Matthias y Maxime (3)

  01 Abril 2020

La intemporalidad del amor

matthias  maxime 0La nueva cinta del joven actor y director canadiense no deja de ser una película sobre lo que fue y lo que es. Una condensación auténtica de lo que el cine (englobado marcadamente la corriente indie) significa, y lo que su filmografía ha significado desde su estallido en 2009 con J'ai tué ma mère.

Con Matthias y Maxime se acomoda en su zona autoral de dominio en el retrato más sincero de la juventud, sus percances naturales y realistas, imponiendo una característica puesta en escena indistinguiblemente indie, lo cual no es un error en sí mismo, sino un ejercicio apropiado de sencillez.

En las escenas de juegos y consumo entre amigos a cámara rápida o en los primeros planos pasionales entre los protagonistas se destaca, como viene siendo habitual en el cineasta, un impregnado estilismo expresionista a la vez que simbólicamente impresionista en el encuadre, una referencia artística que ya vemos en el corto que desencadenará el conflicto emocional en los personajes.

Por ello, no se estanca en un sello monótono de estilo, sino que da paso imperceptible a una reflexión profunda y opuestamente implosiva a su inherente entorno teen, identificable e igualmente particular en la forma del diálogo (llamativo ese detalle de la mezcla de lenguajes inglés y francés, constituyendo una jerga lingüística dentro de la propia cinta).

Porque detrás de esa simpleza a la hora de rodar encontramos una metáfora introspectiva en los cambios meteorológicos sobre la hibernación de la vitalidad juvenil, la experiencia de nuevas emociones (contradictorias unas con otras) que se apagan para dar paso a la madurez personal, en el momento que se llega a la treintena: la guerra de la aceptación donde llega la paz, cuando el día deja de ser anarquía y se convierte en rutina, cuando te sientes fuera de lugar donde antes era el hogar de tus constantes aventuras y desventuras. Cuando escuchas un llanto, y a la vez un eco imborrable de esas juergas inolvidables.

Y en el momento que traspasas esa puerta, el amor en su chispa más inocente e impura empieza a volar hacia atrás, para que en un día inesperado vuelvas a reencontrarte con él, volviéndoos a conocer. Ya que, como las cuatro estaciones, todo vuelve a comenzar. Y no hay tiempo exacto que lo determine.

Escribe Miguel Robles | Artículo publicado en Cine Nueva Tribuna 

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