La caza (3)

  27 Agosto 2020

Caza humana políticamente incorrecta

la-caza-0Sorprendente nueva versión de un clásico de la literatura y el cine, donde el hombre caza a otros hombres por diversión. Bajo el manto de la productora Blumhouse, esta versión actualiza —a veces en exceso— el papel de la mujer y la doble lectura política, lo que la ha convertido en un plato indigesto, hasta el punto de retrasar su estreno y ser censurada en Estados Unidos —eso dice la leyenda—.

Afortunadamente, no se toma en serio a sí misma y eso convierte su mezcla de política, feminismo y gore en un festival poco apto para paladares exquisitos… pero muy entretenido.

Un grupo de ricachones quedan en La Mansión para jugar al juego más peligroso. Juntos en un avión, trasladan a doce presas para soltarlas en un lugar solitario y cazarlas una a una… por el simple placer de cazar.

¿Eso es todo, amigos?

Reducida a estas líneas, es un argumento muy trillado, que ya hemos visto en otras ocasiones.

Pero no se vayan todavía… que aún hay más.

El cambio de roles —con el protagonismo femenino tanto entre cazadores como presas— y su decidida vocación de fábula política —donde también invierte roles: los de izquierdas son los cazadores y los fachas son las víctimas—, demuestran la voluntad del astuto Jason Blum —una especie de Roger Corman del siglo XXI— por acercarse a públicos variados y estar al día.

Y lo consigue, pese a dos flashbacks antes de la traca final que estropean en parte la función, quizá por su afán innecesario por dejar claras sus intenciones políticas.

Y es que al final su mensaje es muy sencillo: todos somos iguales. Matamos y morimos de la misma forma. Si para sobrevivir tenemos que devorar a los demás, pues… buen provecho.

Definitivamente, el hombre es un lobo para el resto de hombres… y mujeres.

El malvado Zaroff (The most dangerous game)

En 1924, Richard Connell publicó su relato El juego más peligroso (The most dangerous game), en el que un famoso cazador naufraga junto a una isla donde vive otro cazador, Zaroff, un general retirado. Su relación se transforma en un desafío: cazar al otro será el mayor trofeo de sus vidas. El juego ha comenzado, aunque cazador y presa intercambiarán sus roles durante la partida.

Un éxito de crítica y público que pronto dio el salto al cine de la mano de RKO. En 1932 se rodó la primera adaptación, simultáneamente y con los mismos decorados de King Kong, con algunos de sus protagonistas (Fay Wray y Robert Armstrong) y con uno de sus directores (Robert B. Schoedack). Su título, El malvado Zaroff (The most dangerous game, 1932).

Aunque no alcanzó el éxito de King Kong, sí tuvo una notable repercusión en la crítica y hoy sigue siendo un ejemplo de adaptación fiel de una novela. La última versión literal de la novela, que este cronista recuerde, porque las siguientes añadieron muchas novedades.

Posteriormente, el relato ha sido adaptado —con menos fidelidad, recordemos— en numerosas ocasiones, entre ellas destacan: A game of death (1945), de Robert Wise; La presa desnuda (1966), de Cornel Wilde; y Blanco humano (1993), de John Woo, con Jean Claude Van Damme como presa.

Pero su premisa siempre es la misma: la caza como deporte, como diversión… excepto para la presa humana, se entiende.

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Mujeres y política

Como los nuevos tiempos exigen que los clásicos se reciclen para estar al día, esta nueva versión de El malvado Zaroff reformula fundamentalmente dos aspectos: el papel de la mujer y la lucha de clases o, para ser más precisos, la lectura política.

Un único plano-secuencia nos muestra en el prólogo una conversación de WhatsApp en un móvil —que maneja una mujer a la que no vemos el rostro—. Cuando se habla de quedar en La Mansión salta la alarma; ese tipo de comentarios no se puede dejar por escrito. Fin del prólogo.

Un avión privado. Viajeros de alto nivel adquisitivo disfrutan del viaje.

Pero se despierta un desgraciado y hay que acabar con él como sea: el uso de un bolígrafo como arma ya apunta maneras. Su traslado a una bodega donde hay otros «invitados» ya no ofrece dudas: las presas, aunque se salgan del guión y se despiertan antes de tiempo, son presas. Carne de cañón, vamos.

Un bosque. Los personajes van despertándose, amordazados con una herramienta que sólo se puede quitar con una llave que hay que encontrar.

Desorientados. Dudan. Pero se ayudan unos a otros.

Una caja de madera en mitad de un llano. Multitud de armas para elegir. Cada cual escoge las que prefiere. Disparos…

Comienza la caza… y también las sorpresas de La caza (The hunt, 2020), tercer largometraje de Craig Zobel, un director que ha desarrollado casi toda su carrera entre vídeos musicales y series de televisión.

