Togo (2)

  05 Abril 2020

Días de perros

togo-0El sentimiento que nos asalta una vez finalizado el visionado online de Togo no es muy original, pero sigue vigente y más ahora que los cines son inaccesibles por la pandemia acuciante: ¿por qué se estrenan producciones en formato doméstico que por su planteamiento estético y formal lucirían centelleantes en pantalla grande?

Las apabullantes escenas de riesgo de Togo quedan encorsetadas en un dispositivo que no permite contemplar ni la belleza de los paisajes en los que acaecen ni alcanzar la magnitud del derroche de los encargados de los efectos especiales del film.

Esto daría para un debate que ya hasta la fecha ha hecho correr ríos de tinta, y aquí tan solo se trata de poner en evidencia lo lastimoso de un sistema que promete grandes espacios en cajas de zapatos de mayor o menor medida. Ya se sabe que, desde el atropello de las multisalas, la diferencia entre las pantallas de los cines y las de casa se han reducido notablemente, pero, aunque solo fuera por el hecho de compartir en la colectividad ese electrizante contratiempo elemental en forma de carrera de trineos engorrosa ya habría valido la pena pagar el diezmo a la Disney. Nos conformamos pues (de aquella manera) con haberla visto en la comodidad del hogar.

No deja de resultar curioso que con tan poco tiempo de margen nos hayan llegado dos propuestas tan similares provenientes de la misma compañía: ésta que nos ocupa y la nueva revisión de La llamada de la selva de Jack London (The Call of the Wild, Chris Sanders, 2020).

Y las similitudes no finalizan en la coincidencia de contextos nevados: amistad entre hombre curtido en mil batallas y aguerrido perro salvador (como decía el guionista Corey Ford: «Debidamente entrenado, el hombre puede llegar a ser el mejor amigo del perro»); el periplo para cruzar un lago helado; el protagónico de dos estrellones hollywoodienses como Harrison Ford y Willem Defoe; la ostentación de lo digital en la perfecta caracterización de los canes que aparecen en ambas obras, y así hasta un sinfín de eventualidades que no son más que constataciones de hasta qué punto es alarmante la falta de ideas en el cine actual (y no incluimos en el listado Bajo cero, de 2006).

La historia que se nos cuenta aquí ya la había tratado la productora del ratón orejudo en la reivindicable película animada Balto, de 1995, una aventura producida por Steven Spielberg que derivó por cierto en dos retoños destinados directamente a vídeo. Pero resulta que según los escritos de la época que dejaron fe de la gesta explicada (el traslado en trineo del fármaco que curaría a unos cuantos niños aquejados de difteria conocido popularmente como la carrera del suero a Nome o Gran Carrera de la Misericordia) podría haberse dado el caso de que se hubiera atribuido el éxito de la misma al perro y al dueño equivocado.

Unos dicen que fueron Balto y su entrenador Gunnar Kaesen y otros que lo lograron Togo y Leonhard Seppala. Pues cada pareja ya tiene su homenaje en forma de película Disney (también cada uno tiene una estatua en Estados Unidos que certifica que ambos fueron los héroes, pero queda claro que una de las dos miente).

Como entretenimiento familiar al uso, Togo se muestra plana y falta de riesgo en su proceso narrativo. La alternancia de momentos álgidos en forma de las espectaculares escenas de acción ya citadas, y otros de calma chicha, con proliferación de flashbacks incluida, donde se nos cuenta la vida y obra de quien da título al film, no dan para cerca de dos horas de metraje.

togo-1

Así, la reiteración de situaciones, localizaciones y diálogos de pipa en boca mientras se degusta un té al calor de la chimenea, no ayudan a mantener la captación de la audiencia. Sí que es cierto que la presencia de Willem Dafoe insufla brío en ciertos pasajes apabullantes (ojo a su portentosa declamación de Ricardo III en la cúspide de la acongojante tormenta que casi acaba con la expedición), ya que se trata de un intérprete mayúsculo capaz de levantar el vuelo de la trama más manida, pero es salir él del encuadre y desplomarse todo el conjunto.

Tampoco ayuda mucho el rutinario trabajo de cámara de Ericson Core, un realizador que alcanzó cierta notoriedad en 2005 con el drama deportivo Invencible, pero que paulatinamente dejó de tener relevancia hasta haber sido rescatado del ostracismo un lustro después de haber fracasado en taquilla con Point Break (Sin límites).

Todo el mérito de la propuesta hay que otorgárselo a su labor en la dirección de fotografía (ahí sí que se marca unos cuantos tirabuzones) y en los filigraneros efectos visuales comandados por el maestro en la materia Aaron Gilman, quien atesora en su currículum títulos tan estimables como la trilogía de El señor de los anillos y la saga de Los Vengadores de Marvel (ahí es nada).

En definitiva, un pasable y simpático ejercicio de aventuras glaciares y fidelidad extrema entre mejores amigos, que se goza cuando abraza lo inhóspito y se aletarga en demasía cuando pisa tierra firme.  

Escribe Francisco Nieto | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna 

togo-4