La caída del imperio americano (4)

  10 Abril 2020

Película para paladares inteligentes y sensibilizados socialmente

la-caida-imperio-americano-0Película más que interesante. Con un inicio espectacular de elaborada escritura, la cinta continúa en forma de fábula social y política ácida, en ocasiones cubista, pero no lejos de ideas, actitudes y concepciones actuales y de siempre muy aleccionadoras.

Pero eso sí, un cuento en forma de thriller-comedia, no hay que buscar verosimilitud.

En este mundo de ruido, insatisfacción y corrupción, hay mucha gente harta y se empiezan a oír voces que cantan valores eternos, ideas sublimes, a lo que en teoría no se lleva, a lo que rompe con el enfoque liberal leonino.

Ya fue dicho por Cristo, hace más de 2000 años, el de «abajo» estará «arriba», Lucas: 14: 11: «…el que se ensalce, será humillado; y el que se humille será ensalzado».

Y por San Juan, quien va más allá de las cosas: «Entréme do no supe: / y quedéme no sabiendo, / toda sciencia trascendiendo. (…) De paz y de piedad / era la sciencia perfecta».

O, más recientemente, por Ludwig J. J. Wittgenstein, quien advirtió de nuestras limitaciones: «De lo que no se puede hablar, es mejor callarse», frase que es el último aforismo del Tractatus logico-Philosophicus (1921).

Todo ello y más está en esta película.

Pierre-Paul es un joven de 36 años, doctor en filosofía obligado a trabajar como repartidor y de espíritu filantrópico. Por cosas del azar (del fatum) se convertirá, tanto en millonario como en individuo acosado, cuando tras asistir a un atraco frustrado llega a hacerse con el botín que yacía en suelo junto a su furgoneta de reparto. Es una sucesora temática de las películas de Denys Arcand: El declive del imperio americano (1986) y Las invasiones bárbaras (2003).

Excelente dirección y guión de Denys Arcand en una obra que consigue un brillante ritmo narrativo, pudiendo pasar por alto ciertos desatinos de un libreto sembrando de ramificaciones. Acierta además con unos hábiles diálogos, no hay más que ver la escena inicial de la conversación en la cafetería que es un sopetón de delirio, sarcasmo y filosofía sobre el sentido actual de la inteligencia y otros. Ello, junto a un certero retrato de los personajes que resultan individuos reconocibles y creíbles.

Y qué decir del dinero del que se apropia el protagonista. El tal dinero es un macguffin en toda regla, o sea, un elemento de suspenso que empuja a los personajes en la trama, sin tener mayor relevancia en el relato en sí. El dinero con el que se hace Pierre-Paul es meramente un subterfugio para poder Arcand discurrir sobre lo que le importa: la injusticia y la desigualdad.

Encuentros y desencuentros del protagonista con policías, gente del hampa, prostitutas o mendigos, es lo que hace a un discurso político y social, y al examen de territorios como el amor, los celos, la envidia, el arribismo o la solidaridad.

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Pero dicho esto, la cinta de Arcand es ante todo un arma con la que el director canadiense arremete prácticamente contra todo bicho viviente. La reprobación de Arcand va tanto contra la simple clase media como contra los millonarios, le atiza fuerte al gobierno, a la policía, las ONGs y las corporaciones que evaden impuestos por tanto paraíso fiscal como puebla el mundo. Le atiza a la ingeniería financiera, a estamentos como la FIFA y el COI, las falsas fundaciones tipo ONGs que sólo pretenden evadir impuestos; y no se escapan la Justicia, los gobiernos y por supuesto la política.

En fin, estopa para todos, una embestida despiadada y cruel, a discreción, dirigida a esta sociedad nuestra tan movida por el afán de riqueza y los instintos más inconfesables. Esta sociedad paradójica que a la par que nos prepara para la competitividad, la producción y el consumo, pasa luego a perseguirnos y a aniquilarnos.

Abunda la película a veces en lo caricaturesco y lo surrealista con altas dosis de ironía y pulla, aspectos estos en los que destaca. Es una obra donde confluye el thriller con el cine de gánsteres; igualmente tiene toques de comedia con ocurrentes y mordaces diálogos «en los que el cineasta se muestra, una vez más, diestro en el logro de la naturalidad y hábil en el juego con los dobles sentidos» (Ángel Palomo).

Película de crítica que se construye sobre la base de una estética clásica ayudada por la fotografía de un talentoso Van Royko que alterna la luminosidad con los ambientes sombríos.

El reparto, desconocido en España, es digno de mención, no sólo por la calidad de los actores y actrices que participan, sino también por la sabia elección de los mismos. Alexander Landry está más que convincente en su rol principal de joven filósofo, pánfilo e idealista que se tropieza con una gran cantidad de dinero, lo cual es el punto de arranque de la historia. Maripier Morin, presentadora y periodista en la realidad, está más que mejor; las carencias como actriz las suple sobradamente con su personalidad y su bellísima estampa, más que acorde en su papel de prostituta de lujo que acaba ganada para la causa (buena); actriz que puede tener una proyección internacional de futuro.

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Rémy Girard borda su trabajo de ex presidiario experto en economía y blanqueo de dinero, a la vez que le da el físico, el psíquico y su repertorio actoral. Louis Morisette y Maxim Roy encarnan con gran solvencia sendos cínicos e insistentes policías con los que hay que tener cuidadito. Pierre Curzi es de los que más me ha gustado, encarnando a todo un tiburón de las finanzas black, un gestor influyente y en la cumbre de las operaciones dinerarias más turbias; lo hace todo bien, sobre todo cuando mira fijamente a la cámara: da miedo. Y acompañando un reparto de secundarios excelentes como Vincente Leclerc, Yan England, Claude Legault, Florence Longpré, Paul Doucet, James Hyndman o Benoît Brière.

A Arcand no le gusta nada, pero que nada nada, esta sociedad capitalista. Y en línea con esta idea, ya rozando los ochenta años (¡ahí es nada!), ha conseguido construir una cinta trepidante, cargada de sorpresas y muy divertida, donde se fustiga este mundo y se subvierten muchas preconcepciones sociales. Aquí, el ladrón es honrado y los policías de cuidado, el dinero un subterfugio y la ayuda al prójimo una firme convicción.

Arcand, como tantos de nosotros, estamos cansados de ver a tanto mendigo y gente pobre desamparados por los capitostes, los gobernantes y el poder. Con tres patas de banco de dudosa consistencia: un joven bobalicón y filósofo, una escort de lujo y un experto defraudador salido de presidio, consigue hacer una obra que podríamos calificar de «probidad poética», para quien quiera ver y escuchar.

Muy recomendable. Obra estimulante en la que su director, continuando su tónica cinematográfica, parece haberse dicho: ya que no podemos cambiar lo que hay, aprovechemos las goteras, ataquemos por las grietas y pasémoslo lo mejor que podamos.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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