Carlos (3)

  19 Abril 2011

Nacimiento y caída de un terrorista

carlos-0Del cine francés actual (al igual que del italiano) sabemos más bien poco. Estupendos directores llegan a cuentagotas a nuestros cines y si llegan lo hacen exclusivamente a salas de versión subtitulada.

Olivier Assayas, con varias películas en su haber, sólo ha estrenado dos entre nosotros. No hace mucho pudimos ver la excelente Las horas del verano, que no es una película sobre la Historia, pero que sirve perfectamente para conocer la evolución de una cierta sociedad, su cambio a través del tiempo.

El filme que ahora nos llega, Carlos, es directamente una lección de Historia. Conducida por un tristemente celebre terrorista, nos lleva desde 1974 hasta 1994. Veinte años claves en el mundo por los cambios que en ellos se produjeron, la actividad compleja de los servicios secretos de los distintos países, la existencia de los movimientos terroristas al servicio de los intereses de determinados estados, los hilos movidos por ciertos dirigentes de países árabes y muy especialmente de Libia, Siria, Irán, Argelia, Irak y por muchas más cosas.

La KGB, las Brigada rojas, la Stasi, la banda de Baader Meinhof, la mirada hacia la revolución cubana —y en especial hacía la idea que simboliza una personalidad como el Che— o la desmembración del bloque soviético aparecen y se mueven entre los entresijos por los que transita un persona que desde unos iniciales planteamientos revolucionarios, en pos de un mundo cambiante, termina convirtiendo en un ser cuyo único mundo es el suyo. Demagogo, dictatorial, se erige en una especie de dios personal incapaz de darse cuenta que no es más que una marioneta rota que a nadie interesa.

La versión reducida

Assayas realizó no una sino tres películas que rodó en 35 mm en diferentes países (Francia, Yemen, Líbano…), hablada en varios idiomas (inglés, francés, español, árabe y húngaro), por lo que preciso verla en versión original. Se contó, para hacerla, con numerosas imágenes de archivo, al tiempo que se indagó en libros, artículos y entrevistas directas con varias de las personas que conocieron a Carlos o vivieron los hechos que se cuentan.

La larga duración de los tres filmes (cerca de seis horas) alarmó a los productores con vista a su estreno. Es difícil que se le permitiera a alguien como Assayas, importante realizador pero no demasiado conocido por los aficionados, tal osadía y, por si fuera poco, sin ser norteamericano y, por tanto, no contar con el apoyo de las grandes productoras.

Con la misma idea (en su duración) surgieron, entre otros títulos, Novecento de Bertolucci, Érase una vez en América de Leone o, más recientemente, Che de Soderberg (1). Los tres se dividieron, para su explotación comercial (y en algunos casos no sólo) en dos falsas partes (2).

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Hoy, con la televisión como dominadora del espacio audiovisual, el filme de Assayas ha sido preferentemente absorbido por la pequeña pantalla, convirtiéndolo en una miniserie. Un hecho que le impidió por ejemplo participar en la sección oficial del festival de Cannes 2010. Absurdo planteamiento en un hoy en el que algunos siguen tratando de diferenciar, como exhibición o producción, cine y televisión. Un error que ya explícito como tal ya hace muchos años la estupenda generación de la televisión americana de los años cincuenta cuando accedió a Hollywood y cuyo último representante, el bueno de Sidney Lumet, acaba de morir.

Las seis horas de los tres filmes sobre Carlos, que se verán próximamente en la televisión de pago Canal Plus (y, probablemente, con posterioridad, en otras que no son de pago), han sido reducidas a casi tres para su exhibición en los cines. Serán la versión larga y la corta. De hecho en algunos países (Reino Unido, Alemania, Estados Unidos…) ambas versiones se han estrenado al mismo tiempo y al parecer con gran aceptación ambas.

