Ex Libris (3)

  03 Mayo 2020

Todo está en los libros

ex-libris-0Algunos cineastas pierden su impulso con la edad. Ahí está el caso flagrante de Woody Allen, que filma con desgana y sin chispa, tan sólo para mantenerse en forma. No es el caso de Frederick Wiseman. El documentalista casi nonagenario se ha vuelto mucho más ambicioso a medida que envejece.

Medio siglo después de haber firmado obras maestras como Titicut Follies, sus trabajos de investigación ahora se extienden regularmente más allá de la marca de las tres horas, en parte porque va seleccionando temas cada vez más expansivos, como el barrio con mayor diversidad étnica del mundo (In Jackson Heights, 2015) o una universidad pública (At Berkley, 2013).

Con Ex Libris, su película número 47 en 50 años, ahí es nada, Wiseman entra en la Biblioteca Pública de Nueva York, y si eso parece una tarea más manejable de entrada, hay que tener en cuenta que no está explorando un único contenedor de libros, sino toda una red de ellos, extendiéndose a través de Manhattan, Staten Island y el Bronx.  Otra magnética épica de no ficción de esta leyenda viviente del medio con el culo más inquieto que uno pueda llegar a conocer.

A través de la habitual evasión completa de textos en pantalla y sin presencia alguna de las rutinarias entrevistas con bustos parlantes, Wiseman se dedica a demostrar cómo la Biblioteca Pública de Nueva York, como el cuarto sistema más grande de su tipo en el mundo, opera mucho más que como una enorme colección de libros: la red de bibliotecas sirve, de hecho, como bastiones de la cultura para la comunidad.

Al trasladarse del edificio Stephen A. Schwarzman, la rama principal y el centro neurálgico, a otros lugares en tres distritos, Ex Libris intenta capturar el alcance completo de lo que la biblioteca ofrece a la ciudad, desde sesiones grupales de trabajo hasta conciertos, series de conferencias y libros, clubes, entrevistas en el escenario con celebridades como Elvis Costello o Patti Smith que van a presentar sus libros...

Al igual que ocurría en National Gallery (2014), el director también echa un vistazo fascinante a todo lo que acontece detrás de la cortina, iluminando el proceso de digitalización de materiales impresos y obteniendo acceso a instalaciones de clasificación laberínticas, donde los libros viajan por cintas transportadoras como si fueran productos industriales.

De todas las instituciones que Wiseman ha investigado a lo largo de los años, las bibliotecas pueden estar más cerca de encarnar lo que es importante para él como artista; son templos de conocimiento, experiencia y cultura. Pero, por mucho que pueda creer en los objetivos de la organización, el cineasta es demasiado cuestionador para mostrarnos una hagiografía de la Biblioteca Pública de Nueva York.

Tocando nuevamente uno de los temas clave de su trabajo, el conflicto entre los ideales y la dificultad de vivir de acuerdo con ellos, Wiseman dedica varios pasajes a las reuniones a puerta cerrada, donde los miembros de la junta tienen discusiones generales sobre la financiación y objetivos a largo plazo, reconociendo la necesidad de cambio con los tiempos digitales. Incluso los problemas más cotidianos crean desafíos de valores: ¿Echar a las personas sin hogar que entran y se duermen viola el compromiso de la biblioteca de servir a todos en la comunidad?

El poder del trabajo de Wiseman radica menos en el gran volumen de material de archivo que reúne que en cómo lo organiza y qué opta por enfatizar. Es notable que su película sobre bibliotecas incluya relativamente pocas imágenes de libros; numerosas tomas de visitantes sentados frente a los ordenadores sirven de indicadores de que en las bibliotecas no se trata sólo de libros, sino de aprender.

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Un futuro incierto al respecto se cierne implícitamente en cada escena, pero Wiseman evita conclusiones fáciles. Durante una presentación de música clásica, toma fotos de personas que se quedan dormidas, mirando o picoteando sus teléfonos, un motivo recurrente. ¿Están fallando a la cultura o la cultura les está fallando?

Dos escenas más tarde, un poeta del slam habla de descartar los viejos modos de expresión artística por otros nuevos, y su audiencia atiende embelesada. Para que las bibliotecas sobrevivan como centros culturales, tendrán que encontrar nuevas formas de interactuar con el público.

Como de costumbre, Wiseman se topa con algunas personalidades fascinantes: un experto que da una conferencia sobre la potencia sexual simbólica de los sándwiches de pastrami, y una escena ágilmente editada con comentarios de los empleados a cargo de reclamar libros atrasados ​​(«Los unicornios son imaginarios», explica uno de ellos a quienquiera con quién esté hablando) para demostrar el don sigiloso de Wiseman para captar la hilaridad de las conversaciones telefónicas unilaterales.

Tales momentos animan una película que, como algunos de los trabajos recientes de Wiseman, es quizás un poco más larga y más dispersa de lo que debería ser, con demasiadas escenas que simplemente colocan la cámara frente a alguien que habla. Sus primeras películas fueron más urgentes, en parte porque mantuvieron su enfoque más estrecho, pero es pecata minuta para una obra de obligada visión para todo aquél amante de los buenos documentales.

Y como premio a quien haya leído la crítica hasta el final, aquí va un pequeño y doble homenaje a los libros y a Luis Eduardo Aute: se trata de la canción Todo está en los libros, compuesta por el recién finado y Jesús Munárriz para un programa sobre literatura que se emitía en España en los años 80 en Televisión Española.

En este enlace podéis disfrutarla.

Escribe Francisco Nieto | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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