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Os ofrecemos diez sorpresas —sin spoilers, por supuesto— que ofrece el film. Diez motivos para disfrutar de una propuesta políticamente incorrecta:

PRIMERA: cada personaje con el que se encariña la cámara, desaparece rápidamente. Una rubia es nuestra primera protagonista: un disparo le vuela la cabeza. Un joven simpático que… por los aires. Y así sucesivamente. Hay poco donde agarrarse durante la primera hora de metraje.

SEGUNDA: no se huye del gore, pero se suaviza con generosas dosis de humor. Uno no sabe si reír o asustarse en más de un momento. Un ejemplo: un personaje en vez de huir se lanza contra los agresores. Varias flechas clavadas en su cuerpo. Cae, pero sigue vivo. Suspira. En primer plano, vemos una granada que cae junto a él. Suspiro final. La granada no explota. Una leve sonrisa por haberse salvado. Cae otra granada… La explosión la oímos en off.

TERCERA: si esperas encontrar personajes positivos, prepárate. No te fíes de nadie. De nadie. Hasta el más tierno abuelito puede ser uno de los cazadores. No decimos más… pero recuerda: el hombre es un lobo para el hombre.

CUARTA: la música puntea las escenas más terroríficas con ironía. No subraya los momentos más crueles, sino que en ocasiones nos despega de ellos. Un vals y otras melodías alegres son el contrapunto para que no nos tomemos demasiado en serio lo que estamos viendo.

QUINTA: lo políticamente correcto es retorcido una y otra vez. Habla de nosotros y de nuestras obsesiones. Aunque estemos matando humanos, no hay que olvidar lo que es correcto. Un ejemplo: tras envenenar a una de las presas, una encantadora viejecita impide a su marido tomar un refresco porque… ¡eso es veneno, ya que lleva mucha azúcar!

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SEXTA: las mujeres matan y mueren como uno más… No. Mejor que los hombres. De hecho, el enfrentamiento original de la novela —un cazador frente a un general— se transforma aquí por el enfrentamiento entre dos mujeres… ¡y qué mujeres! La rubia maciza Betty Gilpin —dando un giro a la tradicional última chica que huye gritando de su verdugo, personaje habitual del cine de terror— y la no menos maciza Hilary Swank —ganadora del Oscar por Boys don’t cry y boxeadora en Million Dollar Baby—. Eso sí que es un combate nunca visto.

SÉPTIMA: la habitual presencia de los países del Este de Europa, donde los jóvenes turistas norteamericanos son torturados y aniquilados —véase la serie Hostel— aquí también tiene presencia, pero más irónica: ejército, inmigrantes ilegales y, por supuesto, malvados cazadores e indefensas víctimas. Pinceladas sobre la globalización, pero también giros de guión para que el espectador no esté seguro de qué le espera.

OCTAVA: en vez de largas peroratas de los protagonistas aclarando las cosas al espectador, aquí no hay explicaciones. De hecho, la maciza e irrompible Betty Gilpin (que se llama Crystal, otra ironía) no es nada simpática con el resto de personajes. Sobre todo, con los malos de la función. Su único momento discursivo es para narrar la fábula de la liebre y la tortuga. Y un mensaje: «no se rindan jamás, siempre adelante y podrán lograr cualquier cosa». Ella, claro, nunca se rinde… y no es precisamente una tortuga.

NOVENA: los cazadores son ricachones ociosos. Pero, ojo, son de izquierdas. Sí, han leído bien. Triunfadores progres que están hartos de aguantar a los cazurros de la América profunda o de leer en redes posturas racistas, sexistas y moralistas. Ellos son cultos y dueños del mundo. Hablan de la crisis y luego cazan a sus víctimas, que son aquellos americanitos que han votado a Trump. Así que los seleccionan, los llevan a La Mansión y los cazan. Sin conflictos morales. No es nada mamá, sólo un juego.

DÉCIMA: las citas y homenajes, tanto al cine como a la literatura, son irónicos y salvajes. Dos ejemplos: por un lado, el entrenador de los cazadores fue asesor de la película bélica Lágrimas al sol y por eso lo han elegido, porque tiene experiencia con protagonistas novatos. Aunque, naturalmente, los progres no han visto esa película fascistoide protagonizada por Bruce Willis. Por otro, se pasea por la isla un cerdito vestido con camiseta: se llama Orwell y es un homenaje a Rebelión en la granja. Incluso a la rubia maciza la llaman sus enemigos Snowball, el cerdo protagonista de la misma novela. Citas cultas que apuntan a… bueno, ya lo descubrís vosotros mismos.

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La prohibición en Estados Unidos

Hasta aquí lo mejor de la función. Que no es poco.

Pero no es una obra redonda, ni mucho menos.

Ese juego de la caza, combinado con el humor negro, recuerda a un título sorprendente del pasado año: Noche de bodas, de Matt Bettinelli-Odin y Tyler Gillet. ¿Os suena la historia de una joven pobre que la noche de su boda ha de pasar una prueba para ser aceptada en la familia rica de su marido? ¿Lucha de clases o simple broma?

