Cuestión de justicia (3)

  18 Abril 2020

Melodrama sobre la pena capital y crítica al racismo sureño

cuestion-de-justicia-0Un cartel da la bienvenida a Monroeville (Alabama), que es la ciudad donde se desarrollan los hechos de Cuestión de justicia, pero también es el pueblo de Matar a un ruiseñor, la famosa novela de Harper Lee llevada a la pantalla por Robert Mulligan en 1962, con Gregory Peck en el papel de Atticus Finch, el abogado que defiende a un hombre negro de la falsa acusación por haber violado a una mujer blanca en los años treinta.

El conocido personaje de Atticus Finch ha representado desde años atrás, el modélico héroe moral estadounidense cuajado de compromiso ético y democrático en un escenario adverso. También como paradigma del «salvador blanco» en los problemas ligados a la desigualdad racial.

La cosa es que Bryan Stevenson (Michael B. Jordan), recién licenciado en Derecho por Harvard, llega a Monroeville a finales de los años ochenta con el objetivo de defender a los negros encarcelados en el corredor de la muerte. Son víctimas de sentencias racistas por parte de tribunales arbitrarios.

Algunos del pueblo hablan con respeto al letrado Stevenson de Atticus, el cual tiene dedicado un museo, plan turístico y más bien vacío de significado. Pero el joven abogado sabe que casi treinta años después de la novela de Lee, las prisiones de Alabama siguen llenas de hombres entre rejas por ser negros. Además, no tarda Stevenson en comprobar que un abogado de su época, no tiene siquiera las ventajas de Atticus Finch.

Todo este estado de cosas se hacen evidentes cuando Stevenson solicita abrir el juicio de Johnny D. McMillan (un espléndido Jamie Foxx), convicto por la muerte de una chica blanca, todo ello sin pruebas irrefutables, más bien al contrario, pues muchos de sus amigos y familiares declaran haber estado con él a la misma hora en que se cometió el crimen. Pero la Fiscalía desoyó estos testimonios. En fin, Stevenson pretende reabrir el caso haciendo que el testigo principal (blanco), se retracte de la falsa acusación que en su momento hizo. Si la cosa no va bien, McMillan será ejecutado.

Es la historia real del joven abogado Bryan Stevenson y de su batalla verídica por la justicia, que con un brillante expediente el Harvard optó por poner rumbo al Estado de Alabama, para defender a personas inexplicablemente condenadas y que no tienen una representación legal adecuada. Lo hace con el apoyo de la activista local Eva Ansley (Larson).

Su caso principal y más turbulento es el de Walter McMillian, sentenciado a muerte en 1987 por asesinato. Bryan se verá envuelto en un laberinto de maniobras legales y políticas de un racismo palmario y descarado, mientras lucha por Walter y otros como él, a pesar de tenerlo todo en su contra, incluido el sistema legal del lugar.

Buena la dirección Destin Cretton, que sigue un guion bien escrito por él mismo junto a Andrew Lanham, adaptación del libro de memorias de Bryan Stevenson (2014): Jut Mercy: A Story of Justice and Redemption. La historia se mueve en el terreno predecible de un filme basado en hechos reales. En ocasiones el guion parece simple, con tendencia a aleccionar, con sobrados subrayados sobre el racismo y lo mala que es la policía de Alabama.

cuestion-de-justicia-00A cambio, mantiene la tensión sobre el destino del encausado McMillan, incluso aunque se prevea lo que va a ocurrir. Está muy bien que Cretton coloque al personaje de Foxx en un contexto colectivo, posicionado en contra de la pena de muerte. El director amplía con inteligencia la impugnación del protagonista a la pena capital, incluyendo a otras víctimas de la justicia racista, como el personaje secundario Herbert Richardson (Rob Morgan), también en el corredor de la muerte, veterano del Vietnam y realmente autor de homicidio, pero a todas luces un enfermo psiquiátrico.

La secuencia más potente y conmovedora del filme acaba siendo aquella en que seguimos a Richardson hasta la silla eléctrica, mientras sus compañeros de corredor le acompañan a coro cantando desde sus celdas.

No es un filme original, pues Hollywood ha hecho ya otras películas sobre la pena de muerte en clave de melodrama procesal y carcelario, con las generalidades de ambos géneros. No obstante aporta la novedad de que, además de denunciar la pena capital como medida detestable desde una visión humanista, también cuestiona la Justicia, o sea la conjunción jurisdicción-policía en el Sur, donde los negros acusados son prácticamente prejuzgados (los juicios siguen una inercia ideológico-racista conducente a la culpabilización) con procesos e investigaciones más que irregulares, por no decir indolentes.

Podemos presenciar a lo largo del metraje situaciones malignas de racistas blancos contra negros indefensos, o por parte de las fuerzas del orden y de la justicia. En fin, que esta doble aportación de melodrama sobre la pena capital y crítica severa a la Justicia sureña está bien llevada y tiñe el filme de sentimientos profundos y turbadores.

El reparto es un valor y sostén de la película gracias a los actores, con un brillante Michael B. Jordan que está muy convincente, al igual que Jamie Foxx, más contenido que en otras ocasiones; y hay que sumar la estupenda Brie Larson en el papel de Eva Ansley, la principal ayudante de Stevenson en la organización que funda (Equal Justice Initiative). Destaca igualmente el maravilloso y sutil trabajo de Rob Morgan, un actor de carácter que interpreta al reo que será ajusticiado. Acompañando con excelencia O’Shea Jackson Jr., Tim Blake Nelson, Lindsay Ayliffe, Ron Clinton Smith o Charlie Pye Jr., entre otros.

Buena la música de Joel P. West y excelente la fotografía de Brett Pawlak, unido a un conseguido decorado y otros detalles de ambientación de la época de los 90 que, a día de hoy, llaman la atención, por ejemplo la ausencia «bendita» de telefonía móvil.

Este cuarto largometraje de Cretton es una propuesta tradicional que tiene el sabor de las películas clásicas de juicios, con momentos genuinos y trascendentes en los cuales se sintoniza (empatiza) con los personajes principales, pues además hay tramos documentales reales; también es palmaria la sensibilidad con que Cretton aborda la sincera hermandad entre los reos del corredor de la muerte.

Todo ello le pone alma y corazón a un relato que conmueve y sensibiliza a la vez. Sin embargo la película, por más que interesante, no acierta a calar sustancialmente, no tiene la fuerza ni la entidad que a priori parece querer asumir como cinta adalid de los derechos de los negros.

«No conoces realmente a una persona hasta que te calzas sus zapatos», dijo Atticus Finch en Matar a un ruiseñor. Y dudo que en esta película nadie se haya ha calzado con crudeza y verismo los zapatos de nadie. De esta guisa, la obra de Cretton, siendo notable, no alcanza el sobresaliente.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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