Los que han visto ambas versiones aseguran que son dos películas diferentes. Probablemente sea cierto. No lo puedo confirmar, ya que sólo he visto la versión reducida. Lo malo que puedo decir de ella es que resulta corta. Apasionante en su (corto aunque largo) metraje, se deja ver sin respiro desde el mismo impactante comienzo con el asesinato en París de un activista palestino a manos del MOSAD (lo que lleva al venezolano Ilich Ramirez a erigirse en su sucesor adquiriendo otra personalidad) hasta la detención de Carlos, veinte años después, en Sudán por los servicios secretos franceses.

El comienzo, como digo, es impactante. Nos muestra al intelectual activista palestino desayunando en su casa, despidiéndose hasta la noche de su pareja: se prepara como todas las mañanas para acudir a su trabajo. Baja a la calle y antes de entrar en su coche realiza una pequeña revisión del mismo, mirando incluso debajo por si puede haber una bomba. Entra en el coche, activa la marcha y… explota.

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El nacimiento de Carlos

De esa secuencia inicial, pasaremos al personaje que después será Carlos. El filme evita hablar de su estancia en Moscú y de su probable relación con la KGB, para centrarse en el proceso por el cuál el venezolano Ilich se transforma en Carlos.

Dos secuencias claves, para entender la transformación, tienen lugar a continuación.

En una, asistimos a una conversación, mientras cena (como apunte irónico) en un restaurante nada tercermundista, con una compañera. Habla sobre su forma de enfrentarse a la injusticia que existe en el mundo. En la diferencia, que para él supone la inutilidad de una protesta (no se manifiesta apoyando a los chilenos después del golpe de Pinochet) frente a la internacionalización revolucionaria que conlleva la lucha armada antiimperialista. Una secuencia, nada más iniciado el filme, esencial para que el espectador conozca no sólo al personaje sino también sus contradicciones.

La ratificación de todo ello se producirá en una secuencia posterior, después de la cual renegará de su nombre real para pasar a nombrarse como Carlos. Le veremos mantener una relación sexual (tuvo muchas parejas, aparte de frecuentar a prostitutas) empleando tanto pistola como una bomba. Su forma de alcanzar la satisfacción se debe tanto al sexo como a sus actos terroristas. Armas de destrucción y mujeres son su misma fuente de deseo.

Después de tal demostración Carlos, joven, fuerte, engreído, enamorado de sí mismo, al igual que Narciso se mira (desnudo) en un espejo, se acaricia, se embebe en su figura, creyendo en la única perfección posible: él mismo. Tal secuencia muestra el nacimiento de un ser o la transformación de una persona en otra. Nace alguien que se considerará un dios tanto en el actuar como en el ordenar. El revolucionario idealista se convierte en un dictador déspota incapaz de darse cuenta de los errores que va cometiendo y que le impedirán comprender que no es más que una marioneta movida por unos poderes, que le utilizaran mientras les sea útil. Posteriormente no será más que un juguete roto.

Carlos comienza, en su forma de andar, de peinarse, de vestir, imitando al Che. Finalmente se convertirá en un ser grotesco. La larga, y magnífica, secuencia del secuestro de los lideres de la OPEP en Viena deja a las claras lo inviable de su personaje, su demagogia y su creencia de creerse superior. Basta comprobar, en esa secuencia, el instante en que anuncia a los rehenes que va a reunirse con sus compañeros para decidir qué camino tomarán (al ver que las cosas no salen como él pensaba): votarán para que la mayoría decida. Pero en esa reunión con los compañeros no existirá tal diálogo. Será Carlos quien dictará la resolución (“Soy el jefe y hay que acatar lo que diga”, dice).

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Lógicamente hubo que eliminar partes, ya que la versión corta es aproximadamente la mitad de la larga, por lo que la película deja a un lado varias actuaciones de Carlos, como por ejemplo el secuestro de un político francés en La Haya, el atentado en un tren con destino a Toulouse… o la relación que tuvo con algunas organizaciones terroristas (por ejemplo se elimina la correspondiente a ETA), pero lo expuesto en el filme sirve a la perfección para conocer no sólo al personaje y su evolución sino también los propios cambios que van teniendo lugar en el mundo.

