La chaqueta de piel de ciervo (3)

  13 Mayo 2020

Por el traje se conoce al personaje

la chaqueta de piel de ciervo-0Los seguidores de la mítica serie de humor británica Little Britain, emitida por Canal Plus hace ya algunos años, recordarán cómo había algunos gags que se basaban en la repetición de la misma frase en distintas situaciones caóticas.

Uno de los más celebres fue el de aquel personaje que luchaba contra viento y marea por mantener su condición de homosexual en un pequeño pueblo de la campiña. A cada amenaza respondía con: «I am the only gay in the village» y se marchaba, normalmente del pub, henchido de orgullo gay.

Viendo este último trabajo del atípico director francés Quentin Dupioux observamos a otro individuo peculiar y altanero, que no dudará en recurrir a medios bastante extremos para ser el único habitante del lugar en lucir la prenda que da pie al título.

Y ese extraño tipo con un look a lo Eric Cantona no es otro que el gran Jean Dujardin, quizás el mejor actor galo de su generación, que no es poco. Aquí vuelve a regalarnos una actuación ejemplar, dando vida a un sujeto un tanto especial en plena neurosis autodestructiva basando su interpretación en el histrionismo contenido, una de sus grandes virtudes como intérprete. Su dominio de la gesticulación alcanza cotas sublimes en casi toda su filmografía (nunca comulgué con The Artist), y en esta película no es una excepción. Cuando se mira al espejo, cámara de vídeo en ristre, pareces estar viendo al mismísimo Groucho Marx en Sopa de ganso. Diversión mímica pura y dura. Y qué decir de su rictus impasible cuando muta en ejecutor, o su cara de satisfacción cuando va acumulando prendas en su conjunto marrón.

Además, establece una muy buena química con su partenaire en la función, la cada vez más consolidada Adèle Haenel, quien este año cosechó un éxito rotundo con la delicadísima y reivindicativa Retrato de una mujer en llamas, de Céline Sciamma, y ya había dado muestras de su talento protagonizando La chica desconocida, de los gloriosos hermanos Dardenne.

Ambos participan en un juego de metacine tan original como autorreferencial. Lo inédito radica en el surrealismo absurdo y en ocasiones inverosímil en el que se envuelve al espectador desde el pistoletazo de salida hasta el consecuente final: es una locura travestida en jolgorio, para nada insana.

Aunque se pueda incluir dentro del cine slasher (se proyectó en certámenes tan dedicados al género como el Festival de Sitges) por algunos momentos en el que el desvarío de la premisa necesita de desenlaces sanguinolentos, todo está tratado con humor y no se atisba ni un rasguño de salvajismo.

También funciona como tronchante ejercicio de metacine, con guiños dedicados a sus seguidores, aludiendo a algunos elementos fundamentales en sus anteriores obras y, sobre todo, ironizando sobre muchos aspectos que caracterizan al cine independiente de autor (impagable el comentario sobre el montaje de Pulp Fiction) y de paso al falso documental.

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Tal y como ocurría en la magnífica Un final made in Hollywood, de Woody Allen, se pueden parir obras de arte desde las condiciones más sibilinas y anecdóticas, y cuando crees que eres un incomprendido, resulta que hay quien puede llegar a vampirizar tu idea e incluso abrillantarla.

Desde luego hay que reconocer mucho mérito de cineasta minimalista con pedigrí para centrar todo el desarrollo argumental en el afán fetichista de un perturbado. Pero es que el director ya le había dedicado una película a un neumático asesino (Rubber) y tiene por estrenar otra en la que unos ingenuos intentan hacer negocio con una mosca (Mandibules).

Todo concentrado en poco más de hora y diez minutos, una brevedad cortesía de la precisión y sobriedad del relato. No sobra ni falta nada.

Bueno, algo sí. Los encargados de poner el título en nuestro idioma le han hecho un flaco favor a Quentin Dupieux: en una declaración de principios, los títulos de sus obras son tan cortos como sus metrajes (la ya citada Rubber, Steak, Reálité, Wrong).

En francés se estrenó como Le Daim (El ciervo), y aquí se decidió alargar el chicle utilizando una innecesaria sinécdoque y llegó a la cartelera como La chaqueta de piel de ciervo.

Escribe Francisco Nieto | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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