The vast of night (2)

  23 Junio 2020

¡Vigilad los cielos!

the-vast-of-night-0Cuando era un adolescente y veraneaba todos los años en unas colonias en la montaña en un pueblo perdido de los Pirineos, una de mis formas favoritas de pasar el tiempo nocturno era permanecer despierto hasta muy tarde, ponerme un transistor con par de auriculares grandes, y girar lentamente el dial en busca de las mayores rarezas que uno pudiera imaginar.

Nunca encontré nada inusual (salvo algún locutor aficionado que emulaba a Iker Jiménez con historias fantasmagóricas), y mirándolo con nostalgia retrospectiva, tampoco estoy muy seguro de lo que estaba buscando (¿otra radio pirenaica?). Pero hay algo innegablemente extraño e inefablemente extraño a la hora de buscar emisoras en tierras inhóspitas, especialmente cuando estás en el bosque y rodeado de oscuridad; navegando a la deriva a través de la estática moduladora entre fragmentos de Los 40 Principales y ruidos extraños preñados de misterio. Es probable que no se llegue a capturar una transmisión de otro mundo, pero cuanto más se busca, menos se puede descartar...

Este misterio de las ondas radiales sirve como base en The vast of night (en castellano, La vasta noche), un ingenioso thriller de ciencia ficción de bajo presupuesto que se puede ver desde mediados de junio en Amazon Prime Video.

Enmarcado como una entrega libre de una serie de antología ficticia de televisión titulada Paradox Theatre (un guiño obvio a la mítica The Twilight Zone, de Rod Serling), The vast of night tiene lugar en el transcurso de una sola noche en una pequeña ciudad desierta situada en el Nuevo México de los años cincuenta del siglo pasado.

En un extremo de la ciudad está el lacónico, aunque lenguaraz, locutor D. J. Everett Sloan (Jake Horowitz), pinchando discos de 45 rpm y recibiendo llamadas en el turno de los trasnochadores. Unos kilómetros más allá, la operadora de centralita adolescente Fay Crocker (Sierra McCormick), una gran aficionada a la alta fidelidad en ciernes que persigue a Everett con suma curiosidad, se dedica a conectar a los pocos habitantes que no asisten a un jaleado partido de baloncesto en la escuela secundaria.

En medio de una de esas conexiones lugareñas, se encuentra con una señal misteriosa, indescifrable y de origen desconocido, pero extrañamente convincente. Intrigada, le pasa la señal a Everett, quien lo transmite en vivo en un acto de proto crowdsourcing. Efectivamente, las llamadas comienzan a llegar, al igual que los informes de extrañas luces y objetos en el cielo nocturno. A medida que la trama se complica, Fay y Everett salen a la calle para llegar al fondo del misterio, pero, como suele suceder, un misterio irá conduciendo a otro...

Con su peculiar contextualización cronológica y espacial y un gran sentido de juego escénico, la película recuerda las epopeyas suburbanas de fantasía producidas por Steven Spielberg en la década de 1980 (Poltergeist, En los límites de la realidad...) o a producciones más recientes de regusto ochentero como Stranger Things o Súper 8.

Pero el director Andrew Patterson ha elaborado un trabajo mucho más resbaladizo, con mucho más detrás de sus gafas de pasta con montura acentuada que la nostalgia vacía. En lugar de deslumbrarnos con un espectáculo brillante, la cámara a menudo parece estar al acecho en la oscuridad (en algunos momentos hasta la llega a abrazar literalmente), siguiendo a los personajes mientras deambulan por callejuelas desiertas (gran parte del trabajo de la cámara parece ser ayudado por un dron que vuela raso, una técnica que da buenos resultados en pantalla).

Del mismo modo, los personajes, mientras caen más o menos en los arquetipos familiares de los soñadores de pueblos pequeños, hablan con un ritmo acelerado más acorde con una comedia de Preston Sturges que con el citado Spielberg, a través de secuencias largas e intencionadamente interminables. El resultado de su visionado es tan cómodo como desorientador, y todo esto antes de un rush final que no desmerece por su contundencia, algo muy buscado a lo largo de todo su metraje.

the-vast-of-night-1

Si bien el atractivo en la elaboración casera de un éxito de taquilla en el patio trasero es evidente, a menos que su nombre sea Robert Rodríguez, es probable que no se vaya a crear algo que pueda llegar a enfrentarse cara a cara con Michael Bay. Las películas que triunfan son las que juegan según sus propias reglas, que doblan sus limitaciones en una gramática cinematográfica única. Es en esta área donde sobresale The vast of night.

La pieza central es una llamada telefónica de un hombre que se identifica como Billy (Bruce Davis) y afirma tener experiencia de primera mano con el inusual ruido. Donde la mayoría de las películas se reducen a un flashback (completo con trajes de época y efectos de bajo presupuesto), Billy sigue siendo una voz incorpórea en el éter; la cámara, por su parte, corta de un lado a otro entre una radio inalámbrica, la cara de asombro de Everett y, durante varios minutos audaces, una pantalla en negro total. El efecto es emocionante en su incongruencia, al mismo tiempo que recuerda a un thriller sci-fi clásico y presenta algo completamente nuevo.

Si hay que buscarle un pero estaría en su ligereza. Más de una vez escuchamos la frase «¡Hay algo en el cielo!» mucho más de lo que lo vemos, y el final, aunque se trata claramente de un homenaje nada encubierto a la serie seminal, tal vez podría haber sido un poco menos opaco.

De todas formas, no hay que hacer de la frustración ocasional y resaltar sus hallazgos inventivos, energía y ambiente espeluznante. El pueblo de Cayuga, Nuevo México, puede así incluirse en la misma hoja de ruta de pueblos ficticios tan desasosegantes como en su día lo fue Twin Peaks.

Escribe Francisco Nieto | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

the-vast-of-night-3