Greed (2)

  05 Julio 2020

Magnate de prêt-à-porter

greed-0Michael Winterbottom no es Orson Welles, y él lo sabe. Queda lejos de su propósito, por tanto, intentar emular, con esta revisión de Ciudadano Kane que ha pergeñado, al original. Le basta tan sólo con servirse del modelo como marco para contar la historia de otro potentado, pero marcando las distancias en el enfoque y en las pretensiones.

Greed bucea en la vida del rey de Highstreet, llamado así por la presencia de sus tiendas de moda en las principales calles de las ciudades británicas. Y a partir de ahí se utiliza la figura de Richard McCreadie, Greed («codicia», metáfora no demasiado elaborada) para hacer la radiografía del dinero fácil, de esos hombres de éxito cuya trastienda esconde monstruos. La falacia que sostiene al capitalismo triunfante.

El esquema seguido es muy similar al de la obra de Welles. Como ocurre allí, la película se inicia con un reportaje sobre la figura del rico, si bien ahora no se trata de alguien muerto de cuya vida se hace una revisión, con sus luces y sombras, sino de un arribista que utiliza el medio para hacerse publicidad y engrandecer su negocio.

La investigación que a partir de ahí comienza también difiere sensiblemente: Mientras que la historia del magnate de la prensa es investigada para buscar la verdad, para descubrir lo que se escondía tras su figura pública, McCreadie contrata a un escritor para realizar su biografía, la cual, no cabe otra opción, sólo puede ser elogiosa.

Sobre estos pequeños detalles se consolida la distancia que separa ambas películas. La visión del americano posee una complejidad que no tiene la del británico. Kane no es sin más un malvado, y así lo deja claro el documental inicial. Sus vilezas corren paralelas a su honestidad, y su fortaleza a su debilidad. Con ello se hace un retrato del personaje que no se deja aprehender con conceptos simples, un retrato que siempre está rompiendo los límites categoriales que intentan apresarlo.

Greed por su parte es mucho más esquemático. El trabajo encargado a su biógrafo tiene ya de antemano establecidos los resultados que va a obtener, y la miseria que la investigación revela no deja de ser la otra cara de la misma moneda: Un malvado sin ningún atisbo de moralidad que no se detiene ante nada, y cuyo encanto reside únicamente en un cinismo que ahonda su carácter perverso. A McCreadie le falta su Leland.

Winterbottom parece ser consciente de que el modelo elegido presenta exigencias lejos de su alcance, y por ello le otorga un tono de comedia que resulta más efectivo que la moralina con la que acabará abrochando su trabajo. La fiesta del sesenta cumpleaños del protagonista, que sirve de guía a la película, ofrece mimbres suficientes para construir un retrato más incisivo que el disparo con postas al que se acaba acogiendo.

El ritmo frenético que recorre la preparación de la fiesta, la multitud de personajes allí convocados, las alusiones a los famosos y sus precios, la constante presencia de la ficción, sea a través del falso anfiteatro, sea mediante el reality show que al mismo tiempo se está rodando y que llega a confundir los sentimientos de la hija de McCreadie, su protagonista, o sea por la omnipresencia de las cámaras, que dan idea del culto a la imagen y la falsedad que encierra, y a la que todo se subordina, van perfilando una dibujo mucho más sugerente del mundo que se quiere representar que el que finalmente se nos ofrece.

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Para soportar el peso de la comedia el director cuenta con el inspirado trabajo de Steve Coogan, uno de sus actores fetiche, protagonista de sus viajes gastronómicos (acaba de terminar una nueva entrega, esta vez en Grecia), y que aquí ofrece una frescura que figura entre los mejores logros del filme.

Pero Winterbottom parece tener un propósito en su trabajo del que no está dispuesto a desviarse, y es asegurarse de que todos sean conscientes de las crueldades a las que estamos sometidos, léase el capitalismo, y para ello no repara en sutilezas.

Ya desde el comienzo se veía la villanía de este individuo, quien no dudaba en birlar el dinero a sus indefensos (y un tanto alelados) compañeros de colegio, aficionado además a desplumar a quien tenía enfrente con timos de trilero, afición que ha llevado consigo a lo largo de toda la vida (atención, mensaje: su oficio no ha sido más que la prolongación de ese proceder), y con una madre que no desmerece su falta de escrúpulos. A partir de ahí todo va a ir sobre ruedas.

Con un didactismo estomagante nos va contando los mecanismos mediante los cuales construye su fortuna, la indolencia y la candidez de las autoridades para controlarlo, las aviesas estratagemas con las que lleva a cabo sus negociaciones o la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Hasta en su vida privada resulta ser un cínico perverso que desprecia incluso a su propio hijo, vástago, por otra parte, que ha aprendido bien el modelo que su padre le ha transmitido y que acabará superándolo (aviso para despistados: es el sistema, no son los individuos).

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Tan de una pieza resulta el personaje que por derivación sus oponentes acaban siendo aún más simples. La capacidad opresora del rico requiere unos siervos a su medida, callados y sumisos, sometidos al yugo que les esclaviza e incapaces de revolverse. Y medio bobos. Qué mejor ejemplo que esos refugiados sirios cuya presencia en la playa ensucia la brillantez de la fiesta y que, aparte de parecer salidos de una de las tiendas de moda de McCreadie, se dejan embaucar por éste con una facilidad pasmosa.

Eso sí, frente a la absoluta maldad todo lo que se le enfrente contiene implícita la bondad. Sea el robo de los cubiertos, que es confesado y reparado, como hombres de honor que son, sea incluso el asesinato (en esa absurda escena del león, ya ridícula desde su misma presencia), que, lejos de ser censurado, es visto como una justa satisfacción de lo que la justicia no repara. En fin, un mundo de buenos y malos, verdugos y víctimas, en el que no cabe mayor matización.

Hubo un tiempo en el que el cineasta inglés nos sorprendía con cada nueva entrega. Su desinhibido deambular entre los géneros y el arrojo que mostraba en sus obras lo señalaron como una de las más esperanzadoras promesas del cine europeo. Su brillo nos llevó a dedicarle en Encadenados un monográfico, Rashomon número 44, pero hace ya tiempo que ha caído en la rutina.

Aún son detectables destellos de su buen oficio, pero cada vez resultan menos relevantes. Ya hemos dejado de esperar con ilusión sus nuevas propuestas.

Escribe Marcial Moreno  

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