El hombre invisible (3)

  20 Abril 2020

El regreso de un nuevo clasicismo

el-hombre-invisible-0En su secuencia inicial, El hombre invisible nos muestra el oleaje de un mar nocturno rompiendo contra las rocas. En lo alto del acantilado solo una casa, una vivienda de diseño armada a base de cemento y vidrio, acaso una fortaleza transparente. Los ojos de Cecilia (Elisabeth Moss) se abren para mirar las cifras del reloj digital en la mesilla de noche, como en las películas de terror en que los hechos sobrenaturales ocurren siempre a la misma hora.

Sería un empeño inútil continuar intentando poner en palabras lo que en el filme se narra de forma silente, eminentemente visual, con ritmo fluido y cadencia desasosegante. La película utilizará en adelante elementos del cine de terror sobrenatural, adaptados a su contexto realista, en un enfoque actual del personaje clásico.

Eminentemente contemporánea tanto por su enfoque como por sus planteamientos, la película es deudora (o continuadora) de la visión de Paul Verhoeven (El hombre sin sombra), con varios momentos claramente inspirados o tomados de ella, aunque más alejada si cabe del relato pulp o vintage. Sin embargo, su prospección realista, su futurismo oscuro, acercan la película de Whannell a la estética de Black Mirror (como también ocurría con su anterior Upgrade).

El director recupera al personaje tantas veces llevado a la pantalla buscando destilar su esencia, para ello utiliza los espacios vacíos, moviendo suavemente la cámara o sosteniendo inquietantes planos que apelan a la indefensión del espectador ante lo que no puede ver ni anticipar.

Podemos decir que Whannell apela también a la esencia de lo cinematográfico cuando consigue, en algunas escenas en que no emplea trucaje visual alguno, hacernos creer que hay un personaje donde ni siquiera hay un actor presente. El director tampoco desdeña la oportunidad de realizar escenas de acción con apariciones efectistas e intermitentes del asaltante y revelaciones parciales del siniestro cuerpo enfundado en una armadura casi feudal.

El hombre invisible, de H. G. Wells, así como la mayoría de sus adaptaciones cinematográficas, han puesto siempre el punto de mira en su protagonista, un científico loco que prueba en sus carnes el filtro que le vuelve invisible. Esta condición acaba trastocando su juicio junto a la desesperación por no poder revertir el proceso y volver a la normalidad. La invisibilidad conecta directamente con la reflexión ética sobre la posibilidad de llevar a cabo acciones reprobables y esquivar la legalidad: observar sin ser visto, allanar espacios íntimos, cometer delitos o agresiones sin testigos, etc.

Pero en esta nueva versión, la invisibilidad no trastorna a un personaje que se ve tentado o empujado a cruzar esos límites morales; Adrian Griffin (Oliver Jackson-Cohen) adquiere con la invisibilidad un medio de potenciar el daño y la amenaza, una forma más efectiva de desestabilizar a su expareja, de extender su conducta de maltratador. Controlador y narcisista, se comporta según unos patrones de masculinidad tóxica, por tanto, diluye su propia personalidad en un arquetipo, de ahí que el traje mediante el cual consigue la invisibilidad —una especie de neopreno cubierto de cámaras— oculte todo su cuerpo y borre todo rasgo que permita identificarle. Dicho traje es descubierto por la protagonista, sujeto a una estructura semejante a la matriz de una figura de modelismo fabricada en serie.

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Lo tecnológico no es más que un contexto sobre el que echar a rodar la trama centrada en el acoso que sufre Cecilia después de abandonar a hurtadillas a su pareja para huir del maltrato. Tanto la puesta en escena como el tono del relato se llevan a los terrenos primero del suspense, desde su huida en el prólogo a un inusual desenlace; luego del thriller psicológico, en cuanto a los ataques y manipulaciones que cree sufrir la protagonista y que socavan su estabilidad mental; y por último, al lenguaje del terror sobrenatural, con referencias a la figura del visitante nocturno —o íncubo—, la subida a un desván oscuro o las levitaciones de personajes y objetos movidos por una fuerza desconocida (aunque no se trate de un caso de posesión diabólica).

Cabe preguntarse qué papel tiene en la película, a nivel simbólico, el uso del agua, elemento incoloro y transparente.

En un primer momento, el mar con sus olas rompientes rodea la fortaleza que es la vivienda moderna y aislada del antagonista. Más adelante, el agua en forma de lluvia es uno de los elementos que revela al hombre invisible, resbalando por su silueta. También se hace presente con el rastro de la palma de la mano en la mampara húmeda de la ducha.

Cuando el personaje de Cecilia toma una importante decisión y desencadena acciones que hacen avanzar la trama, lo hace igualmente bajo el agua, en la ducha y su ropa mostrará una mitad oscurecida y empapada y la otra seca, indicando quizá, que ya empezado su camino hacia el cambio. El resultado, tras una arriesgada escena final de la película, es ese último plano de su rostro que mira de frente, enigmático y desafiante. Verdaderamente transformado.

Hay que destacar la valiosa implicación de Elisabeth Moss expresando el deterioro mental y la fragilidad casi física de Cecilia. La actriz de El cuento de la criada sugirió no pocos cambios en los diálogos, llegando a convencer al director de suprimir líneas enteras, confiando en comunicar solo con gestos y miradas.

Escribe Manuel M. López

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