Menashe (3)

  21 Abril 2020

Judíos por Brooklyn

menashe-0En 2006 las directoras Heidi Ewing y Rachel Grady rodaron One of us, un documental sobre la comunidad jasídica de Nueva York, una especie de secta ultraortodoxa del judaísmo muy poderosa e igual de desconocida fuera de sus límites, reducida casi siempre al toque exótico de sus vestimentas y sus ritos religiosos. Pero más allá de la visión complaciente se encuentra una férrea disciplina que absorbe y aísla a sus miembros. En esta película se ofrecía el testimonio de tres antiguos integrantes, afortunados que llegaron a escapar del control sobre ellos ejercido y se aprestaron a contar los métodos utilizados y la rígida opresión que gobierna el colectivo.

Más de diez años después, Menashe podría ser una continuación de aquella denuncia. Y en un principio su planteamiento se ajusta a esa intención. Comenzando por un afán realista que, a pesar de tratarse de una ficción, se apropia de las herramientas del documental. Lo hace en primer lugar por la forma elegida, cámara en mano y moviéndose por escenarios naturales del Barrio de Brooklyn en el que se desarrolla la acción; y además, por contar como actor protagonista al personaje del que habla la propia película, Menashe Lustig, también jasídico y con un hijo, si bien los pormenores de la historia difieren de los que esta aproximación nos muestra.

El juego inicial es bien claro: un bonancible empleado de un supermercado está sufriendo una brutal injusticia por parte de la comunidad religiosa a la que pertenece. La forma de retratarlo va encaminada a subrayar su inocencia, adivinada ya desde su mismo aspecto físico, y que queda confirmada desde el primer momento cuando intercede ante su jefe (personaje caricaturesco en su nada matizada vileza al servicio de su enriquecimiento personal) por la mujer que compra una col en malas condiciones. Esa misma escena nos sirve para comprobar la mansedumbre de este hombre, quien acepta, casi sin rechistar, la negativa con la que se encuentra.

Este arranque sirve también para ir perfilando desde el principio el marco en el que se va a mover el relato, esto es, la descripción del cerrado mundo que los personajes habitan. Por una parte, se nos apunta la burbuja en la que viven los jasídicos, con sus supermercados y su clientela específica, a la que, por otra parte, tampoco miman demasiado, devotos como son del dinero. Por otra, asoma el papel que se les reserva a las mujeres, meras intermediarias para la producción de hijos.

Ese papel de la mujer se constituye en el hilo conductor del desarrollo de la historia. Menashe ha enviudado recientemente y las normas de la colectividad le impiden ocuparse de su hijo de unos diez años, quien ha quedado al cuidado de la familia de su difunta esposa. Y eso es así porque un hombre solo no está capacitado, consideran, para criar a un niño, tarea asignada a las mujeres, y por lo tanto sólo cuando se case de nuevo podrá recuperarlo. Para ello se ha puesto a trabajar la casamentera y ha seleccionado ya a una candidata.

Estos son los términos en los que se plantea el conflicto, la lucha del padre por recuperar a su hijo, y en su desarrollo vamos asistiendo a la descripción de una forma de vida que asfixia a quienes aventuren una mínima discrepancia, representados aquí por Menashe.

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Lo vemos, por ejemplo, en la deshumanización de las relaciones. Cuando el viudo se reúne con la elegida (también viuda buscando restituir su papel en la comunidad) para ser su nueva esposa, le plantea sus dudas sobre la adecuación de sus caracteres, a lo que ella responde con una actitud que podría calificarse de empresarial, de la que está ausente todo sentimentalismo. O en la rigidez de los ritos una y otra vez repetidos, en las referencias constantes a la Torah como autoridad indiscutible que zanja toda discusión, y hasta en los habitáculos angostos en los que viven, y que acentúan la sensación de opresión a la que están sometidos.

Pero la película no se limita a esta exposición del bien contra el mal. Si así fuera, su interés sería muy limitado. A medida que avanza, y una vez diseñado el entorno por el que se mueve, éste queda en un segundo plano y la atención se centra cada vez más en el personaje protagonista, a quien se dota de una complejidad que cuestiona el esquematismo de partida.

Menashe es una víctima, pero al mismo tiempo es un colaborador necesario, y por último muestra una incipiente rebeldía que apenas es capaz de expresar antes de ser reprimida.

Poco a poco vamos viendo a un hombre desorientado, incapaz de hacerse cargo de su vida. La necesidad de estar con su hijo corre paralela a su falta de decisión para enfrentarse con todas las consecuencias a su familia política y al rabino, y al mismo tiempo a las carencias que hacen imposible la vida estable que pretende ofrecer a su hijo.

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Las numerosas veces que lo vemos andar solitario, perdido entre la multitud, por las calles de la ciudad, apresurado siempre, como si la meta que persigue se le escapara de las manos y le condenara a vagar errante (tópico, por otra parte, que nos remite a la figura del judío que la historia ha ido forjando) es una adecuada exposición de su desorientación interior.

Las limitaciones que lo asisten no nos son escatimadas. Cuando están juntos, el cariño que se profesan padre e hijo (y que es mutuo) no puede remediar el caos en el que se ven inmersos. La incapacidad del padre va desde hacerle incumplir los horarios escolares o no alimentarlo adecuadamente hasta llevarlo a la fiesta en la que el alcohol es el protagonista y en la que hasta el propio niño se da cuenta de lo inapropiada que resulta allí su presencia. Y eso además de sus propias circunstancias vitales, endeudado y al borde de perder su empleo. Poco a poco la película va dando la razón a quienes se niegan a confiar el niño a su padre por verlo incapaz de cubrir sus necesidades más elementales, como el pollito que, en sus manos, no tarda en morir.

Menashe, en definitiva, a través de su hijo, y sin ser consciente de ello, lo que pretende es salvarse a sí mismo. Y por eso en más de una ocasión los papeles casi parecen cambiados, y es el niño quien introduce la estabilidad y la paz que el padre no puede ofrecer.

El final de la película es terrorífico. Tras asumir su fracaso a la hora de organizar el memorial a su mujer, la prueba en la que se había empeñado para autoafirmarse y demostrar al mismo tiempo su valía, cede y se somete a las normas de la comunidad. Cuando su hijo le dice que quiere quedarse con él, la falta de respuesta es la constatación de su derrota, de su incapacidad para gestionar por sí mismo su propia vida. Se viste con su mejor traje y avanza perdido, anónimo, por la ciudad al encuentro de la casamentera que reparará la anomalía. Él, quien desaconsejaba el matrimonio al mendigo que le pedía limosna, y cuya experiencia queda en las tinieblas de la violencia, el alivio por la muerte de su esposa y la culpa que nunca le abandona.

Escribe Marcial Moreno  

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