Adiós a la noche (2)

  15 Mayo 2020

Rayos de esperanza

adios-a-la-noche-0Un sector importante del mundo occidental, sin duda más influido por el cristianismo de lo que estaría dispuesto a reconocer, muestra una acusada tendencia a propinarse golpes de pecho. No muy lejos del masoquismo, van a la caza de desgracias para adjudicarles, sin detenerse en demasiados distingos, un culpable, que siempre es el colectivo del que forman parte, si bien el «nosotros» suele esconder un «vosotros» que nos os comportáis como deberíais, no como yo, que tengo conciencia de lo que ocurre. Si hasta un virus mortífero puede ser cargado en el debe de las víctimas, qué no podrá hacerse con las maldades humanas, siempre tan proclives a encontrar justificación.

Es el caso del yihadismo, frente al cual, sin negar su brutalidad, no han faltado esfuerzos por entender su forma de proceder, pro descargarlo, siquiera un poco, de su abyección, por compartir la culpa. De él trata la última película de André Téchiné, aunque su enfoque no es exactamente el que acabamos de describir.

Téchiné fue en su momento un renovador del cine francés, pero el inexorable avance del tiempo acaba por convertir a los contestatarios en clásicos, al menos por los años que acumulan, dejando al margen su carácter referencial. Próximo a cumplir los ochenta, su cine ha sido siempre lo bastante ecléctico como para dificultar su transformación en modelo. Tampoco su calidad ha alcanzado las cotas necesarias para desempeñar tal papel, por más que en sus inicios consiguió imprimir cierto sello personal, al menos en lo que al aspecto temático se refiere.

Llevado por la actualidad se embarca aquí en un análisis de la génesis del yihadismo en Francia, reduciendo la acción a cuatro días en el comienzo de la primavera de 2015 (más la coda final) en los cuales un joven está preparando su marcha a Siria para combatir con el Estado Islámico.

Lo primero que llama la atención es el lugar en el que se desarrolla la acción. Si cabía esperar la ambientación en la banlieu, nada de eso ocurre. El protagonista es francés de segunda generación. Su abuelo era argelino, pero su familia está perfectamente integrada en la vida occidental. Residen en la Cataluña francesa, con un nivel económico más que desahogado, y su abuela (Muriel, Catherine Deneuve: su madre murió en un accidente y su padre vive en Martinica) regenta un centro de aprendizaje y turismo ecuestre. Por otra parte, el joven estudia medicina, y aunque los resultados no son muy buenos, esto parece más una consecuencia que una causa de su conversión al fanatismo religioso.

No cae por tanto en las explicaciones más socorridas, esas que en última instancia apuntan a los odiados. Cierto es que, aunque no ocupe el lugar central, también se hacen referencias a la panoplia de razones habituales, y así vemos como Lila, la joven que lo acompaña, estuvo en un orfanato y trabaja ahora en empleos precarios, mientras que de fondo se oye que en las elecciones departamentales que en esos días se van a celebrar, los pronósticos aventuran una subida del Frente Nacional, beneficiario, damos por hecho, del descontento que genera la inmigración.

Al margen de estas referencias, el enfoque se centra más en la obcecación de los jóvenes que en los motivos que les llevan a tomar su decisión, radicalidad que contrasta con el talante comprensivo de su entorno familiar. Vemos así el modo en que Lila se baña, con su bañador de cuerpo entero, la petición que dirige a su novio (Alex) para que no la mire cambiarse (mucho menos aceptarán dormir juntos cuando la comprensiva abuela de Alex se lo proponga), la reacción del joven ante la tumba de su madre, retirando todos los ornamentos que la cubren, su ritual higiénico, sus rezos, la negativa de la chica, en la residencia de ancianos en la que trabaja, a lavar a los hombres, el rechazo al alcohol, las bodas múltiples, la discriminación asumida, casi gozosa, de las mujeres…

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En realidad, lo que se está mostrando es una anomalía en el seno de la normalizada sociedad francesa, como los jabalíes que destrozan los cerezos que cultiva la familia de Alex y ante los cuales sólo se concibe como defensa poner una valla electrificada, sin entender que los agresores ya están dentro (los prisioneros que gritaban Allah Akbar cuando se enteraron de la masacre de Charlie Hebdo), a la manera de esa casa fortificada en la que convive Lila con el anciano propietario.

La escena que mejor representa ambos mundos es la que monta en paralelo las comidas de los jóvenes fanatizados y su inconsciente familia. Mientras ésta, compuesta también por personas de origen árabe, ignora la actividad de los otros, mientras ríen despreocupados, los jóvenes preparan su alistamiento.

Toda la descripción que la primera parte de la película propone se convierte en explicación en la segunda. La ausencia de motivos para la fanatización (no demasiado contundentes al menos) parece no satisfacer al director, quien se ve en la necesidad de profundizar en las causas, y para ello recurre al experto, esto es, al terrorista arrepentido. El tono excesivamente explicativo que a partir de ahí adopta el filme al menos no cae en lo que hasta ese momento se esforzaba en evitar, y sigue presentado a jóvenes normalizados y apegados a aquello que el progreso o la vida disoluta de los occidentales ofrece (internet, los móviles necesitados de cobertura, el tabaco al que cuesta renunciar…) para reducirlo todo a una especie de malestar indefinido, casi existencial, que va acompañado por un ansia de triunfo y reconocimiento que sólo con su radicalización se puede alcanzar. No les gusta Francia, se dice, y suena más a una pose adolescente que a una reflexión seria y fundamentada.

El desenlace de la película requiere descubrir la trama e impedir la marcha, y aquí es donde más aguas hace. Aun aceptando la carta de despedida (otro de los ritos), la ingenuidad en el cobro de los cheques y en dejar a la vista todos los datos del destino antes de encontrarse a salvo, excede lo admisible en el ya de por sí ingenuo Alex, como también la facilidad con la que se deja embaucar por su abuela, o la comodidad con la que consigue escapar de su encierro. Si de lo que se trataba era de subrayar la simpleza de este chico, los recursos han superado lo creíble para acercarse a lo caricaturesco.

Finalmente, la película adopta una posición que podríamos considerar esperanzada. El adiós a la noche no es lo que el yihadista pretende, sino todo lo contrario. La noche invocada no es la que él deja sino la que propicia, pero tras la noche volverá el día. O ni siquiera hará falta esperar tanto, se tratará de un eclipse que como todos es fugaz, y al que no hay que mirar porque daña los ojos. Mejor habría que decir que hay que mirarlo con la protección adecuada para saber exactamente lo que está ocurriendo. Es la misma noche que cae sobre la habitación de la abatida Muriel cuando baja la persiana, pero que se transformará en la luz del joven rehabilitado.

Escribe Marcial Moreno  

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