El bailarín (3)

  05 Mayo 2020

Arte, danza y exilio

el-bailarin-0Esta es una obra que habrá de interesar y agradar sobre todo a cierto corte de edad y a espectadores que gusten del arte y la danza. La cinta hace un recorrido biográfico del famoso bailarín ruso Rudolf Nureyev, desde sus primeros aprendizajes cuando era niño hasta su viaje crucial a París.

Aunque aborda elementos que tocan el tema político, en lo esencial, el foco se sitúa en el mundo del ballet, que está tratado con solvencia y calidad.

Estamos en 1961, cuando en la URSS gobierna el aperturista presidente Nikita Khrushchev. El más famoso bailarín ruso, Nureyev, viaja a Francia con la compañía Kirov Ballet Company, es su primer viaje al exterior. Su espíritu aperturista y el entorno parisino, sus amistades, lugares nocturnos de diversión, museos que visita, etc., le hacen tomar conciencia del espíritu de libertad que anida dentro de él.

Aunque el KGB vigila sus pasos, Nureyev decide arriesgar en aras a su emancipación. Una difícil decisión que habría de cambiar su vida.

El conocido actor y director Ralph Fiennes, cuando se coloca tras la cámara se convierte, en lo que sabemos hasta ahora, en un director temático que apunta el objetivo hacia un personaje importante, para adentrarse en él y entender así mejor, la disciplina artística en la que destaca.

Eso hizo en Coriolanus (2011), donde se sumerge en el teatro de Shakespeare, con la adaptación de su obra homónima; en la Mujer invisible (2013), que se incursiona en el universo de Charles Dickens a través de su amante (adaptación de la novela de Claire Tomalin); y en esta cinta que comentamos, donde adapta la novela biográfica de la sudafricana Julie Kavanagh, Rudolf Nureyev: The life, para profundizar en el mundo del ballet.

El libreto del dramaturgo y guionista David Hare resulta bueno, con alguna irregularidad, y acierta a retratar a un Nureyev narcisista y engreído, orgulloso y tirano, muy ambicioso, pero con unas dotes para la grácil danza como pocos.

Diálogos bien llevados y quizá un exceso de flashbacks que, empero, hacen a la revisión de la vida del protagonista, aportando claves para entender mejor su carácter. A la vez, el guión trenza épocas diferentes en la vida del bailarín y estados de ánimo que ondean al son de los acontecimientos según la etapa de su vida.

Bella la música de Ilan Eshkeri y una excelente fotografía de Mike Eley. A lo que se une una notable puesta en escena con una ambientación perfecta, vestuario y los paisajes urbanos del París de los sesenta.

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Este filme supone el debut de Oleg Ivenko, el bailarín profesional ruso que da vida al legendario Rudolf Nureyev, que realiza un excelente trabajo como bailarín y hace una labor digna encarnando su personaje. Magistral un Ralph Fiennes sembrado que borda el rol del profesor de ballet Aleksander Pushkin, que soporta una gris y tediosa vida conyugal.

Me ha gustado la actriz Adèle Exarchopoulos, que en un estudiado hieratismo da vida a la señorita franco-chilena enamorada, Clara Saint, que fue quien ayudó a Nureyev en su huida. Acompañando un reparto muy bueno con actores y actrices como Louis Hofmann, Sergei Polunin, Olivier Rabourdin o Raphaël Personnaz entre otros.

Fiennes se luce con una cámara atenta a la danza, una cámara que va por encima de los escenarios, los bastidores o el patio de butacas, admirando la belleza corporal del bailarín, la perfecta musculación fibrosa o los tendones y articulaciones flexibles al modo de las esculturas y pinturas que el joven Nureyev miraba atentamente en Museos y salas de exposiciones; y el movimiento omnipresente, dando la sensación por momentos de que los danzantes levitan venciendo la ley de la gravedad.

De igual manera, Fiennes acierta a incursionar en el mundo interno de Nureyev, su enérgica y egoísta personalidad plagada de dudas personales; su rebeldía y terquedad en lo artístico; su desconcierto y sus vacilaciones en momentos cruciales, como cuando ha de decidir si quedarse en Francia o volver a la URSS; en fin, un retrato por derecho que roza lo implacable.

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Al final, hay un momento culminante y muy emocionante propio de un thriller político que viene a servir de contraparte al tono de la película hasta ese momento. Es el punto en el cual le es comunicado a Nureyev que volverá a la URSS sin viajar con el resto de la compañía a Inglaterra.

La escena de la deserción, hace pasar al espectador por unos momentos de enorme angustia, instantes de enorme voltaje y el momento más decisivo en la vida de Nureyev, el primer gran artista soviético que escapó al mundo occidental. En la escena, Nureyev se aleja del grupo del KGB que lo vigila estrechamente, y, aleccionado por sus amigos, se dirige hacia unos policías de paisano que aguardan a su espalda y grita: «¡Quiero quedarme en su país!». Cuando los miembros del KGB se abalanzan sobre el bailarín, el inspector francés en un alarde de diplomacia dice: «No lo toquen señores, estamos en Francia». Y ahí se obró la deserción.

Más de uno que peine canas recordará sin duda el sensacional suceso que fue aireado por la prensa internacional y que supuso un serio revés para la tensa Guerra Fría. Este hecho me ha recordado otra excelente película titulada El último bailarín de Mao (2009), de Bruce Bresford, en la cual el bailarín clásico Li Cunxin, de Pekín, tras su viaje a los EE.UU., decide no volver más a su país.

En definitiva, Fiennes ha realizado una película esencialmente sobre el arte, pues, aunque haya elementos de la narración que rozan el cine de espionaje o político, el espectador interesado en esta cinta es sobre todo el amante al arte y, particularmente, a la danza. Un amor al arte como el que Nureyev busca con denuedo y de manera infatigable, no sólo en la música, también en la pintura, la escultura, las vidrieras de Notre Dame, cualquier rayo de hermosura como luz de inspiración a su irrefrenable fuerza física en busca de lo excelso.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Artículo publicado en The Journalist

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