Conquista a medias (2)

  24 Mayo 2020

Mi chica

conquista-a-medias-0Nos hallamos ante una comedia romántica curiosa que propone un giro original a las típicas producciones americanas localizadas en institutos y universidades. Uno fue siempre más del cafrerío de Desmadre a la americana y Porky’s que de la ñoñería de La chica de rosa o Todo en un día, aunque alguna lagrimilla se quedara por el camino por culpa de John Hugues.

Desde entonces, el aluvión de subproductos con pretensión de divertimento que no había por dónde cogerlos se apoderó de las pantallas lobotomizando a más de una generación, salvo honrosas excepciones como lo fue la seminal American Pie.

Dentro de este vasto género estudiantil también el cine indie ha hincado el diente. Los nerds, como allí llaman a todo ser marginado proclive a ser presa del bullyng más despiadado, pueden lamerse las heridas con historias donde se convierten en héroes cotidianos gracias a su inteligencia y su peculiaridad.

A fin de cuentas, se convertirán en los intelectuales del futuro que valorarán en su justa medida cualquier producción puesta de largo en Sundance o Tribeca mientras que los exitosos cachas y cherleaders pasarán a ocupar puestos de relevancia en el mundo empresarial.

En la Conquista a medias que ahora nos ocupa (traducción bastante libérrima de la más adecuada The half of it) la premisa se adecúa a los tiempos modernos y se nos presenta un triángulo amoroso entre un chico y dos chicas en plena erupción hormonal.

La directora de origen asiático Alice Wu transforma el típico chico conoce chica en un lío sentimental donde la identidad sexual de cada uno de los ángulos que compone la figura geométrica no acaba de resultar muy clara. Así, los sentimientos de los protagonistas transitarán entre lo homo y lo hétero confundiéndose amor y amistad.  Esta circunstancia de twister emocional enriquece el conjunto, ya que el espectador en ningún momento sabe por dónde van a ir los tiros.

Si a eso le añadimos unas gotas de erudición (no olvidemos que el público potencial es el que utiliza gafas de pasta) y algunas situaciones de enredo afortunadas tendremos un cóctel atractivo muy encima de la media de lo que solemos encontrar en Netflix en cuanto a este tipo de obras se refiere (si a los catálogos de la plataforma se les llama contenedores será por algo).

El desarrollo argumental no acaba de calar hondo debido a la irregularidad de un guión que acumula destreza narrativa para después desbaratarla mediante tópicos que no acaban de funcionar. En ocasiones peca de ponerse demasiado trascendente, con unas ínfulas de retrato generacional que le viene demasiado grande.

Sin embargo, cuando se atiende más al detalle y a congeniar la situación puntual por la que transitan los desorientados héroes de la ficción la cotización sube enteros. A eso ayuda la excelente actuación del terceto protagonista, haciendo hincapié en la química brutal existente entre los dos intérpretes que homenajean a Cyrano de Bergerac.

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Las imágenes en los que, uno en bicicleta y otro siguiendo el ritmo corriendo a pleno pulmón atraviesan las desiertas carreteras del pueblo son pura delicia, así como también lo son aquellas otras en las que sus personalidades diametralmente opuestas van encontrando puntos de similitud.

El pequeño gran error que no permite que hablemos de una gran película se basa en los devaneos generacionales a los que se nos va sometiendo. Al principio la brecha tiene lógica y la transición de lo epistolar a lo analógico está tratada con muchísimo tino y cariño. El carácter de los personajes invita a servirse del utillaje vintage de lo retro para captar la atención.

Pero una vez instalados en el siglo XXI, cuando la comunicación se vuelve vertiginosa, no tiene sentido acudir a recursos tan tramposos como nutrir la banda sonora de «canciones que eran las preferidas de mis padres». Se cae en la trampa de acudir al recurso fácil de unir los elementos más románticos con los más nostálgicos, pero en el film que nos ocupa los primeros corresponden a los millennials y los segundos a la generación X a la que pertenece la directora. Y un olorcillo a revisitación de Bocados de realidad (Reality bites) se nos va colando a la chita callando.

También se tocan muy por encima temas que ya preocuparon a la cineasta en Salvando las apariencias, su debut en el cine de hace más de tres lustros (y que por esas carambolas de la distribución llegó a estrenarse en nuestros cines): las relaciones paterno-filiales, que aquí no acaban de pasar de superficiales; las diferencias culturales chino-estadounidenses, estas sí un poco más matizadas mediante comentarios despectivos y motivos más tangenciales como las diferencias gastronómicas, y la aceptación del lesbianismo en las zonas menos urbanas, materia que podría haber dado más de sí pero que sólo sirve para recrear alguna situación graciosa.  

Escribe Francisco Nieto | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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