Noche de bodas (2)

  20 Mayo 2020

Jugando al escondite

noche-de-bodas-0He aquí una divertida película canadiense, reciente, dirigida conjuntamente por Tyler Gillett y Matt Bettinelli-Olpin, un oficio que llevan realizando a dúo desde hace tiempo, tanto en lo que se refiere a cortos como a largometrajes. Tyler ha intervenido en otras películas también como fotógrafo, guionista y montador, mientras que Matt lo ha hecho como actor, guionista y montador.

En Noche de bodas se han limitado a dirigir con precisión un guion en el que el humor se entremezcla con componentes típicos del cine de terror y salpicado con unas gotas de crítica social. Una mezcla que resulta atractiva, pero insuficiente. Atractiva debido a como ha desarrollado con una cierta original, impregnada de comicidad, una historia en principio banal, y que podía quedar como un filme mediocre de pseudo terror e insuficiente en cuanto no explota todo el potencial que la idea base encierra.

Si el anterior experimento de estos dos realizadores, también bordeando la noche nupcial, fue una película fallida, El heredero del diablo, ahora, quizá porque se ha decantado por un tono y un planteamiento diferente, el resultado es muy distinto. En El heredero del diablo se apuntaba por una película basada en documentos e imágenes reencontradas en la línea de la serie de la bruja Blair y títulos semejantes, mezclado todo ello con una clara referencia a La semilla del diablo de Polanski. Noche de bodas con una cierta fijación en comenzar la historia en boda —y no terminarla—, el proyecto y desarrollo transcurre mucho más inteligentemente, consiguiendo una película no redonda, pero eso sí, muy aceptable.

Podría haberse iniciado con la (espera de la) ceremonia nupcial y dar luego paso al tremebundo juego que será el desarrollo del resto del filme, pero no, comienza ahí para que no haya sorpresas y el espectador sepa por dónde va a transitar la trama. De ahí la excelente secuencia inicial donde unos niños juegan a esconderse corriendo y siendo perseguidos por la cámara, en los largos pasillos de una victoriana mansión, en un acertado y largo plano secuencia. Plano que concluye con la caza de un personaje por parte de la familia de los niños (uno se ha logrado ocultar) que llevan en sus manos diferentes armas. La petición de ayuda de la persona cazada al niño, y su cara de angustia, servirá de feliz entrada para lo que vamos a ver después… una historia que, como se nos anuncia, trascurre varios años después en el mismo sitio.

Salvo pequeños respiros en la persecución de la protagonista, la película no sale de la casa en la que se va a celebrar una boda y posteriormente tendrá lugar un juego, como gran celebración de dicha ceremonia y bautismo de la neófita integrante de la familia. Un juego dentro de otro juego, la propia película, como también se reproduce en los letreros de crédito al ir mostrando cajas de juegos.

Se trata de un juego que creó el primer gran señor, una especie de Lucifer al que deberán rendir tributo los moradores, sucesores, posteriores dueños de la gran mansión. Un juego a vida o muerte entre el pretendido —ingenuo y desconocedor del juego— nuevo integrante de la familia y todo el entorno que forma el grupo familiar.

Quizá por el planteamiento de juego y por el hecho de que prácticamente todo el filme se desarrolle en una casa, se ha querido asemejarla con Puñales por la espalda, cuando en realidad ambos títulos tienen muy poco en común. Sí, ambos tienen, incluso el filme inglés, parte de un juego, incluida la estructura; de cualquier forma, en Noche de bodas el juego no está en función de la deducción de una trama, un enigma, sino vivir o morir, escapar o pasar a ser inmolada. Más bien, por el tono, este filme estaría más en la línea del igualmente curioso (doblete) de Feliz día de tu muerte, a su vez, depositario de Atrapado en el tiempo.

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Lo que separa Noche de bodas de cualquiera de los anteriores títulos es —aparte del ambiente y la mezcla en el relato de terror y humor— su sentido disparatado debido a los diferentes giros producidos en el guion y que se aceleran hasta un perfecto final.

La víctima del juego diabólico es una chica no tan ingenua, ni inocente como puede pensarse al casarse con su novio, alguien con dinero, como demuestra la gran casa en la que viven sus parientes. Grace, la protagonista, es una joven pobre, ha vivido en recintos de acogida, es pues la víctima ideal, aunque en principio amada por Alex, uno de los hijos del dueño de la casa.

