La vida invisible de Eurídice Gusmao (3)

  22 Julio 2020

Vidas interrumpidas

la-vida-invisible-de-euridice-0Pasó completamente desapercibida en su estreno en las pantallas. Relegada a horarios fugaces además de imposibles, ni el premio conseguido en Cannes (Mejor película en la sección Un certain regard) la hizo acreedora a una mejor difusión. Su presencia parecía obedecer más bien a obligaciones contractuales que a una mínima confianza en sus posibilidades. Y eso ocurría cuando aún existían salas dedicadas a esos espectadores menos pendientes de la publicidad que todo lo absorbe y más de la calidad cinematográfica.

Y, sin embargo, se trata de una película excelente. Han tenido que ser las plataformas televisivas que se van adueñando del mercado (en este caso Amazon) las que han permitido tener acceso a ella, en un adelanto de lo que se avecina, al menos mientras este tipo de cine aún encuentre razones para ser producido.

Un melodrama que no esconde sus cartas, casi un folletín regodeándose en sí mismo; ese es el planteamiento asumido, a partir de la novela homónima de Martha Batalha, por el brasileño Karim Aïnouz, director con una carrera ya considerable a sus espaldas, y que antes de dedicarse al cine estudió arquitectura, profesión que, aunque no llegó a ejercer, apunta su influencia en el extraordinario tratamiento del espacio que se observa en esta obra. Afrontar semejante planteamiento con el rigor y la seriedad con que lo hace, moverse en el filo que tal género siempre exige, y salir airoso, es por sí mismo un mérito de obligado reconocimiento.

La vida invisible de Eurídice Gusmao narra en realidad dos vidas que son una a pesar de la distancia que se ha interpuesto entre ellas y los baldíos esfuerzos que las protagonistas realizan para reducirla. Las hermanas Eurídice y Guida, entrañables aunque muy distintas la una de la otra, pertenecen a la clase media brasileña de los años 50, momento en el que comienza el relato y en el que Eurídice cuenta 18 años por dos más su hermana, y que se extenderá hasta la vejez, en un epílogo que, aunque ha sido criticado por algunos, ofrece un digno colofón a esta intensa y a la vez melancólica obra.

El detonante es la separación de las hermanas y los intentos infructuosos, en parte por el mero azar, en parte por los condicionantes sociales, por reencontrarse. Sobre esa base el director construye una película río cuyo valor no descansa en lo narrado sino en la elegancia para moverse entre los avatares que van sucediendo y en el tono justo para no abandonarse nunca a los excesos o dramas desaforados.

La piedra angular sobre la que descansa la película es la precisa descripción de los personajes. Ya desde la primera secuencia, plasmación metafórica de lo que vendrá, queda de manifiesto el modo de ser divergente de las hermanas. Mientras Guida es resuelta y atrevida, Eurídice es temerosa e insegura, y ve en su hermana la protección que necesita. Cuando se pierde en el bosque y llama asustada a Guida se está trazando el modelo que ambas desarrollarán a lo largo de la película.

Más tarde, en la habitación, cuando Guida le pide a su hermana que la ayude en su escapada nocturna, ante las reticencias que le muestra, se confirma lo ya señalado en la escena anterior. Sin embargo la distancia no es indiferencia, y así se pone de manifiesto en el interés que muestran una por la otra, bien por las aventuras amorosas de Guida, bien por la excelencia pianística de Eurídice.

A lo largo del filme este carácter va modelando sus vidas. Guida, sometida a condiciones adversas, pelea y sale adelante, incluso en el mundo de hombres de la fábrica en la que trabaja. La renuncia inicial a su hijo se resuelve en un acto de orgullo y fortaleza, como no podía ser de otra manera.

la-vida-invisible-de-euridice4

Por su parte, Eurídice se mantiene en la sombra. Ignorante de lo más elemental se casa sin saber muy bien por qué, y a partir de ese momento pasa a estar sometida a su marido, encontrando en su música el único refugio que la mantiene viva, y en su voluntad de estudiar en Viena, o más tarde en Brasil, el impulso que la guía a falta de su hermana.

