The Invincible Dragon (1)

  13 Junio 2020

¿A lo loco se vive mejor?

the-invincible-dragon-0Se abre el telón y lo que vemos apunta maneras. Una escena de acción bastante aseada, diálogos que desprenden ironía, un ramalazo fantástico que descoloca, violencia a tutiplén, con cercenamientos de miembros incluidos, y la presencia estelar del mítico Suet Lam, que nos retrotrae a los grandes clásicos de la Milkiway dirigidos por Johnnie To.

Títulos de crédito iniciales y nos topamos con la cruda realidad. Se nos plantea un caso de investigación sobre una serie de asesinatos en serie que tienen como víctimas a las féminas del cuerpo de policía.

Los encargados de resolverlo devienen chapuceros y el número de desdichadas no hace más que crecer. La novia del protagonista se verá involucrada, y como la cosa no acaba bien, éste cae en una profunda depresión, hasta que años después el rebrote de ajusticiamientos vuelve a cobrar vida en Macao.

En todo este proceso asistimos a un chute lisérgico con amenaza de daño cerebral del que tardaremos varios días en recuperarnos. Vaya por delante que uno ya está curado de espantos y las ha visto de todos los colores en cuanto a cine de acción hongkonesa se refiere, pero lo de esta película es para echarle de comer aparte.

La trama está tan mal explicada que al final han tenido que echar mano de una voz en off para que nos vaya guiando entre la espesura argumental, y con tan poco tino que parece que lo que estamos viendo va por un lado y lo que nos está explicando esa vocecilla melosa va por otro bien distinto.

La narración adquiere una tonalidad de cuento explicado a un niño antes de ir a dormir mientras que la puesta en escena no cesa en regalar violencia explícita. Una investigación más pormenorizada de lo que sucediera durante el rodaje seguro que nos daría un poco de luz sobre el desaguisado, pero queda claro que aquí a más de uno se le han fundido los plomos, porque no es de recibo el homenaje a la confusión y el libertinaje artístico en un producto que debería haber alcanzado algún grado más de rigurosidad.

Vamos a enumerar incongruencias: el raccord entre secuencias directamente se lo han fumado; la cámara lenta y la rápida se van alternando sin conocimiento de causa;  algunos personajes lucen unas vestimentas de chiste; el villano de la función no sabe actuar (ojo a su rutilante aparición mojada, con repetición de la jugada incorporada por si te habías perdido algún detalle); los efectos especiales son más defectos especiales que otra cosa; el montaje es de juzgado de guardia... y así podríamos seguir y no acabaríamos.

Sólo se salva la fotografía, porque viene avalada por uno de los veteranos más venerados de la industria del país: Cheng Siu-Keung, operador principal de un montón de clásicos de la Milkiway, como PTU, Election o Drug War. No seremos nosotros quienes pongamos un pero a su labor, aunque aquí cumple con su cometido sin mayores pretensiones.

Y aun así, soportando el atropello visual al que somos sometidos, si uno aguanta sin indignarse y no le tira la zapatilla al televisor, el film nos ofrece un par de momentos bastante aceptables, coincidiendo con sendas escenas de acción muy bien coreografiadas.

Una tiene lugar entre balcones y tejados, en un alarde de piruetas que rezuma fuerza expresiva, y la otra se trata de la lucha final, vibrante hasta que se le quiere poner colofón con una de las situaciones más hilarantes vista en una pantalla, sin exagerar, de los últimos años: un pinball draconiano con efecto boomerang que nos va a dejar sin palabras y que los surrealistas más extremos hubieran abrazado sin pensárselo como enseña colectiva.

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¿Y quién está detrás de este desaguisado? Pues ni más ni menos que Fruit Chan, otrora radiografiador perfecto de la sociedad hongkonesa que ahora, cuando su pueblo lo necesita más que nunca para que se convierta en voz autorizada de todo lo que está ocurriendo en la guerra a tumba abierta que mantiene la colonia con su opresor principal, se dedica a emular a Benny Chan y compañía para tratar de ganar adeptos y conquistar la taquilla, tanto en el cine autóctono (no lo consiguió, con unos exiguos 264.000 dólares de recaudación entre sus paisanos) como al público chino (ahí la cosa fue un poco mejor, y además se la ha comprado Netflix, así que el negocio le ha salido redondo).

El elenco actoral está encabezado por el emergente (aunque tiene cuarenta y cinco años) ex-atleta de wushu Zhang Jin, considerado como la gran esperanza oriental en cuanto a proyectos de artes marciales se refiere, y que ya demostró sus dotes combativas en títulos como Master Z: The Ip Man Legacy o The Grandmaster, acompañado del ya citado con anterioridad y no para bien actor hierático y luchador resultón de la UFC Anderson Silva, y de las féminas Annie Liu y Stephy Tang, quienes con una presencia menor le dan vuelta y media en dotes interpretativas a todos los partenaires masculinos que pululan por la pantalla.

En definitiva, que hay que verla para creerla. El tráiler prometía una cosa y la película es el reverso de la moneda. Cuando asoma un poco la cabeza y parece que se quiere enmendar el estropicio, el efecto resultante es el de que es peor el remedio que la enfermedad.

Y es que, viendo el resultado final, se supone que avalado por todos los que han participado en el film (no se ha utilizado pseudónimo alguno para desmarcarse de la tropelía) deberían considerar seriamente llevar a cabo controles de alcoholemia a la salida de los rodajes en Hong Kong.

Escribe Francisco Nieto | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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