El joven Ahmed (2)

  19 Abril 2020

Las consecuencias de la fe

el-joven-ahmed-0De sobras son conocidos Jean-Luc y Pierre Dardenne por su cine y su estilo. Obras como La promesa (1996), Rosetta (1999) o El hijo (2002), todas ellas galardonadas en diferentes certámenes cinematográficos, han contribuido al reconocimiento y difusión de sus películas.

Esta nueva propuesta, El joven Ahmed, también se ha llevado el premio a la mejor dirección en el último festival de Cannes, por el que sienten una especial predilección que se antoja mutua. Casi todos sus filmes han tenido su estreno allí y han recibido en dos ocasiones el premio gordo, la Palma de Oro.

Siempre fieles a su estilo, optan por una obsesión por el naturalismo expositivo para que los límites entre realidad y filmación se diluyan al máximo. Sus técnicas de casting, de realización y de confección del guión están milimétricamente pensadas para que la sensación de que nos encontramos delante de un documental invada nuestros sentidos. Además, cada dos o tres años entregan puntualmente una nueva obra, siempre moviéndose en el terreno de lo social, de unos noventa minutos de duración.

Sus señas son siempre reconocibles: puesta en escena sobria, diálogos reducidos a la simplicidad, ausencia de música, encuadres sin aspavientos y planteamientos de denuncia. Y bien cierto es que la fórmula les funciona siempre. A mayor o menor nivel acaba por terminar satisfactoria. Porque las realidades que se vuelcan en retratar siempre resultan de imperiosa necesidad.

En esta ocasión nos adentramos en el mundo de Ahmed, un joven musulmán y belga de trece años que está siendo introducido por su imán en el islamismo radical. Ahmed actúa con frialdad ante las personas de su entorno, a quien él percibe como amenazas para ferviente fe. Siempre dedicado a sus versos coránicos, a sus abluciones o a ganar méritos delante de su único Dios, Ahmed tomará la decisión de cometer un acto monstruoso que él percibe como absolutamente necesario.

Buscando la realidad

Es precisamente el ojo diseccionador de los Dardenne el que engrandece y limita el filme a partes iguales. Si bien opta por una verosimilitud pausada y filmada con una voluntad claramente objetiva, el propio poder del cine y sus recursos quedan relegados a un segundo plano en esta película.

Dicho de otro modo, los Dardenne caen en la propia trampa en la que cae Ahmed. Creen tanto en su dogma y tienen tanta fe en su buen hacer que quizás aquí se olviden de infundirle verdadera alma al asunto. Apuestan por la religión, y como siempre aciertan, pero han acertado menos en esta ocasión. Algo no termina de convencer, aunque tiene todo lo necesario para resultar una obra redonda.

Sobre todo el metraje planea una ausencia de sentimiento y de sensibilidad que se refuerza por la presencia hierática y el comportamiento estático del muchacho protagonista. La precisión de su dirección/guión se revela impecable para observar los hechos. Pero es la que a la vez se percibe como gélida, rigurosa en exceso, y demasiado sintética.

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Empezando con su desarrollo argumental, el encadenamiento de secuencias resulta apresurado. Así como todos los personajes satélite que envuelven a Ahmed, que quizás precisarían de mayor tiempo en pantalla para plasmar de manera más humanizada las relaciones invisibles que se establecen entre ellos. Nunca vemos el proceso de cambio de Ahmed, tampoco logramos ver mucho de su entorno ni de la gente que le quiere. Se centra únicamente en una de las misiones que en la cabeza del muchacho resulta obsesiva e imprescindible.

También es cierto que la película funciona como artefacto de urgencia. Todo responde a esa necesidad de gritar desde el silencio que parece imperar en todas sus imágenes por lo que los Dardenne reducen la acción a su mínima expresión. En este sentido, su canon fílmico parece que el modo más fidedigno de aproximarnos a la realidad que nos describen.

Aquí, quizás incluso más que en muchos de sus filmes, huyen de cualquier artificio hasta el punto de que parece que estamos viendo un filme desnudo, incluso amateur, lo que no deja de ser también un logro. Con su escasa hora y veinte, dibujan un sistema social tremebundo con toda una problemática irresoluble que enfrenta a unos y a otros y de la que no hay posible solución o escapatoria.

Esta pulcritud es la que impide que El joven Ahmed sea una obra mayor, aunque sin duda funcione a su propio ritmo. Tampoco el desenlace ayuda a la evocación en el respetable, aunque represente un final certero y plagado de dudas, que quizás no quieran, o no sepan resolver los hermanos cineastas.

Escribe Ferran Ramírez  


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Dos días, una noche
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