Una escena pone de manifiesto esa realidad: Al poco de casarse Eurídice está frente al piano como agarrándose a una protección desesperada mientras su reciente marido, un patán si alardes, la requiere para que satisfaga sus apetitos sexuales. La nobleza de una vida frente a la vulgaridad de la otra. En su actitud percibimos la sumisión y el desinterés que él provoca, y el tedio que acompaña a la aquiescencia ante sus requerimientos. Su única defensa, el escudo con el que trata de salvarse de esa vida decrépita en la que está inmersa, es la renuncia a quedarse embarazada, que, en un elegante encadenado, el director enlaza con el parto de su hermana.

El resto de personajes, en su carácter marginal, también está muy bien caracterizado, sobre todo la estupidez masculina que corre paralela a su papel opresor, sea el marido de Eurídice o su padre, ambos repelentes, pero al mismo tiempo dotados de cierta ternura por su incapacidad para escapar a ese rol que también los encadena, y sirve como ejemplo el reencuentro del padre con Guida, en el que cuesta distinguir quien va a ser la verdadera víctima, o el momento en que Eurídice comunica a su familia el éxito obtenido en el conservatorio, única ocasión en la que le vemos un gesto de cariño hacia su marido, ante el cual éste no sabe cómo responder, más allá de ver amenazado su trono, tal vez porque comprende, como lo hacemos los espectadores, que no es él el verdadero destinatario de ese cariño. La frase que Eurídice pronuncia en ese momento, «cuando toco desaparezco», mientras de fondo se oye en la radio un partido de fútbol, es un perfecto resumen de la vida que está viviendo.

Y por supuesto Filo, la gran amiga de Guida quien, paradójicamente, al cederle su personalidad, será el impedimento final para el reencuentro entre las hermanas, y a quien el director muestra riendo en la última imagen antes de su muerte, perfecta síntesis de su existencia.

Toda obra que se precie presume de sus referentes, y ésta lo hace sin ningún complejo. Entre ellos el gran padre del melodrama, si no cronológicamente sí en cuanto al magisterio impartido, Douglas Sirk. Si bien los ambientes descritos no coinciden, sí que pueden rastrearse elementos fundamentales del maestro alemán, como el abundante uso de los espejos, que por una parte sirven para acentuar la soledad de Eurídice, y al mismo tiempo representan una búsqueda, una indagación en la personalidad retraída de la pianista, incluso un distanciamiento de la ingrata realidad que habita.

la-vida-invisible-de-euridice-2

Ese papel medio ausente de Eurídice, al que hace referencia el título, está trabajado desde la puesta en escena, la cual muchas veces abandona a la protagonista en la distancia, incluso la oculta tras marcos y puertas, anulando lo que otros ya están intentando anular.

Y así hasta llegar a la escena del restaurante, sin duda la mejor del filme, donde entre puertas, paredes, espejos, cristales y reflejos, sin apenas pronunciar una palabra, con elegantes movimientos de cámara, se alcanza un grado de emoción que obtiene su valor justamente de la sobriedad con la que se aborda, y que vale por sí misma por todo lo contado y por contar.

Sirk, pero también Fassbinder, aunque mucho menos sórdido, sobre todo en esos ambientes portuarios que Guida frecuenta en su regreso, y Wong Kar-wai, con quien enlaza la fotografía un tanto agresiva de la película y la lenta cadencia que introduce la música, amén de los ambientes cerrados y nocturnos.

Finalmente, es obligado señalar el magnífico dominio de la elipsis del que hace gala el director. Nunca hay un plano de más, una explicación innecesaria, una reiteración superflua. Y tras el salto temporal un breve rasgo o una imagen fugaz (el embarazo, la niña crecida, un cambio de vestimenta…) nos vuelve a situar en el decurso temporal.

La vida invisible de Eurídice Gusmao es una película para aquellos que gustan del melodrama y para los que no lo hacen.

Escribe Marcial Moreno   

 

la-vida-invisible-de-euridice-1