Mi gran pequeña granja (3)

  02 Junio 2020

Una granja natural, límpida, respetuosa con la naturaleza y cautivadora

mi-gran-pequena-granja-0Este documental constituye en sí mismo todo un tratado sobre el mundo natural, lo que incluye ciertas directrices sobre cómo hay que afrontar las penas y las alegrías del proyecto ecológico sostenible cuyo decurso vamos viendo desarrollarse ante nuestros ojos, con seductoras imágenes del mundo vegetal y animal, y del oculto cosmos de microrganismos, todos en pugna y a la vez en equilibrio.

La cosa se inicia en 2011 cuando el bloguero John Chester y su esposa Molly Chester, una afamada chef cuyo fuerte son las comidas sanas, populares y verdurientas, deciden abandonar sus respectivos trabajos y marcharse al norte de Los Angeles, a poner en marcha una granja ecológica, asesorados por un experto, su mentor y gran amigo Alan York, el ideólogo del proyecto.

Tiene una dirección muy bien llevada por John Chester, con un interesante guion de Mark Monroe y John Chester; todo ello da lugar a un documento vívido interesante, entretenido y muy aleccionador.

Acompaña muy bien la música de Jeff Beal, música en ocasiones exagerada, y una voz en off que ofrece observaciones poéticas; ello junto a una gran fotografía de Kyle Romanek y la cámara de Chestre funcionando en cada momento pertinente. Todo ello al servicio de «una experiencia educativa notable para cualquiera que esté ansioso por volver a lo básico» (Eric Kohn)

En el proceso, se llega a una comprensión más profunda del impulso subyacente al emprendimiento, al tiempo que se nos ofrece una narración emocionante. Plantas y animales que viven en armonía, alimentándose unos de otros en un constante proceso de supervivencia. También imágenes de drones que capturan la escala completa de las tierras de cultivo, creando un impresionante tapiz visual profundamente conmovedor.

Cuando John y Molly marchan a la granja lo que encuentran es poco menos que un erial. Pero el asesor y amigo York les convence de que la tierra tiene posibilidades; sólo hay que fomentar la diversidad agrícola y ganadera, dar paso a la madre natura y toda la miríada de recursos que encierra el terreno, amor, entrega y habrán de salir huevos de gallina, corderos y frutas de toda índole.

Y la aventura. Sin que ocurran grandes acontecimientos humanos, salvo los naturales, que no son pocos; esa aventura de pequeña gran granja atrapa y te mantiene atento los 91 minutos que dura el metraje.

Ocurre, eso sí, que el asesor y querido amigo fallece de una fatal enfermedad, provocando la soledad al menos momentánea de Molly, John y cuantos trabajan en aquel vergel que, pese a la luctuosa noticia, ya funciona a un ritmo y con una pujanza que en cualquier fruto o animal lleva el nutriente espiritual de York que vive en cada metro cuadrado del vergel que él imaginó.

Este trabajo bucólico y preciosista, es mixtura de bonitos vídeos y notas de animación, centrado en los árboles, los animales, las aves o los caracoles, quedando en muchas ocasiones los personajes fuera de cámara. Primeros planos de lechuzas, colibrís, enfoques a las gallinas rezongonas, los corderos negriblancos o la hermosa madre porcina que pare hasta catorce crías, con su depresión postparto incluida.

Son imágenes de pura naturaleza, una experiencia que deviene tierna reflexión sobre el carácter indómito y a la vez grandioso del ecosistema, la superación personal, la constancia, la búsqueda de una felicidad fantástica pero real (lo «real maravilloso»), y tiempos de abundancia y de sequía alternando en un mundo de sacrificios y ataques de coyotes.

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Es una cinta que ha llegado a modo de brisa refrescante para el espíritu, y el espectador que la vea se sentirá más oxigenado, con una mejor respiración a todo nivel. Es sencillo: repensar la ecología y la interconexión de sistemas ambientales. Cuanta mayor diversidad mejor. Aves, plantas, mamíferos, la climatología y un poco de suerte.

Las ovejas se comerán las malas hierbas mientras sus excrementos abonan la tierra de cultivo; el halcón acabará con las plagas de estorninos que pican las frutas; las frutas estropeadas sirven de alimento para el ganado; los búhos alivian la población de topos; las gallinas se comen los caracoles voraces que suben a los árboles; las serpientes reducen el número de roedores subterráneos del campo, junto con los hurones; las abejas polinizan y dan miel; y el ser humano, pacientemente, debe aprender a dirigir esta pluralidad sin nervios ni química, ni armas de fuego, ni trampas, sin fullerías.

La película es, al fin, un relato veraz de del intento ensayo-error del dúo John y Molly Chester, por comenzar un movimiento agrícola basado en la biodiversidad en una tierra que durante largo tiempo había sido despojada de sus componentes y nutrientes naturales. Cubre la película ocho años aproximadamente de obstáculos superados y bien rentabilizados, en el mejor sentido de la palabra.

Como se afirma en la cinta, dada la existencia de tantas variables de clima, fauna, flora y otros asuntos meramente fortuitos (huracanes, incendios, etc.), la agricultura nunca será una ciencia exacta. Pero los Chester finalmente reflexionan: «La observación seguida por la creatividad se ha convertido en nuestro mayor aliado». A pesar de que también advierten de complicaciones que amenazan la supervivencia de la granja: coyotes hambrientos que matan gallinas, una plaga de caracoles, estorninos que picotean los frutos, las amenazas del fuego, etc.

A mí me ha gustado particularmente, porque he vivido mi infancia en el campo, ya hace mucho, en otro tiempo en que el campero era más humilde y sabio, más apegado a la tierra y más atento al clima y a los cambios de época. Lo que muestra la película es una realidad que yo he vivido.

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Cuando se araba con animales, se abonaba con residuos orgánicos, se era más sencillo y menos intervencionista, se consumían los frutos de estación y se miraba al cielo. A cambio había más aves, por ejemplo, golondrinas y vencejos que se alimentaban de insectos, las higiénicas abubillas que daban cuenta de larvas y gusanos, murciélagos que combatían los mosquitos y las polillas, lechuzas contra los pequeños roedores o las cucarachas.

Y animales de granja, tal las cabras, que servían para leche, como alimento, sus excrementos abonaban y limpiaban la maleza; mulos, asnos y vacas muy beneficiosos a todo nivel; ovejas que limpiaban el campo de hierba o gallinas sueltas que comían de todo, incluidos pequeños reptiles o alimentos de deshecho; y hasta proliferaban las hermosas libélulas a ras de la alberca de riego alimentándose de larvas y mosquitos.

Todo un maravilloso equilibrio que se hacía evidente cada mañana de cada día. A cambio, los tubérculos tipo patatas o boniatos sabían diferente, las carnes de pollo eran más consistentes y sabrosas, la leche más nutritiva y con diferente sabor, las frutas más dulces.

La historia de esta granja modélica llevada a hombros del tesón y la convicción en una manera de trabajar con la naturaleza no sólo es aplicable a una producción agrícola y ganadera, sino con toda probabilidad a la vida de cada cual: idealismo ardiente y gentil, y la fe en que las cosas saldrán bien.

Entonces, como escribió el sabio chino del siglo XVII Chin Shengt’an en sus 33 momentos felices: «Ah, ¿acaso no es esto felicidad?».

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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