En su noche de bodas será obligada por la herencia familiar a jugar el juego que salga seleccionado por una caja tramposa porque siempre deberán jugar, en definitiva, al escondite, los incautos deseosos de subir en la escala social o de pertenecer a una casa noble. Una tontada de juego, como piensa en principio la protagonista, que deberá terminar, según ella piensa, en el momento en que se logra descubrir dónde se ha ocultado.

Mientras aparentemente su nueva familia cuenta hasta un cierto número, nuestra ingenua recién casada se esconde en el sitio más oculto de la gran mansión. Busca hacerlo en el pequeño montacargas trasportador de comida entre cocina/habitaciones/comedor. Allí espera impaciente ser encontrada y poder al fin vivir su noche de bodas con su marido con el que ya, tal como se nos indica en una conversación anterior, ha tenido varias relaciones sexuales.

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Al ver que los minutos pasan y no la encuentran, aburrida, decide salir de su escondite, convencida de la estupidez del juego. Pero, a partir de esa decisión, se encontrará con una divertida noche que deberá concluir antes de que amanezca con su muerte. Cada elemento familiar empuña un arma distinta para dar caza a la invasora. Un juego para ellos noble, y exigido por la tradición: una clase social alta sin problema alguno para eliminar a alguien de una clase humilde. Un ligero apunte social, que, por fortuna, no está repetidamente señalado sino simplemente insinuado.

La caza de la mujer debe producirse antes de que termine la noche, porque en caso contrario una maldición caerá sobre los habitantes de la casa o, al menos, así lo creen y lo han seguido manteniendo de generación en generación. Dos nuevos niños son los observadores, al igual que ha ocurrido en el prólogo, y se supone continuadores del juego de generación en generación.

Lógicamente enseguida la recién casada se da cuenta del juego mortal en el que, sin saberlo, se ha visto involucrada. Podría el filme, en ese momento, optar por el modelo de cualquier película clásica de persecución de una joven: sustos, suspense extremo, salvamentos último momento, asesinatos en distintas formas y modos, pero no, Noche de bodas, teniendo cosas inherentes a ello, se evade de la mediocridad de muchos filmes semejantes, con humor y agilidad.

Cada perseguidor con sus peculiaridades y su forma de actuar, los dos hermanos del principio, marido y cuñado de la protagonista, la familia de zumbados mitad vampiros, zombis o monstruos de baja estofa, son motivos suficientes para ir haciendo que el filme no sucumba a la monotonía del género, que, no obstante, está a punto de ello cuando Grace sale al exterior, al jardín de la casa.

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Son los peores instantes del filme, que vuelve a alcanzar el ritmo en cuando los personajes vuelven a la casa y alcanza sus mejores momentos en tres escenas: el joven marido preguntándose qué hacer al descubrir que su chica, para no morir, acaba de matar a su madre planteando un enfrentamiento (luego aparecerá como falso) entre el amor maternal y el amor a su joven esposa. La segunda se refiere a la divertida resolución del conflicto en una doble vertiente: pensar que la maldición sobre la familia no se ha producido y la manera, divertida, de resolver ese dilema.

Queda la tercera y se refiere a la conclusión del filme con la novia ensangrentada sentada en los escalones de la casa que está en llamas: un acercamiento a la mujer hasta un primer plano que se cerrará con la palabra al policía que le pregunta sobre lo que le ha pasado y la razón de encontrase como se encuentra. La palabra, escueta, y divertida, con la que contesta sirve de cierre a una película por encima de muchas otras de sustos, muertes y persecuciones.

No es una maravilla, pero sí es, al menos, una película divertida, eficaz, fácilmente digerible, lo cual es mucho para un título de mujer perseguida del minuto uno hasta el final, de esos de sustos sin fin. Por suerte no es así.

Podría pensarse que los dos directores que han filmado Noche de bodas podrían ser, en el futuro, dos buenos exponentes del género, aunque la anterior película a esta, la ya citada El heredero del diablo, y la que preparan, nada menos que una nueva entrega de la franquicia Scream, lo pongan en entredicho.

Escribe Mister Arkadin 

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