Studio 54 (3)

  23 Abril 2020

New York Babilonia

studio-54-0Studio 54 fue el nombre de la discoteca neoyorquina más festejada y ensalzada de la década de los setenta y principios de los ochenta; un templo de fama y desenfreno en plena época de la fiebre disco.

El mundo del cine ya hizo un acercamiento baldío a la intrahistoria de este icónico local en 1998 con la olvidable 54, un drama interpretado por los entonces emergentes Ryan Philippe y Naomi Campbell y dirigido por Mark Christopher, que pasó sin pena ni gloria por la cartelera.

Ahora se retoma el mismo tema en formato documental, y lo cierto es que nos hallamos ante una radiografía exacta y fehaciente de todo lo que aconteció allí en aquellos años. No fue poca cosa: el famoseo norteamericano lo tomó como aposento principal donde desenfrenarse y dar rienda suelta a sus más íntimas locuras; la gente de a pie se agolpaba a la entrada con el deseo utópico de ser admitidos; los dueños ganaban dinero a espuertas mientras se bañaban en champán e ilegalidades. El despiporre elevado a la máxima potencia.

La voz principal que relata los hechos desde los complicados inicios hasta el precipitado cierre de la discoteca es la de Ian Schrager, uno de los magnates mangantes, quien junto al finado Steve Rubell alumbraron un proyecto tan descabellado como lucrativo.

Sus explicaciones sin cortapisas van detallando todas las dudas y pormenores que pudieran haber surgido en formato leyenda a lo largo de los años. El ojo clínico de ambos emprendedores les permitió triunfar en una arriesgada apuesta que les sirvió para convertirse en el epicentro de la movida neoyorquina por antonomasia.

La clave, sencilla: empezaron a frecuentar el antiguo teatro reconvertido en sala de espectáculos la población gay; a las modelos les gustaba alternar con ellos y también se dejaban caer por allí, y el efecto dominó se expandió entre el resto de la clientela, ávida por compartir velada con chicos y chicas guapas.

La libertad y el libertinaje que se convertiría en seña de identidad del lugar atraía a todo tipo de públicos. Mucho antes de que el concepto after calara en nuestro acervo popular, auspiciado por rutas bacaladeras, allí ya se estilaba lo de ver amanecer después de haber homenajeado por todo lo alto a Sodoma y Gomorra.

Este imprescindible documento filmado de una época dorada que se vio truncada de sopetón cuando el SIDA hizo acto de presencia y empezó a llevarse por delante a todos aquéllos que habían experimentado más de la cuenta con sexo del mismo género y drogas de todo tipo nos regala algunos momentos estelares dignos de mención: además de la cantidad ingente de fotografías que se nos muestra en ocasiones de forma aceleradas y otras con más hincapié, con momentos irrepetibles donde drag queens y celebridades se abandonan a la depravación y la incontinencia, y de algunos vídeos filmados en su interior donde podemos apreciar la originalidad de la fiesta continua, y otros en exterior, donde asistimos a la mítica criba de clientes que hubieran donado un riñón para que se les permitiese la entrada al paraíso.

Destaca un momento en el que se está entrevistando a Rubell y aparece por allí un prepúber Michael Jackson, con una melena afro imposible y un traje de luces digno de museo, para dar su impresión sobre su preferencia por acudir al recinto y lo bien que lo trataban allí. Y como él, otras megaestrellas de diversos ámbitos se convirtieron en fijos. Hasta que la gloría y el desvarío se apoderó de los dirigentes y acabaron con sus huesos en la cárcel.

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Algunos de los integrantes del equipo de Studio 54 que vivieron en primera persona lo acontecido —camareros, guardas de seguridad, encargados de guardarropía, administradores— y otras voces autorizadas coetáneas a la época de más esplendor aportan también sus valiosos testimonios, con los que hacernos a la idea detallada de todo lo que se vivió, se bebió (cuando se permitió la licencia de bebidas alcohólicas) y se bailó allí.

Todo el edificio estaba en constante ebullición de trasuntos legales e ilegales: colchones que se esparcían en el sótano para que unos y otros aliviaran sus bajas pasiones; una inmensa grúa que trasladaba de un lugar a otro de la sala a quien no quería cruzarse con los sudorosos danzantes; una especie de buhardilla donde se almacenaba una caja B, resultante de lo que no se declaraba al fisco...  

Si algo hay que reprochar a Matt Tyrnauer —director del documental especializado en hurgar en épocas bastante oscuras del mundillo del EEUU más babilónico en el recomendable Scotty y los secretos de Hollywood (2017)—, es que a lo largo del metraje (un poco más de hora y media que se pasa en un suspiro) se minimice el elemento musical.

Puede que haya sido a sabiendas de que si se hubiera caído en la tentación de la playlist brutal que allí sonaba el espectador podría haberse despistado de los hechos comentados, pero lo cierto es que te quedas con muchas ganas de alimentar las vivencias desgranadas con las tonadillas que a día de hoy siguen siendo alimento fundamental de radiofórmulas nostálgicas: Diana Ross, The Miracles; Grace Jones, Donna Summer, Cher, Blondie, Chaka Khan... ¡siempre nos quedará Spotify!

Escribe Francisco Nieto | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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