Festival de la canción de Eurovisión: la historia de Fire Saga (1)

  10 Julio 2020

Europe’s living a descerebration

eurovision-fire-saga-0Desde un principio podemos afirmar que este homenaje ficcionado al Festival de la canción por excelencia no hay que tomárselo en ningún momento en serio, porque a la mínima que rasquemos nos encontraremos con el vacío más absoluto.

Si te lo tomas en plan cachondeo y no le echas cuentas hasta puedes llegar a pasar un rato divertido. Y no es que los gags sean precisamente de antología, más bien todo lo contrario, pero sí que existen un par de secuencias desencajamandíbulas que, con la que está cayendo, se agradecen muy mucho.

La mayor virtud de la propuesta es lo poco que se toma en serio a sí misma. Todo está exagerado y la parodia campa a sus anchas sin importar el ridículo mostrado. La pena es que dos horas de metraje resultan excesivas y muchas escenas se repiten hasta la extenuación.

Lo mejor es la puesta en escena de las distintas piezas musicales que se van mostrando a cuentagotas, e incluso la mayoría de ellas podrían ser utilizadas como canciones oficiales que participaran en el evento oficial, que, por cierto, este año se ha tenido que anular por el trágico motivo que todos sabemos.

La copla rusa es la monda: Lions of life nos regala un baile selvático salvaje donde brilla con luz propia la interpretación de Dan Stevens, sin duda un auténtico robaescenas que gana por la mano a un algo ajado Will Ferrell, alma mater en calidad de protagonista, guionista y productor.

Él ejerce como maestro de ceremonias en la secuencia más redonda exhibida, aquélla en la que se nos regala un medley (a nosotros nos gusta mucho más definirla como popurrí) con la presencia inestimable de algunos de los rostros más conocidos que se alzaron con el triunfo en las últimas ediciones de Eurovisión.

Por allí asoman Loreen, Jamala, Netta, Conchita Wurst, John Lundvick... toda una pléyade del artisterio más iconoclasta, que aportan una marcha más al mortecino ritmo hasta el momento de la trama, con videoclip amodorrante incluido del meloso Salvador Sobral.

Los más puristas de los fans eurovisivos tienen todos los motivos del mundo para quejarse por la falta de realismo y las licencias permitidas a la hora de plasmar los entresijos del concurso. Y es que los norteamericanos no son precisamente los más entendidos en la materia, y han entrado en el universo de las lentejuelas como un elefante en una cacharrería.

Sí que se han empapado de los tiros de cámara tan característicos de las actuaciones musicales y del ensamblaje escénico salvaje que hace de éste un acontecimiento musical único, pero las reglas del certamen se las han pasado por el forro de sus caprichos, con unas semifinales en las que, por ejemplo, participa España, algo imposible en cuanto se trata de uno de los países fundacionales y siempre pasa directamente a la final.

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El encargado de manejar la cámara es David Dobkin, un especialista en el género de la comedia que, paradójicamente, consiguió su mayor logro con un drama judicial, titulado precisamente El juez. En su vasta filmografía recordamos títulos, la mayoría olvidables, como De boda en boda (de la que está cerca de estrenarse la segunda parte); Fred Claus: el hermano gamberro de Santa Claus; Los rebeldes de Shanghái; Demasiado profundo (uno de los films más desconocidos de Joaquin Phoenix) o El cambiazo. Productos de consumo rápido con algún chiste salvable que solo pasarán a su historia por los actores que las protagonizaron.

Esta que nos ocupa tampoco lo hará. El libreto es flojo y falto de chispa. El desarrollo del argumento es plano e invita al bostezo hasta que se nos despierta con algún arrebato en forma de intervención musicada. Algunos personajes hacen gala del desdibujo, como ocurre con la participación anecdótica de Pierce Brosnan, cincelada en un muestrario de muecas y un par de frases sueltas que pasan del todo desapercibidas.

Pese a ello, hay cosas que funcionan, sobre todo aquéllas que se alejan de la compostura y abrazan el surrealismo más absoluto: todo lo autorreferencial; esas acciones terroristas de los invocados elfos o los desastrosos y accidentados números gracias a los que la pareja protagonista va superando fases hasta alcanzar el objetivo deseado.

Si Rodolfo Chikilicuatre levanta la cabeza...

Escribe Francisco Nieto | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

 

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