Bull (3)

  01 Mayo 2020

Sin rodeos

bull-0Con un título tan escueto no se podía esperar otra cosa que una película directa, concisa, precisa en su exposición y desarrollo narrativo. Se trata de no andarse por las ramas y exponer un modus vivendi crepuscular sin oropeles, utilizando el tratamiento más ajustado al mensaje que se quiere transmitir.

La sequedad de los diálogos y de la puesta en escena contrasta con pequeños gestos y elementos simbólicos (muletas, referencias a Billy Budd, de Melville) traducidos en cuidados planos detalle en los que los sentimientos se asoman en las rendijas de los espacios claustrofóbicos por los que se mueven los personajes. Un apretón de manos, un empujón amistoso, una mirada incisiva... todo sirve para poder respirar en un universo abocado a la pobreza y el desespero.

La directora debutante de este melodrama con ribetes de denuncia social soslayada, Annie Silverstein, viene auspiciada por el montante económico ofrecido por el Sundance Institute de Robert Redford para su producción, por lo que las hechuras de la propuesta cumple hilo por hilo cada una de los requisitos pormenorizados que caracterizan estos trabajos que luego tendrán su puesta de largo en el Festival que dicho Instituto convoca en Salt Lake City cada mes de enero: presupuesto ajustado, temas cotidianos lo más cercanos al público que se pueda, distribución limitada y presencia en otros certámenes cinematográficos en secciones periféricas (el film que nos ocupa fue presentado en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes de 2019).

Aquí se nos explica la relación, primero tormentosa y después más cordial, que se establece entre una adolescente que malvive en un entorno familiar muy problemático y un adulto sumido en el ostracismo de su profesión quien padece en primera persona el cruel resultado del desgaste vital.

El tempo de la función se ampara en el sosiego de esos pequeños pueblos del sur de EEUU donde parece que nunca exista el estrés. Las buenas gentes se entregan a la quietud de degustar una cerveza en el porche, mientras ven pasar un coche por el barrio cada dos o tres conversaciones. Pero la realidad interior de los habitantes es bien distinta.

La precariedad se palpa en cada rostro y un halo de desesperanza colectiva parece haber contaminado el ambiente. El paro deriva en trapicheo y la imposibilidad de llevar una vida desahogada se traduce en violencia. La protagonista vomita su ira en casa de su vecino, en una actitud que, aunque no se muestre en su totalidad, rezuma un aroma de racismo encubierto que solo a base de la empatía podrá ser erradicado, hallando cobijo donde la herencia cultural solo recomendaba desprecio.

Un punto fuerte que atrapará al espectador es el de la exposición casi documental (la realizadora proviene de este género) de todo lo que rodea al universo del rodeo americano (valga la redundancia). Los que no estamos versados en la materia aprenderemos los entresijos y particularidades de este deporte de contacto entre hombre y animal.

Cada evento que se muestra en pantalla rezuma veracidad e incluso nos proporciona los momentos de tensión dramática más emotivos. Soberbia por ejemplo es la secuencia en la que uno de los protagonistas es degradado a payaso de pista (algo similar a los míticos bomberos toreros que participaban en los rejoneos) o aquella otra en la que se radiografía toda la jornada de los participantes en un rodeo amateur. Como si Koreeda hubiera metido mano en el asunto, se nos explica que la familia puede surgir en cualquier terreno inhóspito alejado de los lazos sanguíneos.

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Los momentos más brillantes de Bull son los que nos muestran la estrecha relación entre las dos hermanas, auténticas bocanadas de aire fresco que nos apartan de la cruda realidad circundante mediante ramalazos de intimidad forjada a base de química y de una excelente dirección de actrices. La inocencia del cariño mutuo es el único halo de esperanza que nos acompañará hasta el implacable plano interior final.

Silverstein demuestra dominar la materia con mano firme a la hora de regalarnos los pocos planos generales del film para mostrarnos situaciones cotidianas simples en espacios abiertos, como puedan ser un paseo en bici, un baño en el río o una carrera por el bosque.

Y los menos efectivos, aquéllos en los que la trama principal se bifurca, situaciones de relleno que no acaban de ser lo suficientemente detalladas y que ni enriquecen ni dotan de empaque al conjunto, más allá de sugerir lo sórdido, justificar y redundar en rasgos ya conocidos de los partícipes de la acción o poner en práctica los sabios consejos del puer senex (si todo fuera tan sencillo como poner los dedos en el entrecejo para dominar la ira ajena...).

Pecata minuta para un film entrañable que se ajusta como un guante; una pequeña gran joya a descubrir que no ha conocido estreno en ningún país y que ha pasado directamente a formar parte de plataformas digitales. 

Escribe Francisco Nieto | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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