Clemency (3)

  11 Junio 2020

Penas de muerte

clemency-0Bernadine es una mujer negra que trabaja como alcaide en una prisión de los Estados Unidos, en la que hay un poblado corredor de la muerte. Entre sus funciones está asegurarse del correcto funcionamiento de los protocolos que rigen las ejecuciones.

Baste esto para adivinar que estamos ante una película que gira alrededor de la pena de muerte, y que toma a esta mujer como hilo conductor. Pero no se trata de una proclama exaltada que se deje guiar por estereotipos. Cierto es que muchos de ellos están presentes, pero su protagonismo es secundario, algo que se adivina ya por el modelo elegido para representar a la protagonista.

El camino emprendido consiste, de entrada, en hacer una descripción minuciosa de los detalles que acompañan a las ejecuciones. Más aún, de la forma en que la protagonista se ocupa de que todo transcurra a la perfección, en un tono que comienza siendo aséptico y que poco a poco va dejando paso a las dudas, a la implicación de la mujer más allá de su trabajo, mostrando de manera magnífica cómo el contenido acaba apoderándose de los procedimientos.

Bernadine es una excelente profesional. Realiza su trabajo con una pulcritud y una precisión inobjetables. Toda la primera parte, hasta bien avanzado el metraje, es una recreación de sus funciones al tiempo que una descripción del carácter de esta mujer. Ella no entra a cuestionar aquello que hace; se limita a hacerlo todo lo bien que sabe. Dentro de la cárcel, en su mundo laboral, no deja traslucir ninguna emoción. Es poco menos que un autómata con una fiabilidad absoluta. Y cuando surgen los problemas sabe afrontarlos y resolverlos.

La puesta en escena acompaña a su actitud. La cárcel es un lugar frío, aséptico, que parece contaminar todo aquello que contiene. Sus líneas geométricas, incluidas las rejas, acentúan su carácter agobiante, y la rutina de los procedimientos (la colocación de las esposas, la apertura y cierre de las puertas…) refuerza la inhumanidad que la caracteriza. Incluso la vestimenta de los protagonistas, blanco impoluto en el caso de los presos, y traje de corte clásico para Bernadine, van en esa línea.

El ambiente carcelario contrasta con los otros dos lugares en los que se desarrolla la vida de la protagonista: el bar de la misma prisión y su casa. Comenzando por los colores y la luz. El blanco y la luz metálica se convierten en un entorno mucho más acogedor, con tonos más cálidos y una semioscuridad que parece arropar a los protagonistas. También el sonido es diferente: el ruido de las rejas y el silencio gélido es sustituido por la música que suena envolvente en el bar o en la fiesta que su marido le prepara. También por el del televisor, siempre funcionando en su hogar a modo de recordatorio.

Es en estos lugares donde la alcaide se permite tener fisuras, o las tiene a su pesar. Se pasa de la descripción meticulosa de cómo será el proceso de ejecución a Woods, sin dejar traslucir ninguna implicación con el condenado, a la reafirmación no solicitada de la calidad de su trabajo cuando bebe de más; de la implacable retirada de los dibujos de pájaros que cubren las paredes de la celda del reo (los mismos pájaros que vuelan en el exterior cuando se nos ofrecen planos generales del edificio carcelario), aplicando el reglamento que no los permite, a las dudas que la asaltan frente al televisor que da cuenta de las presiones de los activistas contrarios a la aplicación de la pena de muerte; y, en fin, de los ensayos de la ejecución con sus compañeros y el rechazo a cualquier tipo de flaqueza, a los arrebatos amorosos, casi arrancados contra su voluntad, o al reconocimiento ante el abogado de que ella es uno de los tipos malos, aunque esa lucha interna en la que se mueve trate de compensarlo con una defensa de su profesionalidad y de las consecuencias positivas que se derivan de su trabajo para los condenados.

En la parte final cobran más protagonismo el condenado y los preparativos de la ejecución, con todos los aspectos colaterales que la acompañan. Ese cambio de perspectiva no es incoherente con lo anterior, sino que obedece a la entrada en el campo de visión de Bernadine, en su espacio vital, de los detalles de lo que va a suceder, de sus implicaciones. Bernadine ya no se enfrenta a la ejecución como a un trámite desprovisto de todo significado ajeno a su tarea profesional, sino que ha pasado a vivirlo en lo que realmente representa, y de ahí que todos sus matices cobren cuerpo ante ella y ante la pantalla.

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La estructura de la película adquiere así una coherencia absoluta. Pero no es eso lo mejor que tiene. Lo que de verdad la hace interesante es la capacidad de crear con el material que posee, la forma en que las imágenes son utilizadas para transmitirnos, más allá de los discursos, lo que la película nos ofrece. Ya hemos apuntado algunos rasgos de la puesta en escena, pero hay otros muchos.

Podríamos señalar el contraste entre el estado impecable de la prisión y los espacios cada vez más degradados en los que vemos a Woods a medida que avanza hacia su desenlace, indicándonos la deriva destructiva que él mismo está experimentando. O la reiterada presencia de los teléfonos que nunca suenan, y que adelantan de esa manera el trágico final al que se ve abocado.

O la magnífica escena del encuentro entre Woods y su antigua novia, en la que el preso confía para recobrar una imposible familia mientras ella lo desengaña sin margen alguno para la esperanza. La conversación entre ambos se produce a través del cristal, dejando constancia así de la separación insalvable que media entre ellos.

Pero, por encima de todas está la relación entre las dos ejecuciones con las que se abre y se cierra Clemency. Entre ellas se ha producido la toma de conciencia de la alcaide sobre el trabajo que está realizando, lo cual se traduce en la distinta manera en que ambas son presentadas.

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Comenzando por un detalle que parece secundario pero que tiene una importancia capital: el color del traje de Bernadine. Mientras que en la primera escena es de color oscuro, ofreciendo un contraste con el blanco de la indumentaria del ajusticiado, además de, en cierto modo, camuflándola, por la similitud con el color de su piel, al final vestirá una chaqueta blanca, igual por tanto que el condenado. Es decir, identificando, ahora sí, a víctima y verdugo.

Y, sobre todo, está la forma en que se nos muestran ambas escenas, idénticas en su contenido pero completamente distintas en la manera de ser ofrecidas. Al principio asistimos a todos y cada uno de los detalles de lo que se está produciendo, desde el traslado del preso hasta que expira. Eso mismo veremos al final, pero el momento de la agonía queda ahora escondido, y se nos ofrece a través de un largo plano del rostro de Bernadine, creando esa conexión que antes estaba ausente y trasladando de uno a otra el sufrimiento de la barbarie.

Clemency tiene, a pesar de las distancias, muchos puntos de contacto con El verdugo, la película de Berlanga. En ambos casos la pena de muerte es contemplada a través de la mirada de los ejecutores, haciendo de estos también sus víctimas, y el final, en ambos casos, muestra su descenso a los infiernos. Más contundente en la película española, más sutil en ésta, pero igual de cruel.

La película ganó el Gran Premio del Jurado en Sundance 2019, y ha sido dirigida por Chinonye Chukwu, directora americana de origen nigeriano que realizaba su primer largo. Brillante y prometedor comienzo que debería tener cuanto antes su continuación.

Escribe Marcial Moreno  

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