicaciones superfluas (simbología de las nueces)… la sumergen en un vaivén narrativo, que procura dejar algún interrogante (como la subtrama del mentor americano de Amaia), con vistas, sin duda, a la posible adaptación de la precuela (La cara norte del corazón) que ya está en las librerías.

Ofrenda a la tormenta es un colofón anodino para una trilogía desigual que, salvo en contadas ocasiones, sólo consigue entretener.

Escribe Leo Guzmán


Más información:

El guardián invisible  
Legado en los huesos   
Entrevista a Fernando González Molina

 

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