La última lección (2)

  09 Junio 2020

Película turbadora e imprecisa

la-ultima-leccion-0Sébastien Marnier consigue desde el primer momento, con un cine original, naturalista y perturbador, conducir un thriller de suspense, centrado en un colegio de élite y con adolescentes superdotados, engreídos y prepotentes.

En una de las primeras escenas, un profesor sin mediar palabra se tira por la ventana del aula dejando pasmado al espectador, no así a algunos de los jovenzuelos, que miran con desdén y siniestra frialdad —asomados a la ventana— el cuerpo yacente del docente suicida sobre el frío asfalto.

Pierre, un nuevo profesor lo sustituye interinamente. Desde la secuencia inicial, despiadada y manifiestamente hostil por parte de los jóvenes, se hace la presentación del personaje de Pierre en travelling desde atrás, por lo que el espectador buceará a partir de entonces en un viaje cargado de confabulaciones, sin saber si conducirán a demostrar la animadversión del alumnado hacia el nuevo profesor o es meramente un profesor patológico y delirante.

El aula está compuesta por un alumnado muy capaz, jovenzuelos pijos petulantes y exasperantes, especialmente elegidos como superdotados. El nuevo profesor aguanta el tirón de sus impertinencias y desplantes.

Estos adolescentes fríos e inexpresivos tienen mucha mala bilis y es obvio desde el principio que encierran un secreto. Pierre no tarda en darse cuenta del carácter hostil de sus alumnos que son seis, chicos y chicas, que urden algo nada limpio.

En este clima denso de alumnos aviesos y un colegio magno que los mima a modo de triunfo, Marnier va incrementando la tensión de forma pausada, in crescendo, dando lugar a múltiples sospechas en direcciones impensadas. Esta sensación de angustia que prevé algo terrible, unido a la dificultad intrínseca del grupo de alumnos, hacen que el novato Pierre se sienta abrumado, llegando incluso a la pesadilla y a la ofuscación.

La dirección Sébastien Marnier me ha ha parecido interesante hasta casi el final. El director francés nos introduce de forma convincente y atribulada, en una fábula naturalista y paranoica de colegio regio, dentro de una componenda que parece anticipar algún enigma desasosegante.

Con la creación de este clima, Marnier se mueve en el formato del cine de suspense y, por su originalidad, de cine de autor. Prevalece el principio de que un buen misterio ataviado con la ambientación adecuada, puede servir de base incluso al más flojo de los relatos. Así, un tenebroso punto de partida nos va llevando con gran intriga y realismo, seduciendo malévolamente, a un marco escolar de cuidado que sirve como asidero de atención.

El guión, del propio Marnier junto a Elise Griffon, es una adaptación de la novela de 2002 del francés Christophe Dufossé, titulada L'Heure de la sortie (La hora de la salida). Un thriller de misterio del cual el espectador espera una resolución centrada en los personajes en liza, en el colegio y en el contexto de unos alumnos raritos e infumables, que son en exceso respetados por el equipo de dirección, mayormente porque con sus buenas calificaciones dan lustre al centro donde estudian.

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La espléndida y a ratos inquietante música de Zombie Zombie, así como la fotografía mate de Romain Carcanade, hacen que la cinta tenga un perfil de producto arriesgado, distinto y bordeando lo fantástico.

En el reparto, Laurent Lafite hace una meritoria interpretación, contenida y a la vez expresiva, sin muchos alardes gestuales ni verbales; es quizá uno de sus mejores papeles.

Junto a él, un reparto de actores y actrices y un casting de jóvenes actores que hacen un loable trabajo coral con nombres como Luàna Bajrami, Pascal Greggory, Victor Bonnel, Emmanuelle Bercot, Claire Rochelle, Félix Lefebvre, Leopold Buchsbaum o Thomas Scimeca.

Pero, ¿qué queda de la pretensión del azoramiento que pretende la obra? ¿A dónde nos lleva el relato?

La cosa es que Marnier se va disgregando y tomando caminos desde mi modo de ver erráticos, lo cual corrobora que el encadenamiento de sucesos perturbadores a los que asistimos no termina de cerrar en un discurso equilibrado o palmario. El resultado carece de una clausura eficiente y da sensación de incompleto, pues su apocalíptica parte final no casa con la cadena de maquinaciones humanas precedentes.

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El extremo de unos chicos que parecen prepararse para salvar al planeta de la degradación a la que está sometido no es suficiente para un final. La conflictiva relación entre los muchachos y el profesor carece de recorrido y de recursos para que el enigma que atraviesa la trama se concrete en algún punto de terror y zozobra. Eso, como digo, no ocurre y todo se precipita en una destrucción apocalíptica que produce perplejidad. Recordando a San Juan de la Cruz se me ocurre decir: «Entréme do no supe / y quedéme no sabiendo / toda sciencia trascendiendo».

De modo que tras haber esperado en vano que algo suceda, todo se apresura inesperadamente, como si fuera necesario a toda costa completar esta narrativa dándole una dimensión racional y de masiva catástrofe, un desastre ecológico de dimensiones oceánicas, algo que pusiera en solfa todo: al género humano, la educación en general, etc.; peor que el COVID-19 o la gripe española.

Pero, según mi opinión, la cosa deviene fiasco monumental. El gran mensaje ecologista no es para mí suficiente.

Al libreto le falta historia y el film da un cerrojazo tan inesperado como impreciso para los mimbres con que se fue tejiendo la trama, que era ante todo una trama de gran desasosiego afectivo y de relación dentro de un encuadre educativo.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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