Efectivamente, ese título se basa el mismo esquema: la caza de la víctima inocente, aunque finalmente es ésta la que se convierte en cazador y se ocupa de poner a la familia en su sitio. Por partes, naturalmente.

En Noche de bodas no había más explicaciones finales. Su fácil simbolismo de lucha de clases quedaba implícito en el propio argumento: los ricachones contra la pobretona, nada de permitir que «cualquiera» pueda acceder a su estatus.

Pero en La caza hay un afán de explicar y, ay, llegamos al peor tramo de la película.

Justo antes del enfrentamiento final, la película hace dos saltos atrás en el tiempo.

El primero, un año antes, para explicarnos cómo las redes sociales son un incordio porque cualquiera puede publicar cualquier cosa y eso puede acabar con las grandes ideas, como esa mansión que se ha montado nuestro grupo de progres… pero de la que no se puede hablar ni por WhatsApp, no sea que se enteren quienes no deben.

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El segundo, ocho meses antes, para explicarnos cómo se organiza la cacería humana. Por si quedan dudas a algún espectador de esos que necesitan que se lo expliquen todo con palabras porque eso de leer las imágenes no es lo suyo.

Dos escenas innecesarias, situadas antes del final seguramente para que el público se quede con lo mejor al salir del cine.

Probablemente ambas escenas podrían haber ido antes, incluso en orden cronológico… pero entonces «la caza» habría tardado mucho en arrancar y quizá algún impaciente hasta se habría salido del cine. O mejor aún, si se eliminan seguramente se gana en ritmo y se prescinde de datos poco necesarios.

En cualquier caso, finalizadas las explicaciones, vamos al clímax final. Si lo de la lectura política ha quedado claro en los flashbacks, la reivindicación del papel de la mujer queda aún más claro en la batalla final.

Y es que lo mejor es el duelo final. Lleno de mala uva. Brutal. Explosivo. Con diálogos brillantes. Y muy divertido.

Y hasta aquí podemos leer… las sorpresas, sorpresas son.

En cualquier caso, su planteamiento «político» no ha gustado a Donald Trump y sus seguidores. Los retrasos en el estreno y las presiones para prohibirla han sido aprovechadas por Blumhouse para diseñar su campaña promocional tras el Covid-19. Y su estreno está funcionando comercialmente.

No hay nada como que le censuren a uno para hacer caja.

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Blumhouse, el nuevo Roger Corman

Un último apunte sobre James Blum y su pequeña productora Blumhouse, creadora de multitud de series cinematográficas en el siglo XXI.

Lo suyo es un modelo de cine barato, con producción independiente, pero con una distribución amplia a través de multinacionales, sobre todo Universal Pictures, con la que tiene un contrato de distribución a largo plazo.

Aunque Blumhouse ha tocado distintos géneros y también produce series de televisión y videojuegos, su principal línea de trabajo se sitúa en el cine fantástico y de terror, en ocasiones con toques de humor, y si funciona el primer título, rápidamente salen secuelas al mercado.

Paranormal activity (2009) fue su primer gran éxito. Se realizó con 15.000 dólares y recaudo casi 200 millones. Fue la señal que marcaba el camino a seguir. Ha generado multitud de secuelas rápidas… y Paranormal activity 7 se anuncia para 2021.

En esa línea, también ha producido sagas cinematográficas a raíz del éxito de Insidious (2010), The Purgue/La noche de las bestias (2013), Sinister (2014), Ouija (2014), Creep (2015), Feliz día de tu muerte (2017) o el renacimiento de la mítica saga de Halloween (2018).

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Pero no hace ascos a cineastas de prestigio, como M. Night Shyamalan, a quien ha producido sus dos últimos —y exitosos— títulos: Múltiple (2017) y Glass (2019). Incluso en ocasiones obtiene tanto el éxito de público como de crítica, como la nominación al Oscar de Déjame salir (2017), de Jordan Peele.

Además, ha producido o tiene en cartera los nuevos títulos de Richard Linklater, David Koepp, Damien Chazelle (cuyo primer título, Whiplash, fue nominado al Oscar 2014) o Spike Lee (Infiltrado en el KKKlan ganó el Oscar 2019 al mejor guión).

En definitiva, Jason Blum se ha convertido en una máquina de hacer películas rentables, producidas con poco presupuesto. Con especial atención a los géneros baratos, como el terror y el suspense. La misma fórmula que hace medio siglo utilizaba Roger Corman y que le permitió «hacer cien películas sin perder nunca un dólar» y dar la alternativa a algunos cineastas hoy clásicos, como Martin Scorsese o Francis Coppola.

Con su rapidez de producción y su capacidad para vender, Blum aplica sobre todo una gran lección que dejó Corman para el futuro: hay que estar al día, pero nunca hay que tomarse demasiado en serio una película… se trata sólo de un negocio.

Escribe Mr. Kaplan

 

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