Honeyland (3)

  28 Marzo 2020

Una tierra no tan dulce

honeyland-0Es una suerte que exista el Festival de Sundance. Cuántas películas interesantes nos habríamos quedado sin ver, o en algún caso ni siquiera habrían existido, sin el altavoz que el certamen representa.

Una de ellas es ésta que ahora nos ocupa. Un filme macedonio realizado bajo la forma del cine documental que nos habla de la cría de las abejas. Si le pidiéramos a alguien que describiera una rareza cinematográfica difícilmente habría superado lo que en este caso es real. Y lo más llamativo es que esta rara avis, gracias a Sundance y a los premios allí conseguidos, entre ellos el Gran Premio del jurado, se dio a conocer hasta lograr colarse entre los candidatos al Oscar a la mejor película internacional, como ahora se llama lo que antes era el premio a la mejor película en lengua extranjera.

El hilo argumental gira alrededor de una mujer, mediada la cincuentena, que vive en las montañas al cuidado de su madre enferma mientras se gana la vida recolectando miel que luego vende en el mercado local, donde es muy apreciada. En un momento dado su existencia se ve alterada por la aparición junto a su casa (apenas una choza) de una extensa familia nómada que turbará su tranquilidad y rutinas, y con quienes surgirá un conflicto económico, aunque la relación entre ellos se mantendrá siempre cordial, sobre todo por la bonhomía de la mujer, que acabara por arruinarla. Los nuevos vecinos llegan con nuevas técnicas apicultoras incompatibles con sus procedimientos artesanales.

Hay que hacer notar de entrada la falsedad del carácter documental con el que la película se presenta. El planteamiento argumental, rodado en tiempo presente, torna imposible el relato sin la adecuada planificación y una línea directriz férrea propiciada por un guion perfectamente trabado. Si el documental no es nunca una plasmación inocente de la realidad, mucho menos en este caso, en el que, partiendo de una idea que puede ser real, como en tantas películas no documentales, se ha reconstruido la situación narrada. El hecho de que los actores no sean profesionales o que hayan vivido la situación relatada nada resta a su carácter ficticio.

La forma documental en este caso debe ser entendida como una opción por un género determinado, aquel que se ha considerado más adecuado para narrar la historia de esta mujer, el que la dota de mayor realismo, de más crudeza, como lo hacían las películas neorrealistas que no por ello eran tildadas de cine documental.

Con estas herramientas se consigue una obra magnífica que va mucho más allá de la anécdota que la sostiene, y que se mueve en dos direcciones.

En primer lugar, la confrontación entre la protagonista y sus nuevos vecinos. Esta oposición se manifiesta de diferentes maneras. Primera, y es la más evidente, en el modo que tienen de ganarse la vida y más concretamente de ejercer la apicultura. La diferencia entre ellos vendría a ser, grosso modo, la que existe entre el recolector y el agricultor, ganadero en este caso; es decir, entre quien toma lo que la naturaleza le ofrece y quien fuerza a esa naturaleza a rendirle un servicio.

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Una diferencia que está en el origen de la humanidad, y que aquí se invierte para ensalzar la humildad de quien se limita a aceptar el ofrecimiento, sin aspirar a nada más y, por lo tanto, sin posibilidad de abandonar la situación en la que está. Esta actitud corre paralela a la distinta consideración que se otorga a la tecnología, tan rudimentaria en el caso de Hatidze, la mujer que sigue las técnicas tradicionales, y no recurre a las colmenas prefabricadas ni siquiera a la protección frente a los insectos, como hacen sus vecinos.

Esa actitud genera una especie de respeto mutuo con los animales, un acuerdo de no agresión que hace que las abejas apenas se defiendan al ver invadido su entorno. Por el contrario, sus competidores, a pesar de poseer unas defensas mayores, constantemente se ven agredidos por ellas.

En esta línea se anuncian también los males. La relación, hoy se diría sostenible, que Hatidze tiene con su medio, del cual obtiene sólo aquello que necesita, es la contraria a la que mantienen sus vecinos, a quienes la ambición acabará conduciendo al expolio y, con él, en una especie de castigo divino, al desastre, no sólo para ellos sino también para la mujer que no utiliza sus prácticas.

El mensaje es un tanto ingenuo si se quiere, pero su presentación es coherente y efectiva. Aunque esto es sólo la superficie. Por debajo late cierta apología de la pobreza, la beatificación de un modo de vida que tiene condenada a esta mujer a una situación de la que no puede escapar y que en ningún caso podría considerarse idílica. La primera escena de la película muestra las dificultades que debe afrontar en su día a día, traducidas aquí en peligro físico. Esa dificultad, por extensión, es la que su vida arrastra sin que se le adivine final, y la que acabará condenando su existencia.

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Aparte de las consideraciones económicas, el encuentro entre esas dos formas de vivir enfrenta al silencio con el jolgorio, a la soledad con las multitudes, incluso al respeto con la insolencia. La llegada de los visitantes trae consigo el ruido, el cual contrasta con la paz en la que hasta ese momento ha vivido Hatidze con su madre. Ella queda inicialmente fascinada por el contraste con su forma de vida; para ella es algo nuevo y también añorado.

Poco a poco, y ésta es la segunda dirección en la que se mueve la película, se nos van describiendo las carencias y aspiraciones de esta mujer, que se ilusiona de nuevo por arreglarse, que descubre una relación social precaria y que, en definitiva, rememora lo que pudo haber sido su vida. La conversación con su madre acerca de los pretendientes que tuvo posee una intensidad emocional altísima, y su relación con el hijo díscolo de la familia nómada delata su íntima frustración.

Honeyland es a la vez que una defensa de un modo de vida determinado la constatación de su caducidad, de sus límites, y finalmente deviene una película sombría. La defensa del respeto al entorno (que la protagonista lleva al extremo con el cuidado de su madre, al modo en que las abejas obreras cuidan de su reina, mientras que los recién llegados lo transforman en agresividad y desprecio) conduce a la soledad, al abandono, a la cárcel de la pobreza.

Cierto es que la alternativa no mejora la situación, pero Hatidze, aunque recupere a sus abejas con la llegada de la primavera, queda aún más sola que antes y con sus frustraciones intactas. La primavera que ella soñó no ha llegado, es sólo un tiempo que consumará su ciclo y desaparecerá sin que cumpla su promesa redentora. Ya no hay solución en este mundo para la protagonista.

Escribe Marcial Moreno  

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