Habitación 212 (3)

  29 Julio 2020

Honoré y el realismo mágico

habitacion-212-0Érase una vez… el cine de Christophe Honoré, que parece —ahora que ya lo podemos analizar desde sus primeras incursiones hace casi veinte años— un compendio de discursos morales basados en el lado de la realidad más provocadora. Se trata de un cineasta todoterreno, experto en las adaptaciones más difíciles, más arriesgadas, aunque con el denominador común del deseo, el enamoramiento y las amistades peligrosas.

Recordemos Ma mère (2004), áspero retrato de una relación profundamente edípica con la siempre magnética Isabelle Huppert. Recordemos también La belle personne (2008), fotografía literaria basada en un texto de Madame de La Fayette de un imposible vínculo entre profesor y alumna. Tengamos en mente además su versión de las Metamorfosis (2014), de Ovidio, una actualización bizarra del texto original con una narrativa gélida.

Tampoco podemos dejar de lado su lado más queer. Varios filmes de su filmografía han sido dedicados al cine de temática homosexual. Ahí están Todos contra Leo (2002), Las canciones de amor (2007), Homme au bain (2010) o Vivir deprisa, amar despacio (2018).

Y, por último, sus escapadas al musical festivo, que también se han repetido en su filmografía: la ya citada Las canciones de amor y Les bien-aimés (2011), y nos estamos dejando algún que otro cuento adaptado más por el camino.

Pues bien, todo parece confluir en su última propuesta, Habitación 212, en la que parece destilar la mayoría de sus obsesiones y estilos cinematográficos para ofrecernos una obra que parece jugar en el terreno de lo híbrido. Se trata de un filme que parece haber nacido de una discusión acalorada entre Ingmar Bergman, Woody Allen y Jacques Demy, naciendo con ello algo completamente nuevo.

En la habitación

El entuerto arranca cuando, una noche cualquiera, Richard descubre que su mujer Maria, con la que lleva 20 años casado, tiene un amante. Siempre le ha sido regularmente infiel, aunque él nunca antes se había percatado. Maria, quien sopesa el fin de su matrimonio, decide hacer la maleta e irse del apartamento conyugal para tener tiempo para la reflexión. Aunque finalmente, decidirá cruzar la calle e instalarse en un hotel delante de su propio piso para coger la habitación del título y poder así observar la reacción de su marido.

Es el principio de una noche alucinógena en la que Maria se encontrará con la presencia de un Richard joven, el de hace 20 años, con el que casó. A la vez, Richard, el actual, se encontrará con el amor que dejó escapar para finalmente casarse con Maria. ¿Tomaron la decisión correcta o hubieran podido ser más felices con una vida alternativa que va a poder dilucidar durante esta noche?

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Honoré juega a lo que mejor sabe: la mezcla entre lo grotesco y lo elegante. Propone un inteligentísimo juego de espejos entre los personajes dentro de una especie de vodevil teatralizado. Su forma es la de una comedia ligera de amoríos y matrimonios, aunque su lectura más profunda se revele mucho más densa.

En efecto, Honoré incorpora un discurso que puede ser leído en varios niveles, aunque intencionadamente busque ese toque pizpireto que hace que todo fluya fácilmente. El paso del tiempo, el desgaste de las relaciones, el recuerdo de la energía juvenil y la responsabilidad del matrimonio son sólo algunos de los muchos temas que la cinta espolvorea, aunque lo haga a golpe de híbrido edulcorante.

También juega a moverse en el terreno de lo mágico, de lo fantástico, aunque esté contando un relato absolutamente verosímil. Su música, sus recursos visuales, su ingenio narrativo y sus cambios de escenario hacen que estemos delante de un experimento estético de alto nivel. Siempre grácil, siempre divertido. Honoré no quiere hacer una película seria, sino que nos quiere ofrecer un plato festivo y, sobre todo, muy cinematográfico. Y es que Habitación 212 también es un homenaje a un cine que forma parte del pasado.

En efecto, si su hilo argumental enfrenta constantemente las decisiones del pasado de estos personajes y las interroga en el presente, también Honoré introduce la reverberación del romanticismo desaforado, de una cinefilia nostálgica y emotiva que no encontramos en el presente.

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Como admirable lección de estilo que es, sus características físicas no podían ser de otra manera. La banda sonora es irresistible, las interpretaciones de Chiara Mastroianni —musa del director y quien ha copado casi todas sus cintas—, Benjamin Biolay, Vincent Lacoste y Camille Cottin son sencillamente soberbias, su aspecto visual enardece los sentidos, y su penetración en el mundo de lo fantástico envuelve a quien decide dejarse llevar por la propuesta.

Es cierto que Honoré también recurre a una verborrea un tanto farragosa en algún pasaje, y también es cierto que, aún siendo una película de corto metraje, aún le sobrarían algunos minutos para que fuera más redonda. Aunque estamos convencidos de que al realizador poco le importa alargar su discurso y sus capacidades conceptuales.

Cuando la cinta termina, uno está convencido de haberse dejado llevar a otro mundo. De haber contemplado algo extraño pero refrescante y de haber sido partícipe del debate, sus elucubraciones y de las posibles resoluciones que de éste se pueden sacar.

Al fin y al cabo, ¿no trata de esto el cine?

Escribe Ferran Ramírez

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Más información sobre Christophe Honoré:
Vivir deprisa, amar despacio  
La belle personne  

 

 

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