Fuga de Pretoria (2)

  13 Abril 2020

Bricomanía carcelaria

fuga-de-pretoria-0Sudáfrica a finales de los setenta del siglo pasado. Un infierno en el que el Apartheid se hallaba en su máximo apogeo y la batalla por las igualdades sociales se dirimía a pie de calle y a punta de fusil. La contienda también tuvo como activistas a muchas personas de raza blanca. Sus acciones radicales reivindicativas (aquí una bomba casera que explosiona octavillas) eran castigadas por el poder imperante con penas restrictivas que en los casos más extremos acababan con los activistas con sus huesos en la cárcel.

Este es el punto de partida de Fuga de Pretoria, un drama carcelario en el que, digamos ya desde un principio, el marco histórico (no olvidemos que Pretoria es la capital administrativa de Sudáfrica donde se ubica el poder ejecutivo) funciona como mera excusa para proponernos otra aventura de evasión o victoria en el penal.

Es una pena que la época en la que transcurre la acción, rica en demandas humanitarias, tan solo sirva de simple preámbulo para justificar el punto de partida de la peripecia «a lo Houdini» y no inocule en casi ningún instante el desarrollo dramático de lo que acece en el centro carcelario exclusivo para presos de raza blanca.

Cuando se apunta algún aspecto que podría desencadenar un conflicto interno entre carceleros y encarcelados o, incluso, entre estos mismos, se pasa rápidamente a la peripecia central de planificación de la fuga desaprovechando la pertinencia de enriquecer el contexto de la trama. Valga como ejemplo la discusión entre facciones que se produce cuando unos quieren huir a toda costa para dejar atrás el confinamiento cuanto antes, mientras que otros prefieren permanecer en el recinto hasta que se cumpla el final de sus respectivas condenas para así alentar a la masa foránea a focalizar su protesta en hechos concretos.

Lo mismo ocurre cuando se trata de explicarnos el maltrato sufrido por los oprimidos por parte de los funcionarios de la prisión. Los policías que aparecen en el film o parecen tontos o se lo hacen.

El nivel de torpeza exhibido ante las evidencias de quienes tienen que ingeniárselas para ir montando el laborioso dispositivo que les permitirá «tomar las de Villa Ciudad del Cabo» es mayúsculo. Y eso que se pasan media película registrando las celdas en busca de indicios que les lleven a descubrir la planificación. El engaño continuado se convierte en reiteración en la que el guion parece gustarse, lo que apelmaza la ya de por sí lenta ejecución del plan.

Podríamos afirmar sin temor a equivocarnos que en Fuga de Pretoria conviven dos películas muy diferenciadas entre sí: por un lado, el libreto basado en la autobiografía escrita por Tim Jenkins, titulada Inside Out: Escape from Pretoria Prison, adaptada por el mismo director del film, Francis Annan, y desarrollada por Karol Griffiths.

Un texto sin originalidad alguna, trufado de multitud de referencias a otras peripecias de fugas vistas en la gran pantalla, con Papillon y La gran evasión como alusiones capitales, y que sólo capta la atención del espectador cuando se convierte en voz en off recitando pasajes propios de la obra literaria en que se basa.

Y por el otro, el alarde técnico concentrado en las escenas de máxima tensión, y que se traduce en un más que adecuado uso de la fotografía (Geoffrey Hall) y el montaje (Nick Fenton) para regalarnos los mejores elementos de la función. 

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El vilo se acrecienta manteniendo el tempo necesario en cada movimiento de cámara. Ejemplares son los continuos intentos por abrir cerraduras (los fans más acérrimos de las angustias hitchcockianas y de la mítica serie MacGyver disfrutarán de lo lindo), y lo adecuado y preciso de la planificación para obtener el justo equilibrio entre los lapsos diurnos de maquinación y la puesta en práctica nocturna, con efectiva iluminación escasa incorporada con la máxima potencia.

Mención aparte (y no precisamente para loar sus interpretaciones) merece el varonil elenco actoral. Daniel Radcliffe ejerce como cabeza y barba visible, pero su mediática presencia como amo de llaves de madera, en lugar de varitas, no se traduce en exuberancia que acredite su caché. Le hemos visto torear en mejores plazas (buena oportunidad para recuperar locuras insanas como las recientes Guns Akimbo y Swiss Army Man) y aquí se limita a cumplir el expediente. Igual que ocurre con un muy desprovechado Ian Hart, cuyo personaje que ejerce como contrapunto racional de los huidizos podría haber dado mucho más juego que el que le permite el atribulado guion.

Bastante patética resulta la presencia del hiperventilado actor australiano Mark Leonard Winter, quien parece estar participando en otra película distinta con todo un recital de salidas de tono consistente en proliferación de muecas, miradas perdidas y gestos excesivos. Además, al pobre le toca lidiar con las escenas más melodramáticas y efectistas del film, y ni él ni el texto están a la altura (atención a la escena de la visita de su hijo pequeño al centro penitenciario, un momento que debería haber transmitido desazón y que se convierte en un involuntario homenaje al slapstick).

Como entretenimiento pasajero puede llegar a funcionar si se trata de paladares poco exigentes. La ejecución del plan está muy bien resulta desde el punto de vista formal, pero el resto es bastante prescindible.

Nosotros, para alimentar la curiosidad cinéfila apuntaremos una serie de títulos clásicos de la modalidad «todos fuera de la cárcel», y, como somos puristas, en riguroso blanco y negro. Algunas de ellas esperamos que sean felices descubrimientos: La gran ilusión (Jean Renoir, 1937), Jornada desesperada (Raoul Walsh, 1942), Fuerza bruta (Jules Dassin, 1947), Al rojo vivo (Raoul Walsh, 1949) y The Wooden Horse (Jack Lee, 1950).

Escribe Francisco Nieto | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna

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