The way back (3)

  20 Agosto 2020

Deporte y adicciones con un Affleck implicado y brillante

the-way-back-0Jack Cunningham es una antigua estrella del baloncesto escolar y en la actualidad un obrero de la construcción en la ciudad de Los Angeles. A lo largo de su vida tuvo que padecer a un padre frío y egoísta, razón por la que acabó dejando el deporte; también pasó por la muerte de un hijo por una enfermedad fatal; excesos con la bebida y matrimonio destruido.

En un momento dado es reclamado por el director de su antiguo colegio católico, el Bishop Hayes High School, para que entrene el equipo del centro del que fue una estrella y que anda en horas bajas.

En un tiempo récord consigue remontar los resultados de la liguilla que hasta entonces eran adversos. Jack acierta a dirigir a un conjunto mediocre compuesto por un variopinto grupo de estudiantes indisciplinados, hasta llevarlos al éxito, inculcándoles un espíritu colectivo y de equipo.

Pero el alcohol acecha en cada vuelta del camino. Hay una profunda oscuridad subyacente en la adicción de Jack, impulsado por sus fracasos en la vida y por un dolor insondable que lo acompaña de forma permanente.

El irregular director estadounidense Gavin O’Connor (El milagro, 2004; El contable, 2016) construye un drama sólido e intenso, con el baloncesto como telón de fondo, abordando aspectos punzantes de un hombre al límite.

O’Connor ya nos ha ofrecido otras historias deportivas, en las cuales parece encontrarse bien. Obras como El milagro (2004), sobre el triunfo épico del equipo de hockey estadounidense en los Juegos Olímpicos de Moscú 1980; o Warrior (2011), una obra excelente sobre artes marciales y el sufrimiento expresado a través de contusiones y golpes en los riñones. Pues al igual que en aquella cinta, aquí se luce de nuevo con un brillante tratamiento de las miradas y la dirección coral de un amplio grupo de personajes, entre otros un entrenador y un equipo juvenil de baloncesto.

Es una obra cuyo guion ha sido escrito Brad Ingelsby junto al propio O’Connor, un libreto trabajado y coherente, en su forma y en su fondo. Y con sorpresas, pues no sigue venturosamente los tópicos de este tipo de historias.

Fotografía de Eduard Grau, tenue y de granulada textura, donde destaca el atormentado Jack junto a un panorama, apenas iluminado, de muchachos humildes en un contexto educativo y católico, que quisieran alcanzar los triunfos baloncestísticos de antaño. Interesante música de Rob Simonsen que tiene su punto de inquietud y zozobra, que acompaña el fondo desazonado de la historia. Buena puesta en escena.

El reparto es sobre todo y ante todo un Ben Affleck quien, con su convincente y medida interpretación, hace más que creíble la historia de un obrero alcohólico y azotado por los reveses de la vida. Podría incluso decirse que es un trabajo muy «personal», pues Affleck rodó esta película al poco de terminar un período en rehabilitación por su adicción a la bebida.

Gavin O'Connor pone frente al espectador a un Affleck hinchado, grasiento, mirada perdida, quitándole su carisma natural, e incluso la opción de colocarse tras una historia grande. En realidad, Jack, el personaje que encarna Affleck, es un hombre desgraciado en una pequeña y parca película de estudio en la cual Affleck da toda la impresión de estar íntimamente familiarizado con la angustia y el disgusto interior que dominan la vida de su personaje.

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Además, entiendo que el film tiene su interés en esa insistencia que no esconde, de que la vida no se puede vivir al revés, que no hay vuelta atrás, contrariamente a lo que podría sugerir su título. Este entrenador modesto y conmovedor llamado a redimirse como entrenador, no alcanza a recuperarse de su mal. Si acaso queda la memoria de lo que fue Jack en su época de deportista, amén de haber dejado en sus pupilos unas enseñanzas y un mensaje que luego perduran en el nutrido grupo que entrenó antes de ser cesado por bebedor.

La vivacidad del reparto secundario sirve como un contraste y es bienvenida, frente al trabajo pesado de Affleck y el realismo descarnado del entorno donde se desarrollan los acontecimientos, lo cual que proporciona un sentimiento de ambiente social vívido y creíble.

Nombres de reparto como Sal Velez Jr., Hayes MacArthur (como Eric), Janina Gavankar (la exesposa), Rachel Carpani, Jay Abdo, T. K. Carter, Lukas Gage, Al Madrigal (Dal, entrenador asistente y profesor de álgebra), Jack Aylward (el padre Devine, director del colegio), Michaela Watkins (estupenda en el rol de Beth, la hermana), Will Ropp (el engreído), Melvin Gregg (el fanfarrón del equipo), Marlene Forte, Yenniffer Behrens, Chris Bruno, Caleb Thomas, Abraham D. Juste, Edelyn Okano, Cynthia Rose Hall, Jeremy Radin, Chad Mountain, Nico David, Shay Roundtree o Dan Gruenberg.

Historia dura y redentora de un espíritu muy herido que inicia cierta remontada cuando lo contratan para entrenar a su antiguo equipo de baloncesto de la escuela secundaria. Pero O’Connor hace un virtuoso juego, junto con el guionista Brad Ingelsby, evitando los lugares comunes del género deportivo, en aras a contar una historia que encuentra el punto dramático en acontecimientos sencillos pero contundentes, más «en los ejercicios de carrera que en el juego grande» (Ehrlich).

Concluyendo, un drama en toda regla sobre la pérdida, la adicción y la autodestrucción, que solo incidentalmente se centra en dar lecciones de vida o en convertir a un equipo heterogéneo de inadaptados en un club ganador de baloncesto.

No obsta para que ofrezca una gran credibilidad en los partidos que se juegan, en cada jugada, en cada frase, en cada decisión. La luz, la recaída, la entereza, la liberación. Todo esto e incluso más, encierra este film de un inspirado Gavin O’Connor.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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