Háblame de ti (2)

  05 Junio 2020

Película obvia salvada por el actor Fabrice Luchini

hablame-de-ti-0He podido disfrutar de una comedia-drama descafeinada, amable, sin relevancia, pero que sirve para pasar un ratito. Prefiero esta película a la cacharrería y el despropósito de la ciencia ficción desmedida y apocalíptica que nos invade en el cine en estos tiempos.

Cuenta la historia de un hombre de sesenta y cinco años que vive su vida de alto ejecutivo con una prisa y una intensidad que acaba provocándole un infarto cerebral. A partir de este punto, el hombre puntero, el brillante orador, el diligente Alain Wapler (Fabrice Luchini) se ve afectado en el habla, la orientación y la memoria. Ahora necesitará de una logopeda, del apoyo de su hija y de la compañía de su perro. En tanto, poco a poco se va convirtiendo en alguien muy diferente del que era, alguien que expresa bondad, simpatía y agradecimiento, algo que nunca antes había hecho.

La tercera obra del director Hervé Mimran se puede calificar de correctita, una cinta sin pretensiones que es una llamada al lado bueno del ser humano, esa faz que anida en todos nosotros y que sólo espera alguna forma de shock, conversión, «experiencia cumbre» o inesperado encuentro con uno mismo para manifestarse, incluso en personas tan refractarias a ello como el protagonista de la obra.

Conducido por un libreto del propio Mimran y Hélène Fillières (adaptación de las memorias del ex jefe de Peugeot, Christian Streiff, J’étais un homme pressé, Yo era un hombre bajo presión), la trama discurre por momentos mejores y otros más deslavazados y torpes, o sea, relato sencillo y previsible (melodrama de manual), con alguna leve crítica al mundo vertiginoso del deshumanizado capitalismo, el arribismo, la ambición o el afán de riqueza y de estatus social.

Todo ello lleno de gags, algunos de los cuales resultan venturosos, en tanto otros son mediocres o sencillamente pedestres. Pero quizá lo más destacable del guion sea cierta inconsistencia, pues va enlazando momentos y situaciones que no están hilados ni suman al conjunto del film; por ejemplo, el encuentro de la logopeda con su madre, la trotada a pie del protagonista recién salido de un ictus haciéndose cientos de kilómetros por el camino de Santiago, salvando a un cervatillo, etc. Sin hablar de la truculenta ama de llaves que se pasa el metraje matando animalitos para comer: pollos, conejos y otras pobres criaturas.

La banda sonora de Balmorhea resulta pertinaz y excesiva en un extraño intento por aportar ímpetu y energía a unas escenas de enorme futilidad; eso sí, canciones de Bob Dylan, algo de country o una versión de Father and Son, eso me gustó. Buena la fotografía de Jérôme Alméras que recrea las calles y el ambiente parisino.

Sin duda, lo que mantiene a flote el film es la interpretación genial de Fabrice Luchini. Luchini es el centro del relato, el que anima al espectador con su excelencia actoral y su manera de llenar pantalla, de moverse ante ella haciendo uso de una técnica y eficiencia, propia de quien se siente seguro en su oficio, de quien domina y controla su repertorio como actor de categoría. Luchini es realmente el artífice que hace olvidar por momentos al respetable el carácter desvaído y plano del film.

Le acompañan actrices y actores de medianía que saben hacer funcionar sus personajes de reparto con más oficio que solvencia. Así: Leïla Bekhti, Rebecca Marder, Igor Gotesman, Clemence Massart o Frédérique Tirmont, hay más.

Película con moraleja-moralina buenista, buenrollista, buena onda, estructura manida y obvia hasta el tuétano, que Luchini salva de la asfixia haciéndola incluso entretenida por momentos. Y poco más. Como escribe Palomo y yo suscribo: «De consumo rápido y olvido veloz».

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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