Cambios, y realidades, que llevan a entender el papel que en el marco de las relaciones internacionales tenían países como Libia, Siria e Irak. Los cito para comprender que este filme, más complejo de lo que pueda parecer, va mucho más allá de la historia de Carlos, hasta convertirse (sin pretenderlo cuando se realizó) en un espejo donde se refleja la problemática actual de esos (u otros) países de su entorno.

Carlos fue probablemente, como dice Assayas, un personaje al que encumbró la prensa. Y él trató de actuar como la prensa le requería. No suponía que de estar en la primera plana de los medios a desparecer no existe sino una débil frontera. El paso de una a otra supone ser encumbrado o no existir. El hundimiento de Carlos, que llegó a creerse capaz de crear su propio grupo terrorista, se produce en el filme como persona y como (falso) revolucionario.

Solo, traicionado por los Estados que lo utilizaron, termina por ser apresado por uno de sus primeros asesinatos (el de dos policías franceses y un traidor palestino en París) en Sudán. Un instante, el final, tan modélico como el inicio: el irreconocible Carlos ahora, en su fin como personaje público, no tiene ni siquiera rostro ya que su cara, en el último plano en que aparece en pantalla es ocultada por el pasamontañas que le colocan los policías que le han detenido.

El idealista —y demagogo— revolucionario que se autodenominó Carlos fue producto de una época. Todo, en el personaje que retrata Assayas, no es más que una pose, una farsa. Su caída corre pareja a la de los regímenes con los que, a su manera, ha tratado de enriquecerse más que ejercer de destructor del imperialismo. Las escenas, casi finales, de la caída de Berlín, explicitan claramente el derrumbe de su improbable fortaleza. Un cambio, el del personaje, que se refleja muy bien por su derrumbe físico  Lo moral se ajusta con el cambio personal. La ética desde la estética. O al revés.

Puede ser que en parte se note la reducción de metraje, conseguido merced a un titánico esfuerzo por parte del director: “me ha costado mucho más la película reducida que la versión larga”, asegura en una entrevista realizada durante la presentación del filme en la Mostra de Valencia.

Hay, por ello, personajes que desaparecen en momentos precisos, secuencias que se aligeran en metraje (con excelentes cambios temporales que en su acortamiento impulsan la acción), pequeños interrogantes que sobrevuelan por la narración, pero todo ello no es obstáculo para valorar en justicia una película notable, importante como cine y como documento histórico. De imprescindible visión

Escribe Adolfo Bellido López

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NOTAS
(1) Assayas ha comentado que, en cierta manera, Carlos puede emparentarse tanto con Che como con Munich de Spielberg o Mesrine de Richert. Eso sí, deja claro, que en ese contexto el título que menos le interesa es R.A.F. Facción del ejército rojo de Uli Edel)

(2) En Estados Unidos, la película de Leone fue remontada, cambiando su estructura (lo que era un conjunto de vueltas atrás se convirtió en una historia en continuidad) y metraje. Un atentado de terrorismo cultural a una obra de arte.

 Título  Carlos
 Título original  Carlos
 Director  Olivier Assayas
 País y año  Francia y Alemania, 2010
 Duración  165 minutos
 Guión  Olivier Assayas y Dan Franck; basado en una idea de Daniel Leconte
 Fotografía  Yorick Le Saux y Denis Lenoir
 Producción  Daniel Leconte
 Distribución  Alta Classics
 Intérpretes  Edgar Ramírez, Alexander Scheer, Nora Von Waldstatten, Ahmad Kaabour, Christoph Bach, Rodney El-Haddad, Julia Hummer, Rami Farah, Juana Acosta
 Fecha estreno  15/04/2011
 Página web  http://www.altafilms.com/site/sinopsis/carlos